En el pasado...
Gian
Mi vida cambió para bien esa noche. La noche en que Luciano había entrado a nuestra casa por primera vez. Tenía vagos recuerdos del encuentro. Escenas que se presentaban en mis sueños porque no quería olvidarlo. ¿Cómo iba a hacerlo? Me había ganado a un hermano.
Estaba tratando de jugar la partida de ajedrez que mi padre me había enseñado cuando la puerta se abrió.
Eric entró primero.
Pero estaba acompañado.
Solté la pieza, confundido e intrigado. La reina golpeó el tablero en un estruendo que me provocó escalofríos en la piel. Me puse de pie inmediatamente, frunciendo el ceño. Había un niño al lado de mi padre. Eric colocó una mano en su hombro y sonrió. Un tipo de sonrisa que no había visto en sus labios. No desde la muerte de mamá. ¿Qué estaba pasando?
Le di golpecitos al suelo con la punta de mi costoso zapato italiano. Mi traje impecable se sentía incorrecto cuando miré al intruso. Era demasiado delgado, sucio, pálido, andrajoso, descalzo y ropa con agujeros. Mientras mi cabello era de un brillante tono dorado el suyo era negro. Ojos azules y de una altura que intimidaba. Era mayor que yo. ¿Quizás tenía diez años?
Nunca apartó la mirada de mi rostro, tuve la sensación de que me estaba retando a decir algo grosero. No lo haría. Mamá me había enseñado a ser un buen niño.
―Este es Luciano ―Nos presentó Eric sin dejar de sonreír―. A partir de hoy se quedará con nosotros.
Me aclaré la garganta.
―¿Por qué?
Eric me miró con desdén, dejándome claro que no aceptaría ni una objeción de mi parte.
―Porque ha sufrido demasiado y necesita un hogar ―dijo―. Quiero que seas amable con él. Quiero que lo trates con respeto. Quiero que lo veas como a un hermano.
Me esperaba cualquier cosa menos eso. Yo no era cercano a los niños de mi edad. Solo a mi primo Luca porque ambos compartíamos la misma fascinación hacia el ajedrez. La diferencia era que Luca era un experto jugando y solía ganarme siempre. Yo era un novato.
―¿Sabes jugar ajedrez? ―Le pregunté de repente.
Luciano jugueteó con un hilo suelto de su suéter.
―No, pero aprendo rápido―respondió.
Eso me robó una pequeña sonrisa, Eric se veía orgulloso de su respuesta.
―Gian, enséñale a Luciano. Yo hablaré con el servicio para que organicen su nueva habitación.
Asentí.
―Sí, señor.
Mi padre se retiró y me dejó a solas con el intruso.
―Ven, acércate ―instruí, ignorando el hecho de que olía mal. Me pregunté cuándo había sido la última vez que había tomado un baño―. Al principio puede parecer difícil, pero una vez que entiendes cada jugada se hace más fácil y adictivo.
Luciano se rascó la nuca.
—¿Por dónde empiezo? —Su voz sonaba rasposa, como si no lo usara a menudo.
—Los peones —expliqué mirando el tablero—. Pero antes de jugar... ¿Te gustaría comer algo? Hay sándwich, leche, sopa. Lo que quieras.
Sus ojos azules eran profundos, vacíos, tristes... Casi tan parecido a mi primo Luca cada vez que su padre lo golpeaba.
