Nara
Había esperado tanto por este día. Lo había anhelado con todas mis fuerzas. Ahora mi hermano mayor estaba frente a mí y no sabía cómo reaccionar. Me costaba respirar. Me costaba ver a través de las lágrimas que nublaban mi visión. Tenía solo trece años cuando lo dejé atrás en Japón. Él me dijo que estaba muerta para nuestra familia. Que ya no era una Ozaki y que lo mejor que podía hacer era continuar con mi vida. Desde ese momento creí que nunca volvería a verlo. Lo llamé en sueños cientos de veces y le supliqué al cielo que estuviera bien. Que no me olvidara porque a pesar de todo lo amaba muchísimo. Yo siempre sería su hermanita. Esa niña que lo admiraba y lo consideraba una especie de héroe. Lo veía tan inalcanzable e indestructible.
—¿Cato? —balbuceé seguido de un sollozo.
Me quedé de pie en la puerta, debatiendo si debía gritarle o golpearlo. Quería preguntarle por qué tardó tantos años en buscarme. ¿Dónde estuvo cuando más lo necesitaba? ¿Por qué me dejó sola en este exilio? Pero la otra parte, la niña rota, su hermanita nostálgica, quería aferrarse a él. Quería comprobar que era real. Que no lo había inventado para soportar el dolor de su ausencia.
—Nara...
Mis piernas se movieron antes de que pudiera detenerlas. Crucé el umbral y sin pensarlo dos veces lo abracé con todas mis fuerzas. Hundí mi rostro en su hombro y lloré su nombre. Cato se quedó rígido y sorprendido, como si no supiera qué hacer. Sentí cómo su respiración se agitaba. Y entonces, de manera torpe, casi insegura, me devolvió el abrazo. Sus manos se apoyaron en mi espalda, vacilantes, como si temiera romperme. Como si yo siguiera siendo aquella niña que había jurado proteger. La princesita pura y buena del clan Ozaki.
—Estás aquí —susurré, la voz quebrada—. Estás vivo. Oh, Dios... estás vivo.
Me apretó un poco más contra él.
—¿Realmente creíste que estaba muerto? —dijo en tono burlón—. Nunca te perdí de vista. Siempre supe dónde encontrarte.
Cuando sentí que su abrazo se aflojaba, me obligué a soltarlo despacio. No quería hacerlo, no quería perder esa conexión, pero también sabía que había cosas que decir. Me separé unos centímetros y lo miré con los ojos ardiendo por las lágrimas. Tenía el rostro más endurecido que el adolescente que recordaba, más marcado, más hombre. Las cicatrices invisibles de su vida se le notaban en la mirada. Aun así... seguía siendo mi hermano. Seguía siendo Cato.
—¿Puedes culparme? No te he visto en trece años—mi voz seguía temblando—. A veces pensaba que te tratabas de un sueño.
Cató emitió un fuerte suspiro. Parecía que le costaba pronunciar cada palabra.
—Yo también pensé que no volvería a verte. No después de todo lo que pasó —Se pasó una mano por la nuca, incómodo —. Lo que te dije aquel día... no sabes cuántas veces me arrepentí. No debí lastimarte, Nara. Nunca debí tratarte así.
El nudo en mi garganta se apretó.
—Está bien. Sé que ambos éramos solo niños en ese entonces—susurré—. Pero me hubiera encantado que me buscaras antes. Pensé que me odiabas, Cato. He vivido con esta culpa desde la muerte de mamá.
Vi la sombra de sus propios fantasmas cruzar sus ojos.
—No podía buscarte, Nara. No porque eso implicaba poner en peligro tu vida. No iba darles tu ubicación a los depredadores —Hizo una pausa y negó con la cabeza—. Y porque si te veía otra vez, sabía que no querría dejarte ir. Pensé en la promesa que le hice a mamá. Alejarte y permitir que seas feliz fue la mejor manera de honrar su memoria. Merecías una vida tranquila sin el infierno de nuestro clan. ¿Me arrepiento? En absoluto. Sé que te has convertido en una gran mujer gracias a Nao y Aurelio.
