El motor del auto rugía suave mientras el paisaje nocturno pasaba a ambos lados de la carretera. La lluvia repiqueteaba en el parabrisas como un murmullo constante, como si el mundo quisiera decirles algo pero aún no encontraba las palabras.
Max conducía en silencio, los dedos firmes sobre el volante, la mandíbula tensa. Sebastián, en el asiento del copiloto, lo observaba de reojo. Llevaba días así: distante, contenido, como si algo lo estuviera carcomiendo por dentro. Sebastián había aprendido a leerlo en los detalles: en cómo evitaba mirarlo mucho rato, en cómo se quedaba callado incluso cuando las victorias deberían saber a gloria.
—¿Max? —preguntó suavemente, rompiendo el silencio solo con su voz—. ¿Estás bien?
Max apretó más el volante, pero no respondió.
Sebastián bajó la mirada. No era la primera vez que intentaba hablar con él desde que volvieron del paddock, después de aquella conversación con Carlos. Sebastián no sabía qué se habían dicho, pero algo cambió en Max. Lo sintió. Lo vivió. Y dolía.
La carretera resbalaba con la lluvia, oscura y curva.
Sebastián sintió algo de temor, no quería allegar a aquella casa por que sentía que todo sería mucho más caótico.
Y entonces, todo fue demasiado rápido.
Un coche en sentido contrario. Luces altas. Un giro brusco. El chirrido metálico. El golpe.
Y luego, silencio.
Todo se volvió blanco.
⸻
Sebastián no sintió el dolor de inmediato. Solo flotaba. No sabía si estaba despierto o soñando. Todo era una neblina suave, un murmullo apenas audible en el fondo de su mente. No había coches, ni lluvia, ni Max. Solo una calma extraña.
Y entonces la escuchó.
Una voz. Suave. Dulce. Paciente.
—Hola, Sebastián ¿verdad?—
Sebastián giró, aunque no sabía en qué dirección. Todo era luz. Pero la voz... esa voz lo hacía sentir seguro, adormilado.
Su rostro giró y entonces lo vio, Sebastián no se asustó aunque lo que estaba viendo fuera una copia de él mismo.
¡Por dios estaba muerto! ¿Cómo se asustaría por algo más?
Estaba sentado lo sabía aunque no entendía en qué o en dónde.
El hombre frente a él sonrío con calidez y le ofreció su mano.
Sebastián se quedó admirándolo más de un minuto.
No era el.
Era alguien más.
Sonrisa suave y encantadora, ojos profundos, brillantes.
Pecas suaves en esparcidas por su rostro, cabello castaño con rulos suaves que enmarcaban con encanto su rostro.
¿Era un ángel?
Tomo la mano y sintió que podía llorar.
Era cálido.
Un leve suspiro. Como si la risa se le escapara entre ternura y melancolía.
—tranquilo— le susurró cuando estaba en pie.
Sebastián sintió un dejavú.
El había visto ese rostro antes... y no estaba hablando del suyo.
No ese rostro no era el de un extraño por completo.
—¿Estoy...? ¿Estoy muerto?
—No. Solo estás entre. A veces, en un instante como este, el alma se detiene. Y escucha.
Sebastián se sintió temblar, aunque no tenía cuerpo. Solo emoción pura.
—¿quién eres tú? ¿Eres mi ángel de la guardia?— pregunta siguiendo sus pasos.
Escucharlo reír lo hace sonreír a él también.
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Se fue
FanfictionHay miles de hipótesis en el mundo de que sucede después de la muerte. ¿Es verdad que existen las reencarnaciones? Max nunca ha creído en nada en su vida. No a menos que existan pruebas sólidas y científicas. Pero ahora, solo por ahora el quiere c...
