NO ES CORRESPONDENCIA: El tablero de juego

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Ha sido una buena semana. Jiang YanLi parece animada por ver a su madre, así como ésta se inclina a favorecerla de manera natural. Durante toda su adolescencia, Jin XiZuan se preguntó si su madre le encontraba algún defecto al siempre esperar que aquella fuese su esposa con más afán del que esperaba que se convirtiera en un buen guerrero o en un digno sucesor de su padre. Ahora, con la edad, es más consciente que nunca de que aquello puede ser no tan deseable para su madre.

No con las humillaciones que la ha visto soportar. Aunque quiere a Jin GuangYao y al pequeño Mo XuanYu, sabe muy bien lo que significa su presencia y reconocimiento. Manchas, imborrables manchas sobre su propia concepción, sobre su herencia y sobre el nombre de su madre, quien ha dedicado su vida a ser una maestra para esta secta más que una simple señora (1). Por eso, cuando reconoce la figura de Jiang WanYin con los dos niños a cuestas, no los detiene, ni alerta a nadie de lo que está pasando, regresa sobre sus pasos para declarar que no hay nadie, que sea quien sea que los ha atacado y llevado a los niños, se ha esfumado. Jiang WanYin que arriesgó la vida por la secta Lan, que ha cuidado de su pueblo y defendido a los Wen a pesar de la catástrofe que desataron sobre su casa; él, que ha sido más justo y más lucido que todos, debe tener razones para hacer lo que hace, sobre todo cuando Jin ZiXuan no reconoce al segundo niño.

―¡Hay setenta hombres muertos! ―reclama su padre, sentado en el estrado meciendo sus sienes―. ¿Cómo puede ser que nadie haya visto nada?

―El sobreviviente dice que fue alguien de la secta Lan ―comenta Jin GuangYao, con su voz calmada, a su derecha―. Es una posibilidad pequeña, pero no efímera.

―¿Por qué querría la secta Lan a un pequeño bastardo? ―su madre, sentada debajo de su padre, frunce el ceño con ganas. La despertaron en medio de la noche para alertar de un ataque―. Es más propio de bandidos que de un guerrero como Lan WangJi o Lan XiChen semejante carnicería.

Pero no de Jiang WanYin, Jin XiZuan vio lo que él y Wei WuXian hicieron con los Wen cada vez que se los encontraron en medio de la guerra. Puede aún escuchar los chillidos, los llamados de auxilio y ver la sangre corriendo fresca sobre la tierra. Además, ¿de dónde salió el segundo chico que llevaba Jiang WanYin? ¿Qué es lo que su padre esconde de los demás y que lo angustia tanto? Sabe que están pasando cosas, no es tonto, la azarosa visita de Lan QiRen hace menos de un mes, su consecuente ataque, el viaje hasta YunMeng, la extraña atmósfera de su medio hermano con la sectas Lan y Jiang. Puede ver los hilos de la política moverse, aunque nadie lo esté teniendo en cuenta para ello.

Ni siquiera Jiang YanLi. Ella está ahí, llorando al niño que ha sido raptado, pero él la conoce, la tristeza no ha llegado a sus ojos, ni sus manos se están moviendo precipitadas para asirse a algo.

―Pueden haber enloquecido de dolor, Jin FuRen ―dice Jin GuangYao, bajando la cabeza ante ella―. El ataque a Lan QiRen...

―¡Lan QiRen! ―ella se burla, moviendo su mano en un gesto exagerado―. El hombre fue atacado, si tuvieran sospechas, estarían aquí con un reclamo y una declaración de guerra. Los Lan no son el tipo de inquisidores que se colarían a hacerle daño a un niño, acusarían a quien debieran acusar y nos obligarían a todos a celebrar un juicio.

Su padre no mira a su madre, sino que extiende la mirada hacia la ventana en la que la noche empieza a clarear hacia el día. Sus ojos cuasi dorados son un símbolo inequívoco de una profunda reflexión, contradicciones. Él, como todos, está cumpliendo un papel allí. A Jin XiZuan le gustaría preguntar cual es el suyo.

―Madre, aún así, podríamos preguntar ―sugiere―. Tal vez se trate de alguien que quiera vernos enemistados con los Lan.

Nadie realmente le pregunta a su padre qué hacer, la mayoría porque no lo consideran capaz, los demás, por qué están bajo sus órdenes.

MentiraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora