El último día de nuestras vidas

109 8 2
                                        

Hubiese sido más sencillo morir, Jiang Cheng lo ha pensado un millón de veces después de que la guerra acabó. Sería más sencillo ser un rehén o un muerto. El peso de las decisiones es demasiado en este punto, no sería ilógico que alguno de ellos renunciara por completo a su cordura para dejar atrás está estupidez. Como Líder de secta, debería tener la oportunidad de decidir, de echarse para atrás, de enviar a alguien más a hacer este trabajo que realmente no quiere hacer; eso, si fuese tan obtuso e idiota como sus contrincantes.

La cueva hasta la que los ha guiado Wei WuXian es un infierno. Un pozo, que no parece tener fondo real, yace lleno de sangre y agua, una piscina de un rojo tan intenso que es desgarrador. La energía resentida que emana de él es similar a la que había en los campos de batalla luego de las retiradas, el olor es a muerte y a venganza, la sensación es de una suciedad perpetua. Cualquiera que se acerque, quedará marcado al igual que su descendencia por una nube oscura y una mancha repleta de dolor.

―No hay que dejar a los niños acercarse aquí ―manifiesta, mirando hacia la entrada, donde en la tenue luz del lugar, Mo XuanYu y Xue Yang han caído dormidos a un costado de Nie HuaiSang luego de la ardua subida.

―No podemos dejarlos lejos ―aunque Lan WangJi intente no ser rudo, todo lo que sale de su boca así lo parece.

Lan XiChen, a quien la culpa ya comienza a manifestarse en el rostro, mira a Jiang Cheng con todo el ansia que se ha guardado los últimos días. Lo ama. En verdad que Jiang Cheng no aprecia a nadie como lo hace con el Líder de la secta Lan, su pronto actuar frente a las cosas se debe precisamente a que no puede permitirse el dudar ahora, el actuar antes de que las consecuencias los alcancen. Lo sabe. Lo ha sabido desde mucho antes de poder aceptarlo para sí mismo: no todos saldrán vivos, no todos pueden ganar.

―Dejemos que estén con Nie-GongZi, él los entretendrá. Tengo que prepararme. ―La mano de su hermano, naturalmente esbelta y con largos dedos, desata los cordones de la túnica exterior con suavidad. Jiang Cheng elige ignorar el ligero temblor que las recorre.

―¿Qué debemos hacer nosotros― pregunta, en cambio, mirando más allá de la piscina, hacia la negrura en las entrañas de la tierra.

Wei WuXian se gira, como si algún tipo nuevo de modestia se hubiese apoderado de él. Jiang Cheng puede ver bien en esta penumbra, su cultivo es lo suficiente fuerte como para mostrarle las grietas en la roca y hacerle saber que algunos animales se arrastran en la lejanía. Sabe que los hermanos Lan no son inferiores. Wei WuXian no ha sido nunca tímido.

―Tienes que meditar y canalizar tu energía junto a la de Lan Zhan y ZeWu-Jun ―responde su hermano, sumergiendo su mano en el líquido putrefacto―. Voy a hacer algo parecido.

Lan WangJi no parece escandalizarse por las acciones de su esposo. Con un gesto de la mano, se sienta en la tierra árida y parece deslizarse con facilidad a una meditación superficial en la que puede mantener algún tipo de vigilancia sobre Wei WuXian. Lan XiChen, sin emitir queja alguna, se desliza al lado de su hermano sin mayor ceremonia que tomar con cuidado el raso de su hanfu debido a la longitud del mismo. Sentado lado a lado, blanquecinos y puros, en medio de tanta inmundicia, Jiang Cheng tiene que recordarse que están aquí por voluntad propia, no por alguna estratagema impropia; son demasiado irreales para todo esto, más llenos de vitalidad que cualquier deidad.

No puede quedarse aquí.

―Vuelvo en un momento ―manifiesta.

Pasa de largo la salida. Fuera. El sol que apenas penetra el espeso miasma del lugar se burla un poco, no tiene allí sentido la vida, solo la muerte, aun así, dos niños juegan con una flauta encantada entre la tierra infertil, junto a un hombre suave que intenta hacerlos beber agua.

MentiraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora