El último respiro

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El despertar es una sensación acuosa, por decirlo menos. Su cuerpo se retuerce contra otro igual de sólido, al que se aferra sin posibilidad de abandonarlo. Al abrir los ojos, se encuentra con una habitación en la penumbra y el pecho de Jiang Cheng flotando debajo suyo, la respiración es suave, así como los rasgos que en medio del sueño han dejado de tener tensión. Se ve joven; no jóven como niño, sino joven como el joven que debería ser todo el tiempo, no agresivo ni empecinado en derrotar la vida.

La noche anterior, Lan XiChen descubrió que hay una parte de Jiang Chengo que es tierna y acogedora más allá de lo que esperaba.

Después de aceptar quedarse a su lado, el Líder Jiang lo había atendido con reverencia, había servido más té, le dejó tomar un largo baño a solas y le preparó una muda de ropa para dormir apropiada para el clima de YunMeng. Todo fue hecho con precisión marcial y celo absoluto; Lan Huan pudo distenderse en el agua pensando en sus preocupaciones, pero también seguro de que no estaría solo al salir de allí.

Lo mejor había venido después. Jiang Cheng había hecho la cama para ambos, mullendo almohadas, buscando sábanas limpias y dejando un poco de incienso en una mesa baja para que el olor le permitiera relajarse. La habitación, carente de alguna molestia visual como cuadros, floreros o biombos, le presentaba a un amable amante que lo invitó a acercarse con la sonrisa más tímida que había visto en su vida. Ya no podía pensar en el destino fatal de su tío en un ala más allá. Se sumergió bajo las sábanas con la anticipación martilleando en su pecho.

El movimiento de una mano en el aire fue suficiente para crear una corriente que acabó con la luz de las velas. Entonces solo quedó el tenue brillo de la luna salvándose entre las rendijas de las pequeñas ventanas entreabiertas.

Se habían besado, las manos de Lan XiChen se ataron al cuello de Jiang Cheng y se dejó llevar por la sensación de la otra boca devorando sus angustias. Fue una cosa tierna, desordenada, donde no podía cerrar los ojos ante la impresión de que todo acabaría si dejaba de atisbar. El mundo se redujó a su capacidad de sentir esos labios contra los suyos, esa saliva mezclándose en su boca y empujado el control sobre sus pensamientos. Cuando por fin se obligó a no mirar, la sensación fue a mayores: las manos de Jiang Cheng acercandole por la cintura, apropiadas de su cuerpo como de un arma; el olor característico del otro chispeando en su nariz, junto con el sabor dulce del beso compartido.

Estaba seguro de que implosionaría. Sumergió sus dedos en el cabello recogido, soltando las cintas y dejando que fluyera, tomó posesión del otro con furia, aferrándose a esos jirones de noche, sedosos entre sus dedos, tan amables como el hombre que lo tumbó sobre su lecho y le sonrió antes de dejar su boca y arrastrarse por su garganta, con finos besos siguiendo sus venas, un reguero de sensaciones acrecentadas por una lengua ágil que lamía todo lo que podía encontrar. No recuerda en qué momento comenzó a gemir, pero sí sabe que nunca dejó de sostener los largos cabellos que ocultaban a su protector.

Jiang Cheng hizo camino hasta su oreja derecha, donde dio un soplo gentil que lo hizo chillar. Estaba ardiendo. Sus piernas, enredadas en las del Líder Jiang eran lo único que le impedía frotarse descaradamente para aliviar un poco del deseo en su ingle.

―Eres muy bello ―la voz ronca de Jiang Cheng lo sorprendió, no podía verlo a la cara, pero el peso de sus palabras junto a las esquirlas de viento en sus oído le calentaron más―. Eres la persona más insistentemente terca y tonta que conozco, además. Pero eres tan bueno.

Iba a responder algo, lo jura. Iba a defenderse. Pero enseguida recibió un mordisco, en su ya estimulada piel, y no pudo hacer nada, solo gritar un poco. Los labios socavaron su voluntad con succiones y besos que se perdían sobre sus hombros y pecho, le obligaron a llevarse un puño a la boca y morder, porque, aunque no era el Descanso de las Nubes, no podía imaginar lo que sería ser escuchado por otros, por cualquiera que no sea su Jiang Cheng.

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