cap 33

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Pasaron meses desde aquella noche.
Los primeros días, Papá no me quitaba los ojos de encima: vigilaba quién entraba y salía de la casa, me mandaba a dormir en su habitación o le pedía quedarse a Shisui, y hasta dejó de asistir a algunas reuniones del clan para quedarse conmigo.
Era extraño verlo así... como si de repente yo sí importara.

Pero con el tiempo, al no volver a aparecer Obito, la tensión se fue diluyendo.
Mamá seguía tratándome con el mismo desdén, pero al menos papá no lo permitía.
Yo empecé a sentirme un poco más seguro, aunque las pesadillas seguían visitándome cada noche.

Entonces, una mañana, el ambiente cambió para siempre.

Un golpe seco en la puerta nos sacudió a todos. Papá fue quien abrió. Al otro lado estaba Minato Namikaze, el cabello rubio revuelto por el viento y una expresión seria en el rostro.

-Fugaku... -dijo en voz baja, sin saludar siquiera-. Vengo a darte la noticia. Obito... cayó en combate.

El silencio llenó la entrada de la casa.

Yo estaba escondido detrás del marco de una puerta, escuchando con el corazón en la garganta.
Papá apretó la mandíbula. No respondió de inmediato. Finalmente, solo asintió.
-Entiendo...

Minato bajó la mirada.
-Lamento que haya terminado así. Sé que era... difícil, pero era tu hermano.

-Era mi carga -corrigió papá con frialdad, cerrando lentamente la puerta-. Gracias por avisar.

Cuando se dio la vuelta, ya no había en sus ojos la furia protectora de los últimos meses. Había... cansancio.
Un suspiro pesado escapó de sus labios, como si por fin pudiera soltar un peso enorme.

Y desde ese día, dejó de vigilarme.
Dejó de preguntar si estaba bien.
Dejó de revisar la casa por las noches.

Ya no me mandaba a dormir a su lado ni me miraba con la misma intensidad.
Era como si, con la muerte de tío Obito, hubiera muerto también cualquier motivo para cuidarme.

Volví a ser invisible.
Volví a sentirme solo.

Esa indiferencia me dolió más que los insultos de mamá. Porque en el fondo, yo había empezado a creer que mi padre podía protegerme.
Y ahora entendía que solo había estado reaccionando al peligro inmediato.
Una vez que ese peligro desapareció, yo dejé de existir para él.

Shisui fue el único que se mantuvo a mi lado, aunque él también empezaba a cargar con sus propios entrenamientos y misiones.

Y yo, con apenas cinco años, aprendí otra lección dura:
La protección de los demás siempre es pasajera.
Si quería sobrevivir, tendría que aprender a protegerme yo solo.
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Tenía apenas seis años cuando ocurrió.
Era demasiado pronto, demasiado cruel para que mi cuerpo reaccionara de esa forma. Pero esa noche... todo cambió.

La casa estaba en silencio. Papá había salido a una reunión del clan, mamá se había marchado sin siquiera avisar, y Shisui estaba en una misión. Me habían dejado solo.
Acostumbrado a la soledad, me quedé en mi cuarto, intentando leer un libro que apenas entendía. La luz de la lámpara era lo único que me acompañaba.

Entonces lo sentí.
Ese olor. Ese peso en el aire.

La puerta se abrió despacio, como un susurro de pesadilla.
Era él.
Obito.

Yo me quedé helado, sin poder moverme.
-¿Me extrañaste, Itachi? -murmuró, con esa sonrisa torcida que me revolvía el estómago.

Mi corazón empezó a latir desbocado. Quise gritar, pero no salió ni un sonido. Las palabras se atoraron en mi garganta como si algo me estrangulara desde dentro.

Él se acercó despacio, dejando que su aroma me envolviera.
Ese olor fuerte, invasivo, mezclado con algo oscuro que no entendía.

Mi cuerpo empezó a temblar. El calor subió por mi pecho, mis manos se crisparon sobre las sábanas. No entendía qué pasaba. Me dolía, sentía un fuego interno recorriéndome de pies a cabeza.

-Ah... ya veo... - tío Obito sonrió más, inclinándose hacia mí-. Tu cuerpo decidió adelantarse. Qué interesante... Un Omega tan joven.

-N-no... -susurré, intentando apartarme-. No quiero...

Él me tomó del mentón con fuerza, obligándome a mirarlo.
-No puedes elegir lo que eres, Itachi. Nadie puede.-
Su voz era un veneno, y mi cuerpo reaccionaba de manera que yo no comprendía. El calor, el miedo, la sensación de vacío en el estómago... Todo se mezclaba en una confusión insoportable.

Intenté empujarlo, pero mi fuerza infantil no era nada contra él. El dolor en mi pecho se intensificaba, como si algo dentro de mí se rompiera y floreciera al mismo tiempo.
Ese fue mi primer celo.
Mi presentación como Omega.

Y fue provocado por él.

Obito rió suavemente, satisfecho de lo que veía.
-Así está mejor. Ahora ya nadie podrá negarlo. Tú eres un Omega. Y desde hoy... me perteneces.

Yo lloraba, con el cuerpo convulsionando por la fiebre, el miedo y la sensación desconocida que me consumía.

Cuando por fin se marchó, dejándome hecho un ovillo en la cama, lo único que quedó fue el olor impregnado en las paredes, recordándome lo que había ocurrido.

Esa noche, más que nunca, comprendí que estaba marcado.
No solo como hijo de Fugaku, no solo como "el error" de mi madre...
sino como Omega, sellado en la más temprana edad, bajo la sombra de mi peor pesadilla.
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El calor me estaba consumiendo. No entendía qué pasaba en mi cuerpo, solo que dolía, que ardía y que todo olía insoportable. Me retorcí entre las sábanas, marcado, con lágrimas secas en las mejillas.

El cuarto estaba impregnado de un aroma pesado, invasivo, sofocante. Era inconfundible.
El aroma de Obito.

El mismo que yo había sentido aquella noche meses atrás.
El mismo que supuestamente ya no debería existir, porque todos decían que él estaba muerto.

La puerta se abrió de golpe.
Papá y mamá entraron casi al mismo tiempo.

Papá se detuvo en seco, el Sharingan brillando al percibir el ambiente cargado.
-...No puede ser... -susurró con incredulidad, con la respiración acelerada-. Ese olor... es de Obito.

Mikoto se llevó la mano a la boca con asco.
-¡Esto es imposible! Dijeron que estaba muerto. ¡Que murió en la guerra! -gritó, apartando el rostro-. ¿Entonces qué significa esto?

Yo quise hablar, pero apenas salió un sollozo quebrado. Mi cuerpo dolía, marcado con moretones y arañazos, el calor del celo precoz agitaba mi piel y mi respiración.

Papá se acercó y me miró, pero en sus ojos no había ternura ni preocupación... solo desconcierto y rabia.
-¿Cómo puede ser? -masculló, apretando los puños-. ¿Cómo demonios pudo entrar aquí si estaba muerto?

Mama soltó una risa amarga, cruel.
-¿No lo ves? Ni siquiera la muerte quiso cargar con él... y ahora lo tenemos impregnado en nuestra casa... en tu hijo.

Yo bajé la mirada, sintiéndome sucio, vacío. Nadie parecía notar el leve y nuevo aroma que comenzaba a brotar de mí, el de un Omega recién presentado. Todo estaba tapado, ahogado, sepultado bajo la impronta de Obito.

Papá apartó la vista de mi cuerpo tembloroso, incapaz de soportar más.
-Maldito... -susurró entre dientes-. Si realmente murió, entonces su sombra sigue pudriéndonos.

Mamá me miró con desprecio, como si yo fuera la prueba viviente de esa mancha.
-Ahora lo único claro es que este niño es un Omega. Y se presentó de la manera más baja posible... y ahora está marcado por un fantasma.

Yo cerré los ojos.
Incapaz de seguir escuchando.
Incapaz de seguir respondiendo, todo dolía

Dolía respirar

Dolía vivir

Ojalá me hubiera muerto en ese momento

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