Había pasado más de un mes desde aquel día en el hospital. Cada vez que me movía, cada vez que sentía el peso de algo vivo dentro de mí, recordaba que nadie parecía dispuesto a protegerlo. Ni siquiera mis padres. Mi corazón latía con un nudo que no se deshacía, y el miedo se había convertido en parte de mí.
Entonces lo vi. Obito apareció en la penumbra de mi cuarto, emergiendo del remolino oscuro como una sombra silenciosa. Mi pecho se tensó, y un escalofrío recorrió mi espalda.
—t-tio O-Obito… —mi voz salió débil, temblorosa, apenas un susurro—. Por favor… tú… podrías decirles… convencer a mis padres… que me dejen… tener a mi bebé…
Él me miró, con la máscara reflejando la luz débil de la lámpara. No dijo nada al principio. Yo me encogí, pegándome un poco más a la pared, intentando parecer más pequeño, menos visible. El miedo me atenazaba: sabía que si se enfadaba, no habría forma de defenderme.
—¿Y por qué tendría que hacerlo? —dijo finalmente, la voz fría, indiferente.
—P-por favor… —balbuceé, tragando saliva—. Tú dijiste… dijiste que te pertenecia…y y en la academia disen que la pertenece significa cuidado en una relación....no quiero que me lo quiten…
Obito dio un paso hacia mí. Sentí que el aire se volvía pesado, como si el cuarto se encogiera. Mi cuerpo se tensó, las manos temblándome sobre mi abdomen.
—Itachi… —su voz era un filo cortante—. ¿Crees que eso me importa? No me importa. No es mi problema.y claro que nosotros no tenemos una relación niño, solo eres mi puta.
Quise suplicar más fuerte, decirle que no podía permitir que me lo quitaran, que no podría sobrevivir sin él… pero el miedo me hizo callar. Cerré los ojos, intentando no respirar demasiado fuerte.
—H-haz… lo que quieras… —susurré finalmente, casi cayendo sobre mis rodillas—. Yo… yo no puedo obligarte…
Obito se inclinó ligeramente hacia mí, y yo retrocedí, casi pegándome a la pared.
—Eso pensé —dijo, y su voz no tenía emoción, solo frialdad—. Mira, haz lo que tengas que hacer. Escóndete si quieres. Yo no voy a volver por un tiempo, tengo cosas que hacer.
Y antes de que pudiera reaccionar, el remolino del Kamui se formó y lo absorbió, dejando la habitación vacía y fría, con la ventana abierta y el viento golpeando mi rostro.
Me quedé allí, temblando, con las manos sobre mi abdomen. No había promesas, no había protección. Solo miedo, y un susurro quebrado:
—No me lo quiten… no me lo quiten…
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No recuerdo con exactitud cuantos meses tenía cuando toda la farsa estuvo por descubrirse
Tampoco estoy muy seguro de como es que la aldea se enteró, ya que no salía de la casa para nada, vivía encerrado en mi cuarto ni siquiera se le permitía a shisui visitarme
Recuerdo estar comiendo en la cocina junto a papá cuando mamá ingreso como loca por la puerta. Se veía alterada y agitada
- lo saben fugaku, no entiendo cómo pero lo saben-
- de que hablas?- pregunto papá confundido
- saben de mi embarazo fugaku, esas zorras lo saben y también saben que está pequeña zorra ya ha abierto las piernas para alguien -
- de que hablas, de tu embarazo es obvio que se iban a enterar, como esperas ocultar el cambio de tu aroma por kami, pero de Itachi nadie debería saber no has abierto la boca verdad -
- claro que no, no soy estúpida, seguro fue el doctorsucho ese que buscaste. Te dije que era mala idea hacerlo atender en el hospital-
Papá se quedó en silencio por unos segundos, con el ceño fruncido, dejando que su taza de té se enfriara entre sus manos. Yo, con la boca seca y el estómago encogido, apenas podía seguir masticando el arroz que tenía en la boca. Sentía que me tragaba piedras.
—No vuelvas a llamarlo así delante de Itachi —dijo finalmente, con un tono bajo, cargado de amenaza contenida.
—¡Oh, por favor! —bufó mamá, cruzándose de brazos con esa sonrisa amarga que siempre usaba para humillarnos—. Si crees que voy a cuidar mis palabras con este niño delante, entonces estás más ciego de lo que pensé.
Sus ojos oscuros, tan similares a los míos, se clavaron en mí por un instante, llenos de desprecio. Yo aparté la mirada, como siempre hacía, encogiéndome sobre la silla.
—Lo importante ahora —continuó ella, volviendo la vista a papá— es qué vamos a hacer. Porque si ya circulan rumores en el clan… sabes tan bien como yo que esto se va a esparcir por toda la aldea. Y yo no pienso cargar con la vergüenza de un hijo bastardo bajo este techo.
Papá golpeó la mesa con la palma abierta, haciendo temblar los platos. Yo di un pequeño salto en mi asiento.
—¡Basta, Mikoto! No quiero volver a escucharte repetir eso. Ya es suficiente con que cargues tu resentimiento hacia el niño todos los días.
—¡Resentimiento, dices! —rió sin humor, llevándose una mano al vientre abultado—. No tienes idea de lo que es llevar dentro algo que jamás quise. Y ahora, encima, tener que cargar con las miradas y los cuchicheos por culpa de ese… ese error.
Supe que hablaba de mí, aunque ni siquiera se molestó en señalarme.
Papá respiró profundo, como intentando contenerse, pero su mirada dura se posó en mí. Y en ese instante entendí que, aunque él no lo dijera en voz alta, también pensaba lo mismo: yo era parte del problema.
—¿Qué mierda haremos ahora?, no puedo darlo en adopción —dijo mamá con la voz cargada de rabia, una mano apretando su vientre como si el simple contacto la irritara.
Papá se cruzó de brazos, inmóvil en su asiento, pero sus palabras fueron como piedras frías.
—Pues fíjate qué haces. En mi casa no vivirá. No es mi hijo, no es mi problema.
El silencio se rompió como un cristal. Yo, con la cuchara aún en la mano, me quedé helado. No me atreví a moverme ni a respirar fuerte.
Mamá lo miró como si quisiera atravesarlo con la mirada. Sus labios se torcieron en una sonrisa amarga.
—Claro que no es tu problema, Fugaku. Para ti nada lo es, salvo tu bendito clan. Pero yo no pienso cargar con esta cosa para siempre. No lo quiero, nunca lo quise.
Sus dedos temblaron sobre la tela de su ropa, acariciando el abultado vientre con un desprecio tan evidente que me revolvió el estómago.
Papá no respondió de inmediato, pero la tensión en su mandíbula me dijo que estaba conteniéndose. Finalmente, masculló:
—Pues resuélvelo antes de que el resto del clan meta sus narices más de lo debido. Yo no pienso dar la cara por ti.
Mamá soltó una carcajada seca, casi histérica.
—¿Y qué quieres que haga, ah? ¿Que lo deje tirado en la calle? ¡No puedo darlo en adopción, ya saben demasiado! ¡Ya corren los rumores, Fugaku!. Si estoy se hace más grande tendrás que ayudarme por más que no quieras, tu nombre también se verá manchado.
Yo bajé la cabeza, deseando desaparecer. No entendía del todo lo que estaba pasando, pero cada palabra me golpeaba como un eco imposible de ignorar. La furia de mamá, la frialdad de papá, la tensión que llenaba la casa… todo me hacía sentir que lo que venía no podía traer nada bueno.
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mentiras a la luz
Fanfictionver unos archivos por accidente cambiará por completo su vida, nada volverá hacer como antes
