cap 38

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Las noches eran las peores. El bebé lloraba casi todo el tiempo, con un llanto agudo que atravesaba las paredes y que hacía que mamá chasqueara la lengua desde su cuarto.

—¡Hazlo callar, Itachi! —me gritaba con fastidio—. ¡O lo saco yo de la casa!

Yo no respondía. Solo me apresuraba a levantarme de la cama, con mi vientre duro y pesado, y lo cargaba como podía. Apenas alcanzaba a sostenerlo, porque mis brazos eran delgados y temblaban enseguida, pero no me importaba. Lo apoyaba contra mi pecho, sintiendo cómo su calor me calmaba incluso a mí.

Lo acunaba despacio, moviéndome en círculos por mi cuarto para que se durmiera. A veces me dolía tanto la espalda que creía que iba a caerme, pero no lo soltaba. Si lloraba demasiado fuerte, mamá podía cumplir su amenaza… y yo no iba a permitirlo.

El doctor había dejado instrucciones de cómo alimentarlo. Me daba miedo cada vez que tenía que acercarle el biberón improvisado, porque el bebé se agitaba, lloraba y parecía que no iba a poder respirar. A veces la leche se le escapaba por la comisura de la boca y yo entraba en pánico, pensando que lo había lastimado.

—Perdón, perdón —le susurraba—. Voy a hacerlo mejor… no llores, por favor.

Poco a poco fui aprendiendo. Lo envolvía en telas suaves, lo mantenía junto a mí en la cama y le hablaba en voz baja cuando el silencio de la casa se volvía demasiado pesado. Él era lo único que me hacía sentir que no estaba solo, que había alguien que me necesitaba, aunque yo mismo no sabía cómo seguir adelante con el peso de mi propio vientre.

Una tarde, mientras lo observaba dormir en mis piernas, sentí que se me escapaba una sonrisa. Era pequeña y torpe, pero estaba ahí. El bebé frunció el ceño, hizo un ruidito y luego volvió a quedarse tranquilo.

Quizás no sea tan malo, pensé. Si mamá no lo quiere, y papá lo rechaza, yo puedo cuidarlo. No importa si soy pequeño. No importa si duele.

Pero en el fondo sabía que todo era mucho más complicado. Yo todavía no había dado a luz. Todavía me faltaba enfrentar ese mismo dolor, esa misma condena. Y me preguntaba, con un nudo en la garganta: ¿qué pasará cuando tenga dos bebés en mis brazos? ¿Podré con los dos?
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El bebé ya no lloraba tanto como antes. y a tararearle canciones que ni siquiera sabía de dónde salían. A veces me quedaba despierto mirándolo dormir, observando cómo movía las manitos como si soñara.

Cada día me encariñaba más. Me gustaba sentir su calor sobre mi pecho, escuchar esos pequeños ruiditos que hacía al tomar el biberón, o ver cómo sus ojos se abrían apenas por unos segundos para mirarme, como si me reconociera.

Me gustaba pensar que me necesitaba, que yo era importante para él.

Una mañana, después de que lo logré dormir en mis brazos, decidí llevarlo a la habitación de mamá. Pensé, ingenuo, que al verlo tranquilo ella podría quererlo un poco más. Podría dejar que me lo quedase

—Mamá… —dije en voz baja, acercándome a su cama—. Mira… está dormido. No hace ruido, no molesta…

Ella giró la cabeza apenas, con gesto cansado y molesto. Me miró a mí primero, luego al bebé, y su boca se torció en una mueca amarga.

—No te encariñes demasiado, Itachi —me dijo con frialdad—. En unos días, cuando me recupere por completo, lo llevaré al orfanato.

Sentí que el aire se me escapaba del pecho. Apreté al bebé con más fuerza contra mí, como si al hacerlo pudiera evitar lo que acababa de escuchar.

—¿Orfanato…? —mi voz salió débil, temblorosa.

—Sí —continuó ella, apartando la mirada—. No lo quiero aquí. Nunca lo quise. Y no pienso cargar con él ni un día más de lo necesario.

El bebé se removió, inquieto, como si hubiera sentido mi angustia. Yo bajé la vista hacia él y sentí cómo mis ojos se llenaban de lágrimas, pero las contuve. No podía llorar delante de ella.

Asentí en silencio, aunque por dentro todo gritaba que no.
¿Cómo voy a dejar que lo lleven lejos? ¿Cómo voy a permitir que lo abandonen, si nadie más lo quiere?

Esa noche, mientras lo sostenía en mis brazos y lo veía dormir, me hice una promesa: aunque fuera un niño, aunque todavía llevara otro bebé dentro de mí, haría todo lo posible por protegerlo.

Porque si yo lo quiero… entonces ya no está solo.

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Los días pasaron lentos y extraños. Yo me levantaba con el vientre duro y dolorido, pero la primera cosa que hacía era revisar al bebé. Lo llevaba a mi pecho, lo arropaba, le acariciaba la cabecita y, aunque me costara trabajo con mis brazos tan pequeños, me aseguraba de que estuviera cómodo y seguro.

Le hablaba mientras lo alimentaba, le tarareaba canciones que apenas recordaba, y a veces, cuando se dormía, lo miraba largo rato, como si tratando de memorizar cada detalle: sus dedos diminutos, el brillo húmedo de sus ojos cerrados, el suave sonido de su respiración.

Mamá apenas salía de su habitación. Cuando lo hacía, lo miraba con desdén y me lanzaba órdenes cortas:
—No lo acuestes cerca de mí.
—No lo dejes llorar aquí.
—En cuanto pueda recuperarme, lo llevaré al orfanato.

Yo asentía, con el corazón encogido, pero en secreto me prometía a mí mismo que haría que esos días juntos fueran valiosos, aunque fueran pocos.

Una tarde, mientras lo acunaba sobre mis piernas en la esquina de mi cuarto, me atreví a preguntar algo que me rondaba la cabeza desde hacía días:

—Mamá… ¿puedo… puedo darle un nombre? —mi voz salió temblorosa, apenas un susurro—. Si se va a quedar conmigo, quiero… quiero que tenga un nombre.

Ella me miró de reojo, levantando una ceja, como si la idea le resultara absurda.
—¿Nombre? —dijo con desdén—. No importa cómo lo llames. Va a ir al orfanato en unos días.

Mi estómago se encogió, pero no me rendí. Lo miré a él, a sus manitos que se aferraban a mi dedo, y sentí que merecía algo mío, algo que pudiera recordarle que alguien lo quería.

—Pero… aunque se vaya… quiero darle un nombre. Aunque solo sea mientras esté aquí conmigo. —Mis palabras salieron con determinación, más fuerte de lo que esperaba.

Mamá bufó, girando la cabeza hacia la pared, ignorando mi insistencia.
—Haz lo que quieras. Pero no me molestes con eso.

Sonreí apenas, como pude, y miré al bebé. Lo abracé más fuerte y le susurré:
—Entonces te llamaré… sai. Sí… sai será tu nombre.

El bebé se movió un poco, como si escuchara, y cerró los ojos, calmándose de nuevo. Yo sentí un calor en el pecho que no era solo por el cariño… era una mezcla de miedo, responsabilidad y algo que empezaba a sentirse como amor.

Desde ese momento, cada día se convirtió en una rutina extraña, agotadora, pero también preciosa: alimentarlo, acunarlo, hablarle, ponerle pañales mientras mi propio cuerpo dolía, y asegurarme de que se sintiera seguro, aunque solo fuera por unos días más.

Y cada noche, cuando lo acunaba para dormir, repetía su nombre en voz baja:
—Sai… Sai… aquí estoy contigo.

Aunque todos a mi alrededor lo rechazaran, yo lo cuidaría. Ese era mi mundo ahora.

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