cap 34

38 6 1
                                        

La cena de esa noche había sido silenciosa.
Papá aún no regresaba de la reunión del clan, y Shisui estaba en misión.
Mamá había preparado algo simple, y yo apenas probé bocado. El miedo nunca se iba, incluso después de meses en que decían que Obito había muerto.

Cuando terminé, me retiré a mi habitación. El silencio de la casa me rodeaba como una prisión.
Pero esa calma se quebró pronto.

Un crujido en la ventana. Una sombra que se deslizó con naturalidad.
Mi corazón se paralizó.
Era él.
Tío Obito.

El mismo olor pesado e invasivo llenó la habitación de inmediato.
Me inmovilizó, como siempre, y yo no pude hacer más que sollozar ahogado en terror.

La puerta se abrió.
Mi madre.

La encontré con la mirada, rogando con los ojos, esperando una reacción, un grito, una furia que me defendiera.
Pero no pasó.

Mikoto se quedó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y el rostro inexpresivo.
Nos miró, y luego miró a Obito.
—Así que no estabas muerto… —murmuró con frialdad.

Obito apenas levantó la vista, con una sonrisa torcida.
—La muerte no quiso llevarme.

Yo seguía atrapado, temblando bajo su control, esperando que mi madre interviniera.
Pero ella no se movió.

—Haz lo que quieras —dijo al fin, con voz seca—. Pero no lo anudes. No quiero que en el clan empiecen los rumores si ese mocoso termina embarazado.

Mis ojos se abrieron de par en par.
Las palabras me atravesaron más hondo que cualquier golpe.

Obito soltó una carcajada baja, burlona.
—¿Crees que me importa lo que diga la gente? —replicó con desprecio—. Haré lo que yo quiera.

Mikoto se encogió de hombros, indiferente.
—Entonces carga con las consecuencias tú mismo. Yo no pienso hacerlo.

Y cerró la puerta, dejándome solo otra vez, condenado bajo la sombra de quien jamás debió volver.

El sonido de su risa quedó grabado en mis huesos esa noche.
El sonido de la indiferencia de mi madre… en mi alma.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Había pasado un mes desde aquella noche.
Yo vivía atrapado en un ciclo de miedo y silencio. Mi cuerpo estaba extraño: el cansancio no me dejaba, las náuseas aparecían por las mañanas, y a veces sentía mareos que me obligaban a quedarme en cama.

Mamá lo había notado primero.
No porque le preocupara mi salud, sino porque esas señales eran demasiado obvias para alguien como ella.

Esa noche, escuché la discusión desde el pasillo.

—¡Maldito imbécil! —escupió Mikoto, con la voz cargada de rabia contenida—. ¿Eres consciente de lo que hiciste? ¡Ese mocoso tiene síntomas de embarazo!

La respuesta de Obito fue una carcajada baja, burlona.
—Y qué importa. Eso solo demuestra que ahora me pertenece.

Mi madre lo abofeteó. El sonido seco retumbó en la sala.
—¡Idiota! ¿Sabes lo que significaría si alguien se entera? ¡Van a arrastrar mi nombre, el de Fugaku y el del clan entero al barro!

—¿Y desde cuándo te importa Fugaku? —replicó Obito, con los ojos encendidos de burla—. Tú misma me lo dijiste: ese niño no te importa. Entonces, ¿por qué ahora me cuestionas?

—¡Porque no quiero más problemas, yo también estoy embarazada! —gritó Mikoto de golpe, y el silencio se hizo espeso—. Y no es de Fugaku y tampoco lo voy a tener. Suficiente tengo con ocultar mi problema y buscar formas para desarme del niño no quiero cargar con tus mirdas, lo entiendes?

mentiras a la luz Donde viven las historias. Descúbrelo ahora