....RECUERDO PASADO.....
recuerdo que todo comenzó a inicios de la academia, la noche antes de entrar fue un antes y después en mi vida.
No puedo mentir y decir que tenía la vida soñada antes de ello, pero si puedo decir que no sufrí tanto.
Cualquiera puede manejar el desprecio de una madre.
Recuerdo bien esa tarde dónde shisui fue por mi a la academia, mi primer día y ninguno de mis padres fue por mi, era pequeño y aún me costaba encontrar el camino a casa
-Itachi te sientes bien?-
-no lo se-
-que sucede?, cuéntame soy tu primo puedes confiar en mi-
- tío óbito entro en mi cuarto anoche y le dije a mamá y a ella no le importo o creo que no me cree-
-Cuéntame que hizo-
- se acostó en mi cama y acaricio mis piernas y brazos, no me gustó shisui, se sintió feo-
- porque eso no está bien, le diremos a tío fugaku y si no nos cree le diremos a papá-
- deacuerdo-
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Ver a mis padres discutir no era novedad prácticamente era mi día a día
Ellos se casaron en contra de su voluntad
Papá anteriormente había estado enamorado de la hermana de mamá pero falleció durante la guerra por lo que tuvo que casarse con mamá
Supongo que esa es una de las razones para su infelicidad.
Supongo que yo soy la segunda razón, ella me odia y lo ha dejado en claro mil veces anteriormente pero eso me destruyó
Apenas tenía cinco años, ni siquiera me había preguntado y ella se atrevía a hablar de ese modo de mi
- es una pequeña puta, seguro lo a provocado fagaku-
- tiene cinco años maldita sea Mikoto, es tu maldito hijo por kami-
- no me interesa, es tu hermano y tu maldito hijo fíjate que haces con ellos no me interesa-
El silencio que siguió a esas palabras fue más pesado que cualquier grito.
Yo estaba parado en el pasillo, con las manos temblorosas aferrando el marco de la puerta. Era un niño, pero las palabras que mi madre lanzó esa noche se grabaron en mi piel como fuego.
Shisui me tomó del hombro y me apartó, llevándome a mi habitación. Podía sentir cómo trataba de ser fuerte para mí, pero su respiración era entrecortada.
—Itachi… —susurró—. No la escuches. No tienes la culpa de nada.
Yo bajé la mirada.
—Pero… si mamá dice eso… quizás sea verdad… quizás yo soy…
—¡No! —Shisui me interrumpió, casi con rabia—. No vuelvas a repetir eso. No es tu culpa. No importa lo que ella diga.
Me abrazó con fuerza, como si pudiera reconstruirme con sus brazos. Era la primera vez que me sentía seguro en todo el día.
A lo lejos, los gritos seguían. Papá le reclamaba a mamá, mamá le devolvía insultos.
Pero esta vez, hubo un golpe.
El sonido seco me hizo estremecer. No sabía si había sido un puño sobre la mesa, una puerta cerrándose de golpe… o algo peor.
Shisui apretó los dientes.
—Voy a hablar con papá —me dijo—. No podemos dejar esto así.
—No, no vayas… —le pedí, aferrándome a su camisa—. Si papá se enoja… será peor…
Mis palabras eran las de un niño que ya entendía demasiado. Shisui me miró con tristeza y decidió quedarse. Me pasó una mano por el cabello y me dijo en voz baja:
—Yo estoy contigo. No importa lo que pase, yo siempre voy a estar contigo.
Esa noche dormí en mi cama, con la luz apagada y los gritos ahogados por la distancia. Afuera llovía. Y yo, con apenas cinco años, supe que mi vida ya no volvería a ser la misma.
Los días siguientes fueron una cadena de silencios y miradas frías. Mamá no me hablaba; papá evitaba mirarme a los ojos. Shisui hacía todo lo posible por mantenerme ocupado, enseñándome pequeños trucos ninja para distraerme.
Pero la herida ya estaba hecha. La sensación de suciedad, de haber perdido algo que ni siquiera entendía, se quedó conmigo.
Y cada vez que cerraba los ojos, recordaba las manos de tío Obito sobre mis piernas.
Recordaba el rostro indiferente de mi madre.
Y recordaba que mi padre, aunque gritara, nunca vino a buscarme.
Ese fue el inicio de todo.
La semilla de lo que me convertiría en el futuro.
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Había pasado una semana.
Las cosas en la casa se sentían extrañas: silencio a la hora de comer, miradas esquivas, y yo tratando de no hacer ruido, como si de esa forma pudiera evitar que todo explotara. Shisui estaba más pendiente de mí que nunca, incluso se quedaba despierto hasta tarde conmigo en mi cuarto, pero esa noche no estaba.
El cuarto estaba oscuro, apenas iluminado por la luna que se filtraba entre las cortinas. Yo ya me había acurrucado bajo las sábanas cuando sentí el crujido de la puerta.
El olor y el peso de la sombra eran inconfundibles.
Era él.
Tío Obito.
Se acercó despacio, sus pasos apenas rozando el piso. El colchón se hundió cuando intentó acostarse a mi lado.
Mi corazón empezó a latir con violencia, el miedo me estrangulaba la garganta… pero esta vez grité.
—¡PAPÁÁÁ!
El grito rasgó la casa entera. Obito trató de taparme la boca, pero ya era tarde: los pasos fuertes de papá retumbaron en el pasillo. La puerta se abrió de golpe y la figura de mi padre llenó el umbral.
—¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁS HACIENDO, OBITO?! —rugió, con los ojos encendidos.
Obito retrocedió, su rostro descompuesto entre sorpresa y enojo.
—No es lo que parece…
—¡CÁLLATE! —Papá se abalanzó sobre él, lo tomó del cuello de la ropa y lo empujó contra la pared con tanta fuerza que la madera crujió.
Yo estaba paralizado, temblando en la cama.
Los gritos comenzaron a mezclarse.
—¡ES UN NIÑO, MALDITO ENFERMO! —bramaba mi padre mientras sus puños se estrellaban contra Obito.
—¡NO ME DES LECCIONES, FUGAKU! ¡TÚ NO SABES NADA! —escupió Obito, resistiéndose.
Los golpes eran secos, furiosos. El sonido de carne chocando contra carne llenaba el cuarto. Mi madre apareció en la puerta, pero no hizo nada para detenerlo, solo gritaba:
—¡Basta ya! ¡Van a despertar a todo el clan!
—¡MÁS VALE QUE HAYAN DESPERTADO TODOS! —rugió papá, hundiendo el puño en el rostro de Obito—. ¡PORQUE ESTE ASUNTO SE TERMINA HOY!
Yo lloraba, con las manos tapándome los oídos, pero aun así podía escuchar cada golpe, cada palabra. El mundo parecía desmoronarse frente a mí.
Obito, sangrando por la nariz, se rió de manera torcida.
—¿De verdad crees que puedes protegerlo, hermano? —escupió—. Tú ni siquiera sabes lo que tienes viviendo bajo tu techo.
Las palabras me helaron la sangre. Papá lo volvió a golpear, esta vez con tanta fuerza que Obito cayó al piso.
—¡Fuera de esta casa! —gruñó mi padre, con la respiración entrecortada—. Si vuelves a acercarte a mi hijo, te juro por el clan que no saldrás vivo.
Obito lo miró desde el suelo, con una sonrisa torcida y los ojos brillando de odio. Luego se levantó lentamente y salió tambaleándose, sin dejar de clavar sus ojos en mí.
La puerta se cerró tras él, pero la tensión no desapareció.
Fugaku respiraba con furia, los puños aún cerrados, mientras mamá lo miraba con desprecio.
Yo seguía en la cama, temblando.
Y esa noche, aunque mi padre me defendió, el miedo ya estaba marcado en mis huesos.
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mentiras a la luz
Fiksi Penggemarver unos archivos por accidente cambiará por completo su vida, nada volverá hacer como antes
