cap 35

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La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por la lámpara baja que había dejado encendida. Yo estaba sentado en la cama, con las piernas recogidas contra el pecho y la bata del hospital todavía colgando floja sobre mis hombros. No quería cambiarme. El olor a desinfectante era lo único que me separaba, aunque fuera un poco, de todo lo demás. Que apestaba a óbito

Escuché la puerta abrirse despacio. El crujido de la madera me hizo tensar los músculos. Por un momento creí que sería el. Pero fue la voz grave de mi padre la que llenó el cuarto.

—Itachi.

No me moví. No quería mirarlo. Había visto suficiente de su rabia en el hospital, y no sabía si tenía fuerzas para más. Sentí el peso de sus pasos acercarse y luego la cama se hundió a mi lado.

Hubo un silencio largo, incómodo. Mi respiración era lo único que se escuchaba. Al fin, su voz salió baja, casi ronca.
—Perdóname.

Levanté los ojos con cuidado. Mi padre rara vez pedía disculpas. De hecho, no recordaba una sola vez en que lo hubiera hecho. Su mirada estaba fija en el suelo, no en mí. Sus puños descansaban sobre sus rodillas, tensos.

—Perdóname —repitió, esta vez mirándome—. No fui un buen alfa para ti. No te cuidé como debía, no te protegí. Te dejé solo cuando más necesitabas que estuviera.

Me dolió escucharlo. Quise decirle que ya era tarde, que nada borraría lo que me habían hecho, que nada borraría lo que llevaba ahora dentro de mí. Pero mi voz salió en un susurro distinto, débil, tembloroso:
—¿Me dejarán quedarme con mi bebé?

Vi cómo su rostro se quebraba un instante, aunque intentó disimularlo con firmeza. Guardó silencio unos segundos demasiado largos.
—Itachi… eres muy pequeño todavía —murmuró, con un tono que quería ser firme, pero que sonaba más a ruego—. No deberías cargar con algo así ahora.

Mi pecho se apretó. El miedo me invadió de golpe, más fuerte que en el hospital, más fuerte que los reproches de mi madre.
—¿Van a quitármelo? —pregunté, y mi voz salió como un gemido ahogado—. ¿Me lo van a arrancar también?

Él cerró los ojos con fuerza, como si esas palabras le atravesaran. Me miró entonces, por fin, directo a los ojos. Y ahí no vi rabia, no vi vergüenza: vi dolor.

—Haré todo lo posible para que no los separen —prometió, su voz grave pero firme, casi un juramento—. No dejaré que te lo arrebaten. Te lo juro, Itachi.

Sentí un nudo en la garganta. Quise creerle, aunque una parte de mí gritaba que las promesas se rompían tan fácil como el cristal. Pero aun así, me aferré a esas palabras como a un salvavidas en medio del mar.

No respondí. Solo incliné la frente contra mis rodillas y cerré los ojos, mientras el silencio volvía a llenarlo todo. Mi padre no dijo nada más, pero su mano se posó, torpe y pesada, sobre mi hombro. No era un abrazo. No era consuelo. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me sentí del todo solo.
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Estaba sentado en la cama, con la manta hasta la barbilla, cuando la puerta se abrió de golpe. El aire frío se coló junto con ella. Era mi madre.

—Itachi —dijo seca, como si pronunciara un veredicto y no un nombre—. Vengo a dejarte las cosas claras.

Se acercó un paso, y en sus ojos brillaba esa dureza que nunca me dejaba respirar.
—Tu hijo no se quedará aquí. En cuanto nazca será entregado a un orfanato. Nadie en esta casa se hará cargo de él.

Sentí que el estómago se me encogía. Apreté las manos contra la manta, buscando fuerzas.
—No —murmuré, apenas un hilo de voz—. No, eso no es verdad.

—Lo es —continuó ella, implacable—. Yo también estoy embarazada y ese niño tampoco se quedará. No pienso cargar con dos vergüenzas bajo este techo. Apenas nazcan irán a un maldito orfanato y tú no armaras un escandolo, entendido

Las palabras me desgarraban, pero saqué la voz de donde no tenía.
—Mi padre me prometió… —tragué saliva, el nudo en la garganta me ahogaba—. Me prometió que yo podría quedarme con mi bebé.

El silencio se quebró con un portazo. La puerta volvió a abrirse y allí estaba él, mi padre. Fugaku. Su mirada era oscura, profunda, fija en Mikoto.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó, con la voz baja, pero cargada de furia.

Mikoto no retrocedió ni un paso.
—Estoy diciendo lo que es necesario. Si dejamos que ese niño crezca aquí, todos señalarán al clan. Se reirán de ti, Fugaku. “El hijo del jefe del clan, preñado como una cualquiera”. ¿Quieres cargar con eso? ¿Quieres que el apellido Uchiha quede manchado para siempre?

Él frunció el ceño, y pude verlo titubear. Mis manos temblaron más fuerte.
—¡No! —exclamé, con la voz quebrada—. Tú me lo prometiste. Dijiste que no me separarían de él.

Mi padre cerró los ojos un segundo, como si mis palabras fueran un peso imposible de sostener. Cuando los abrió, ya no había rabia en ellos, sino duda.
—Itachi… eres demasiado joven. Quizás… quizás tu madre tenga razón. Tal vez lo mejor sea darlo en adopción y…

—¡No! —lo interrumpí, la desesperación arrancando cada sílaba—. ¡Es mío! ¡No lo dejaré!

El cuarto se llenó de mi voz, algo que nunca pasaba. Mi madre me observaba con fría satisfacción, como si mi grito probara su punto. Fugaku, en cambio, se quedó inmóvil, apretando los puños.

—Eres mi padre —le escupí con lágrimas que ardían en mis ojos—. Dijiste que me protegerías. Dijiste que no me lo quitarían. ¿También vas a abandonarme ahora?

Vi cómo esas palabras lo atravesaban. Papá me miró como nunca antes, con dolor, con culpa. Se llevó una mano al rostro, respirando hondo, y luego habló con voz grave, rota:
—Haré lo posible… —me aseguró, como un juramento que le quemaba la boca—. Haré lo posible para que no los separen. No lo prometo todo, pero… lo intentaré.

No era la certeza que yo quería. No era la promesa firme que me había dado antes. Era la duda hecha palabra, y aun así, me aferré a ella como a un hilo frágil, porque era lo único que me quedaba.

Mikoto lo miró con rabia helada, pero no dijo nada más. Salió de la habitación con paso firme, dejando atrás un silencio que pesaba como hierro.

Me quedé allí, temblando, con mi padre sentado a mi lado, dividido entre el deber y mi llanto.
Y entendí algo cruel: incluso sus promesas dependían del miedo al qué dirán.

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