Furia - 4

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Cale llegó a la guarida. Aún se le asomaban la cola y los cuernos por encima del cuerpo, pero su porte era notablemente más sereno; en su mano derecha sostenía el cuerpo sin vida de la reina sirena.

-Viejo, apartate -dijo con voz firme, aunque un leve temblor revelaba la inquietud que lo carcomía.

Sus ojos se posaron inmediatamente sobre Ron, tendido en el lecho. Las cicatrices que recorrían su piel se extendían como telarañas negras, y Cale no pudo evitar fruncir el ceño. El miedo le apretaba el pecho: miedo de haber llegado demasiado tarde, miedo de que el cuerpo de la sirena no fuera suficiente, miedo de perderlo. Ron era como un padre para él, y la sola idea de quedarse sin él le llenaba los ojos de lágrimas que luchaba por retener.

No soy un niño, se repitió para sí mismo, aferrándose a ese pensamiento para no desmoronarse.

-Tsk -Eruhaben chasqueó la lengua. Había percibido la angustia oculta en el joven, y no era el único: los lobos, conocidos por ser los protectores más leales de la familia, se agitaban con nerviosismo, e incluso los humanos mostraban señales de inquietud.

-Yo me encargo -dijo entonces el anciano-. Solo busca una poción del más alto grado.

Sin perder un segundo, Cale salió disparado hacia la mansión, seguido muy de cerca por Raon.

-¿Tienes pociones, Dragón Rojo? -preguntó el niño.

Cale no respondió en voz alta, pero en su mente ya repasaba los rincones del edificio: sabía que había guardado algunas en una de las habitaciones. Aunque la mansión contaba con decenas de estancias, solo tres estaban ocupadas además de la suya, en el quinto piso: las de Ron, Beacrox y Choi Han. Había ofrecido el resto a los lobos, pero todos habían rechazado la oferta, diciendo que se sentían más cómodos en su propia guarida.

Tras unos minutos de búsqueda frenética, encontró lo que buscaba: diez frascos. Los tomó todos de un solo movimiento y salió corriendo de vuelta hacia donde esperaban. Al llegar, vio que Eruhaben ya vertía la sangre de sirena sobre las heridas de Ron; el anciano tenía el ceño fruncido, y el propio Ron hacía muecas de dolor. Sin dudarlo ni un instante, Cale destapó los frascos uno tras otro y derramó su contenido sobre las llagas, igual que había hecho con la sangre. Eruhaben lo miró por un instante y luego soltó un suspiro, como si aprobara su prisa.

Pasaron unos minutos más, y poco a poco el rostro de Ron recuperó su color. Finalmente, abrió los ojos, y Beacrox lo ayudó a incorporarse. Al verlo sentado, Cale no pudo evitar soltar una queja cargada de reproche.

-¿Por qué te has levantado? -le preguntó, mirándolo como si hubiera cometido una locura imperdonable.

Ron soltó una risita ronca.

-Joven maestro, a este Ron no le gusta quedarse echado sin hacer nada.

Al escuchar esa respuesta tan suya, una sonrisa se abrió paso en los labios de Cale. Verlo tan igual a siempre le quitó un peso enorme de encima. A su lado, Eruhaben observaba la escena con evidente curiosidad.

-En mis casi mil años de existencia -dijo entonces-, nunca esperé ver a un dragón tan feliz por algo tan insignificante.

Cale se giró de golpe para rebatirle, pero se quedó helado en medio del movimiento. Miró a Eruhaben y comprendió al instante: el anciano había dejado salir una pequeña parte de su aura de dragón.

Vio de reojo cómo los lobos agachaban la cabeza por instinto y retrocedían con paso torpe. Incluso Ron, que apenas había logrado sentarse, tragó saliva con dificultad. Choi Han aferró con fuerza el puño de su espada, sin darse cuenta, pues sus instintos le gritaban que estaba ante un peligro mortal; hacía mucho tiempo que no sentía algo así, y lo dejó descolocado. Beacrox apretó más el agarre sobre su padre, mientras Rosalyn, que estaba junto a ellos, empuñaba con firmeza su varita y retrocedía lentamente, sin atreverse a quitarle la vista de encima al anciano.

Cale frunció el ceño y dejó brotar su aura dominante con toda su fuerza; la presión fue tan repentina que Eruhaben abrió los ojos de par en par, llenos de sorpresa y una incredulidad absoluta.

-Traidor -escupió el anciano dragón.

Cale dio un respingo involuntario. Su cola, que hasta hace instantes descansaba sobre el lecho, se elevó de golpe y comenzó a agitarse con inquietud.

-Vete a la mierda -respondió con sorna cortante.

Todos se quedaron helados, incluso Ron. Cale no solía usar ese tipo de lenguaje, pero ahora se notaba que estaba al límite de su resistencia emocional. Sus pupilas, estrechas como rendijas tan afiladas como agujas, brillaban con un resplandor cristalino, como si las lágrimas estuvieran a punto de desbordarse.

No entendía cómo todo había derivado en esto. Primero había estado paralizado por el miedo de perder a Ron; ahora hervía de rabia y frustración porque un dragón adulto lo tachaba de traidor. Esa palabra... solo la había escuchado salir de la boca de ese maldito bastardo. Levantó la vista hacia Rosalyn, que desvió la mirada al encontrarse con la suya, y luego se miró a sí mismo. Sabía que no era humano, y debía tener un aspecto terrible en ese momento. ¿Acaso era como dijo su Hyunim? ¿Un monstruo? ¿Una quimera?

Ante su reacción, todos tensaron los músculos en señal de alerta: los lobos soltaron gruñidos cargados de advertencia, los dos gatitos siseaban con el pelo erizado y Choi Han tenía la mano aferrada al puño de su espada, a punto de desenvainarla.

-¡Viejo! -gritó Raon-. ¡¿Qué le estas diciendo al débil dragón rojo?! ¡Déjalo en paz!

Eruhaben se quedó mudo unos segundos.

-¿Débil... dragón... rojo...? -repitió con total incredulidad.

-¿Acaso no ve lo mal que se ha puesto por su culpa? -replicó el niño alado.

-Ah... -Eruhaben dejó escapar un largo suspiro de resignación-. En efecto... es un dragón.

-Exacto -insistió Raon-. Así que no lo llame traidor, viejo dragón.

El anciano observó entonces cómo el semblante de Cale se relajaba un poco, aunque el movimiento inquieto de su cola delataba que seguía muy alterado.

-Mmm... supongo que tenemos mucho de qué hablar -murmuró eruhaben.

los ojos de cale se posaron de nuevo en Rosalyn, que volvió a bajar la mirada incapaz de sostenerle la vista.

-Bien. Vamos a mi habitación. Ron, Beacrox, Choi Han... ustedes también vengan.

Mientras hablaba, envió un mensaje mental al líder de los lobos: Que la maga escuche la versión resumida.

Chasqueó los dedos y trasladó a todos hasta su estancia en el quinto piso. Se dirigió a uno de los sillones e hizo una seña a Beacrox para que acomodara a Ron en la cama; aunque este intentó protestar, terminó obedeciendo las órdenes de Cale. Choi Han tomó posición junto a la puerta como guardia, Beacrox se quedó de pie al lado de su padre y Raon se acomodó cómodamente en el regazo de Cale.

-Señor dragón, por favor, tome asiento -dijo Cale, señalando el sillón situado frente al suyo.

-Niño, mi nombre es Eruhaben -corrigió el anciano.

-De acuerdo... Eruhaben-nim.

Eruhaben percibió al instante el cambio: el tono y la postura del joven se habían vuelto impecables, propios de un noble de cuna, y no sabía por qué, pero esa actitud le provocó un presentimiento inquietante.

-Ah... -Cale soltó un suspiro pesado. Sería la primera vez que contaba todo con tanta claridad y precisión. Vio al anciano tomar asiento, apartó suavemente a Raon a un lado y se puso de pie.

-Es un placer conocerte -dijo con una leve inclinación-. Me llamo Cale Henituse, pertenezco a la familia Henituse, una casa noble del noroeste del Reino de Roan.

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⏰ Última actualización: Jul 09 ⏰

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