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— Jungkook — dijo pero la llamada ya había sido finalizada. Jimin lanzó el celular al asiento del pasajero y miró hacia el frente sin saber qué hacer. — Mierda…

Pasó un tiempo indeterminado dentro del auto, escuchando el maldito sonido del mar, mientras su mente estaba llena de ideas sobre huir hacia otro lugar.

Mierda. Era todo lo que se repetía a sí mismo. Que mierda.

Por Dios, nunca debió haber conocido a Jungkook, nunca debió dejar que lo tocara, nunca debió seguir con eso.
Su miedo de perderlo era tan bobo… Porque lo perdería de todas formas.

Volvió a casa sin ánimos, subió directamente a su cuarto. Sin ducharse o siquiera cambiarse de ropa, se tiró a la cama y se escondió debajo del cobertor. Y lloró, como un maldito niño.

Lloró porque no sabía qué hacer, lloró por la idea de nunca más tener a Jungkook, lloró porque aunque aceptara, tal vez sería más complicado que el dolor que estaba sintiendo en ese preciso momento.

La noche siguió lenta y monótona. Jungkook bebió más y, cuando creyó que vomitaría, descubrió que aguantaba otra dosis.

Y la bebió.

No era un borracho, por eso, tenía baja tolerancia al alcohol. Aun así, guiado por la incomodidad en la boca de su estómago que lo hacía recordar a Jimin, siguió bebiendo en exceso.

Al final de la noche, se dirigió a la puerta del bar, parado en la calle como un tipo derrotado sin futuro, con las piernas estiradas en el suelo y la cabeza apoyada en la pared mientras mantenía los ojos cerrados y la respiración irregular por el llanto reciente.

Se sintió como en un cliché ambulante: enfrentándose a un maldito corazón partido como una especie de estúpido adolescente, y no como un adulto con estudios y con una reputación que cuidar.

La verdad era que tenía un problema emocional inestable; no solía gustarle enamorarse con facilidad, pero cuando sucedía… Ah, no sabía controlarse, porque venía como una bola de nieve que generaba una gran avalancha.

Y así fue con Jimin.

Lo buscaba porque necesitaba algo.

Necesitaba un toque. Necesitaba sexo. Sin cosas efímeras, necesitaba sexo bueno. Cuando su amigo le dijo que Jimin era bonito, que parecía ser feroz en la cama y que también tenía una reputación que cuidar, Jungkook supo que era una buena idea hundirse en eso. Su última relación lo dejó con tantas cicatrices emocionales que constantemente se encontraba huyendo de cualquier posibilidad de enamorarse.

Nunca dejó que su sexualidad se notara, pero tampoco hizo el intento de esconderla. La pregunta nunca venía de forma directa, porque Jungkook no seguía el patrón establecido para los hombres gays. No era extravagante — en realidad, era muy discreto — y siempre se vestía de esa forma tan “hétero”.

Y si alguna persona, por alguna razón, le preguntara, probablemente tendría que negarlo porque tenía una reputación que cuidar y cargaba en su espalda todo el peso de una compañía de cinco generaciones de abogados.

Pero Jimin apareció. En el primer encuentro en ese motel, Park fue tan sumiso, tan obediente, hasta un poco miedoso. Por aquella razón, Jungkook tuvo que darle mucho. Le dio todos los orgasmos que pudiera tener; lo marcó con sus labios, con su lengua, con sus dientes, con sus manos. Lo tomó con avidez. Le dio un buen motivo para volver quince días después.

Y volvió.

Y después también.

Y, en seguida, otra vez.

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⏰ Última actualización: Aug 06 ⏰

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