Capítulo 33.

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I

Los ojos de Ayleen están fijos en la ventana, aunque en realidad no ven nada. Hace un día estúpidamente soleado, sin una sola nube que impida ver el cielo, como recordándole que el mundo sigue, ignorando el dolor ajeno.

Cada vez que suena el teléfono, cada vez que tocan a su puerta, Ayleen piensa que será él. Que ha vuelto. Que nunca se ha ido. Y cada una de las veces, cuando no es su voz la que escucha al otro lado del teléfono, cuando no son sus ojos negros los que encuentra al abrir la puerta, cada vez la realidad la invade de nuevo, la golpea, se la lleva a un lugar donde se asfixia, y no puede respirar, y siente una presión en la garganta que le impide incluso llorar. Después, después entra en un estado de inconsciencia en que sólo está a medias, en que no siente ni escucha nada, hasta que el final, cuando cierra los ojos, esa fuerza que la ahoga libera un poco la presión, pero sólo lo suficiente para que por fin pueda llorar, llorar hasta que se queda sin lágrimas y todo el ciclo empieza de nuevo. Y así desde hace dos interminables e insufribles días. Quiere gritar, pero no tiene ni voz ni fuerzas para hacerlo. Quiere volver atrás, a cuando estaba tumbada a su lado, sintiendo el latido del corazón de Derek bajo su mano, a cuando le dijo que le quería, para desdecirlo. Si no lo hubiera dicho, no se habrían peleado. Si se hubiera callado, si tan sólo hubiera dejado las cosas como estaban, si no le hubiera pedido que se fuera... Derek estaría vivo. Y es culpa suya, es culpa suya, no deja de repetirse que es culpa suya. "Bien" fue lo último que se dijeron el uno al otro. Una pelea fue la última conversación que tuvieron. La última. No habrá otra. Se acabó.

El proceso empieza una vez más. Comienza a faltarle el aire, y Ayleen lucha por respirar, pero no puede, se ahoga. Connor le acaricia el pelo y le susurra palabras que ella no llega a entender. Se balancea hacia delante y detrás entre los brazos de su amigo. Quiere a Derek. Le quiere. Y ahora no sólo sabe que él no llegó a sentir eso por ella, sino que nunca lo sentirá, que ya no hay un nosotros por el que luchar. Que ya no hay nada, nada.


II

Durante la cena, la residencia está sumida en un mutismo más que inusual. Seguramente Derek no les cayera bien a todos, pero por empatía, por respeto, o por contagio, nadie habla. Sin embargo, la mesa de Ayleen y Natasha está especialmente silenciosa. De toda la gente de la residencia, la una es la que mejor puede entender a la otra, y por una vez Connor, Hugo, Hayley y Marcus comparten mesa con Natasha, Axel y Spike. Axel mira a Natasha y le repite una vez más que tiene que comer algo, un poco, pero ella niega con la cabeza. Lleva dos días en los que baja a cada comida porque Axel la saca de su cuarto y la lleva gentilmente de la mano, porque se deja llevar como una muñeca que ha perdido la vida y lo único que consigue es mantenerse en pie. Pero no come, por mucho que Axel se lo pida.

-Natasha... -están en la puerta del dormitorio de ella.

La joven gira levemente la cabeza, como si no estuviera segura de que le están hablando a ella.

-Tienes que cuidarte, no puedes...

-¿Para qué, eh? -su voz suena angustiada- ¿Para qué? Me he quedado sola, sola...

-Eso no es verdad.

-¿Qué más da? Por mucho que me lo repitas no voy a comer, no puedo, es que no puedo. Y si eras su amigo, deberías estar sufriendo por él antes que vigilando lo que hago y lo que no.

Axel aprieta los dientes. Sabe que está desesperada, frustrada, cansada, que tiene una situación a sus espaldas que poca gente es capaz de soportar, y que está luchando por salir adelante. Pero su lucha es como intentar sacar los pies del barro, cada vez que lo intenta acaba más y más hundida.

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