Capítulo 2.

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I

Ayleen y sus padres terminan de ordenar todo el equipaje en la habitación. Con el armario lleno de ropa y las repisas plagadas de libros, es momento de despedirse. Ellos tienen que volver a Aurora, su ciudad, que está lo suficientemente lejos de Chicago como para que Ayleen tuviera que buscar un lugar en que vivir allí en la ciudad. Entre lágrimas, se dicen adiós. Sus padres se marchan y ella se queda en la habitación, sintiéndola vacía, triste, sola. Está segura de que la vida que va a comenzar ahora, de universitaria, será increíble. Todos dicen que es la mejor época de la vida y ella está convencida de que será así. Pero echará de menos a sus padres, sobre todo al principio.

Se sienta en la silla de su nuevo escritorio, dejando que las lágrimas de desconsuelo corran por sus mejillas. Cuando su respiración empieza a ser normal de nuevo y consigue dejar de llorar, va a lavarse la cara. Ese lavabo es algo más bajo que el de su casa, y le resulta ligeramente incómodo.

“No importa”, se dice para sí, “lo pasarás bien”.

 Entonces recuerda a Connor, ese agradable chico que iba a enseñarle la residencia. Le vendrá bien tener algo que hacer y empezar a conocer gente, de modo que tras echarse máscara en las pestañas para disimular la hinchazón de sus ojos sale de la habitación. Sigue desorientada pero al menos sabe encontrar el ascensor.

 Ayleen se fija en que los chicos de la habitación de los sillones ya no están allí, y no sabe por qué pero se siente alivida. Se acerca al mostrador de recepción y allí encuentra a Connor, charlando animadamente con Phil, el conserje. El joven le dice algo al adulto y se acerca a Ayleen con jovialidad. Ayleen no sabría decir si es verdaderamente tan guapo como se lo parece a ella, pero sin duda su sonrisa le favorece mucho.

 -¿Ya se han ido tus padres? –pregunta él.

-Sí –Ayleen nota que sus hombros están decaídos e intenta ponerse recta, para evitar que se note su pesar.

-No te preocupes, aquí estarás bien –se pasa una mano por la barbilla-. Antes de que se me olvide, mi habitación es la 211. Por si necesitas algo.

-Vale –ella también sonríe tímidamente-. Espera un momento.

 Ayleen se acerca a Phil y le entrega el papel, en que informa de que la habitación no parece tener desperfectos. Vuelve junto a Connor y se da cuenta de que el joven la mira de arriba a abajo mientras camina hacia él. Ayleen no dice nada, sino que oculta una risa divertida.

 -Ya estoy –respira hondo y mira directamente a los ojos azules de Connor.

-Ven, te enseñaré dónde está el comedor.

 Los dos caminan juntos hacia donde el joven se dirige.

 -¿Cuántos años tienes? –pregunta Ayleen, girando un poco la cara para poder mirarle.

-Diecinueve –toman el ala derecha de un pasillo-. Tú supongo que dieciocho, ¿no?

-En realidad diecisiete –la muchacha juega con una de sus pulseras, dándole vueltas en su muñeca-. Cumplo dieciocho en diciembre.

-Vaya, eres de las pequeñas de tu generación –comenta Connor.

Al llegar al gran comedor, Connor le explica el horario de comidas y dónde está cada cosa. Ahora mismo está vacío, pero en pocas horas se llenará de comida y estudiantes para la cena. Después la lleva a la cafetería, las salas de estudio, las pistas deportivas y la piscina.

 -¿La gente realmente se baña? –pregunta Ayleen, sentándose en una de las tumbonas.

Connor se sienta en la tumbona de al lado, de manera que quedan de frente. El sol reluce en el cielo y se refleja en la piel del chico. Ayleen no se había dado cuenta, pero ahora ve que tiene unas pocas pecas en la nariz. No le hacen menos atractivo, al contrario, le dan un toque juvenil que le favorece.

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