13. Miguel.

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Eran la una y cuarto de la madrugada cuando recibí un llamado de Rubén.

— ¿Rubén?—contesté, me había quedado dormido mientras miraba nuestro primer encuentro. Era un completo idiota—. Ya te dije, no me vuelvas a llamar...

—Miguel, mi lindo y dulce, Miguel—dijo mientras reía.

— ¿Qué?

—Sé que me dijiste que no llamara, pero te necesito—suspiro.

¿Cómo se atrevía a decirme eso? ¿Cómo se atrevía a llamar? Me había roto el corazón y ahora, ¿me necesitaba?

—Joder, no queda más whisky—dijo y empezó a reírse de nuevo.

—Espera... ¿estás ebrio?

—Supongo. No lo sé. Dios, Miguel... ¿cómo pude ser tan idiota?

—Rubén, estás ebrio. No quiero escuchar nada de lo que tengas que decir...

—Mangel, voy a matarme.

Me senté rápidamente en la cama y empecé a ponerme las zapatillas.

—No lo harás. Joder, Rubén, si esta era una forma de llamar mi atención...

— ¿Qué sentido tiene vivir sin ti?—dijo y podía sentir como mi corazón se aceleraba. Odiaba que aún me provocara eso—. Solo... solo quiero a mi mejor amigo de nuevo. Te quiero de vuelta. Quiero que vuelvas a ser mío.

—Rubén... nunca fui tuyo—dije y me mordí el labio. Esto no estaba bien, esto no podía estar bien. Agarré mi abrigo y salí del departamento de Cheeto—. No dejes de hablarme, ¿ok? Estoy yendo a tu casa.

— ¿Para qué?

—Para que no cometas ninguna estupidez, Rubén, para eso.

Empecé a caminar más rápido, casi estaba corriendo por aquellas calles de Madrid que ya se me eran tan conocidas.

— ¿Sigues ahí?—pregunté mientras agarraba el teléfono con más fuerza. Si algo llegara a pasarle, si algo...

—Sí. Solo pensaba.

—Bien, estoy llegando. Sigo teniendo la llave—admití.

—Lo sé. Lo sé, Mangel...

Tomé el elevador y cuando llegué al piso de Rubén, corté y me dispuse a abrir su departamento. No había estado ahí desde que me había ido. Aún lo sentía tan... doloroso.

— ¿Rubén?—grité.

—En la habitación—escuché su voz. Esta vez más nítida. Más cerca. Cerré los ojos y me concentré en no dejar que mis pensamientos me volvieran loco. Solo había venido asegurarme que no le pasaría nada.

Lo vi acostado en su cama, abrazando la almohada que le había regalado y había una botella vacía de whisky. Se veía como un niño perdido. Tenía los ojos cerrados pero podía notar las ojeras que se le había formado.

—Hey—lo saludé mientras me sentaba en la cama—. Joder, estas hecho un desastre...

—Soy un desastre sin ti—dijo mientras se incorporaba en la cama—. Por eso no puedes dejarme, ¿no ves que así va a ser mi futuro sin ti, a mi lado? Un perdedor, un completo estúpido...

—Estás ebrio. No sabes lo que dices.

—Te quiero, Mangel—me sorprendió que lo dijera—. Nunca quise hacerte daño. A ti... no. Sé que vas a estar mejor sin mí, sé que... se que vas a poder olvidarme, pero yo... yo viviré todos los días pensando en cómo fui tan estúpido por dejarte ir... por perder a mi único mejor amigo.

No podía decirme esto. No podía. Estaba ebrio, joder. Aunque decían que los ebrios decían la verdad... yo necesitaba que lo dijera mientras estuviera consciente.

Antes de que pudiera reaccionar, Rubén se movió rápido, puso sus manos en mis hombros y antes de que pudiera alejarlo, me beso en los labios. Su boca sabía a puro whisky. Duro unos segundos antes de alejarme. No podía besarlo así.

—Acuéstate—dije mientras le empujaba suavemente en la cama.

—No, tú te vas a ir...

—Rubén...

—Quiero que te quedes. Quiero que me abraces hasta que me duerma. Quiero... quiero que estés conmigo toda la noche.

Aunque yo también quería eso, lo había querido toda mi vida, pero no podía hacerlo.

—No me voy a ir—mentí—. Solo necesito ir al baño. Tú... recuéstate.

— ¿Me lo prometes?—sus ojos verdes me miraron y solo pude asentir.

Cuando salí de la habitación, cerré la puerta y marqué el número de Alex.

—Joder, ¿sabes qué hora es?—dijo mientras gruñía—. Algunos duermen.

—No me importa—dije mientras me mordía el labio—. Necesito que vengas al departamento de Rubén. Ahora.

Antes de que contestara o de que me pregunte qué hacía ahí, le corté.

Cuando entré de nuevo a la habitación de Rubén, se había quedado dormido. Era como un niño pequeño. Estaba tan tranquilo.

Me senté en la cama mientras lo observaba.

Realmente no sabía que iba hacer... necesitaba alejarme de él, necesitaba poder seguir adelante... pero aún así, lo seguía amando. Sabía que no podía alejarme de él toda la vida, era mi mejor amigo... pero por lo menos lo intentaría por un tiempo.

Cuando Alex me mandó un mensaje de que había llegado, le fui a abrir.

— ¿Qué está pasando?—dijo mientras se restregaba los ojos.

—Necesito que te quedes con Rubén, está muy ebrio...

— ¿En serio?

—Me llamó diciendo que se iba a suicidar, Alex. Es muy serio. ¿Puedes hacerlo por mí, joder? No tengo que estar cuando despierte. No le digas que me llamó. Probablemente no recuerde nada.

— ¿Paso algo más?—me miro preocupado.

Pensé en contarle lo del beso pero simplemente negué con la cabeza. Por ahora, ese sería mi secreto.

—No, solo... hazlo. Quédate con él.

Alex aceptó.

Mientras yo me volvía al departamento de Cheeto, me preguntaba cuanto tiempo podía continuar alejándolo a él.

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