Para cuando cumplí los trece años era una bomba hormonal, Dios, estaba como loco. Para colmo todas las chicas de nuestro curso comenzaban a desarrollarse, al igual que ella. Se hacía difícil estar todo el día junto a una chica cuyos pechos comenzaban a formarse mientras que no podía evitar que cierta parte de mi cuerpo reaccionara por cuenta propia.
Hacia malabares para que ella no lo notara, me moría de la vergüenza. No por lo que me pasaba en sí, es decir, era algo natural, pero que ella lo notara me daba mucho pudor. Yo no sé si ella se daba cuenta o simplemente se hacia la tonta. En más de una ocasión la vi sonrojarse o soltar alguna risita tonta mientras yo intentaba inútilmente ocultar la carpa en mis pantalones.
Pero lo peor del caso es que la mayoría de nuestros amigos y compañeros estaban en la misma situación que yo y eso significaba que Anabelle era objeto de deseo de más de uno. Eso me ponía como loco, los celos tomaban una dimensión poco saludable ya que eran incontrolables, pero debía disimularlos lo mejor posible. Ella era mi amiga, no tenía derecho a decidir sobre su vida. Pero si podía cuidarla.
Una tarde estábamos los dos solos en su cuarto, ya habíamos hecho la tarea y estábamos bastante agotados como para hacer algo más. Nos tiramos en su cama mirando el techo mientras charlábamos de banalidades. Los temas de conversación con ella nunca se acababan. En un momento me dijo algo que me molesto y comencé a hacerle cosquillas en venganza.
Ella no paraba de reír y su risa me contagiaba. De alguna forma ella termino sobre mí, sentada a horcajadas sobre mis piernas. No era la primera vez que estábamos en una situación similar, pero esta vez fue distinto, porque inevitablemente mi amigo despertó.
Ella paro de reír de golpe al notar el bulto debajo de ella, sus cachetes se pusieron de un rojo fuego y yo me paralice. Nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos, Dios, no daba más de los nervios y no dejaba de maldecir internamente por la situación. Pero ante mi gran asombro, ella bajo su mano hasta mi entrepierna haciendo que mi respiración se cortara de golpe.
—No lo hagas...—susurre.
—Me da curiosidad —dijo en voz baja, la vergüenza teñía todo su rostro—. Quiero ver como es.
—An yo...
Tome una profunda bocanada de aire, como le explicaba lo que ella podía provocar en mí.
—Si queres yo también te muestro...
Susurro mientras quitaba la mano de mi entrepierna para llevarlas al borde de su remera. Antes de que lograra levantarla la detuve con mis manos mientras sentía como mi corazón comenzaba a latir fuera de control. No podía creer que ella me estuviera proponiendo esto. Estaba confundido, no sabía qué hacer. Por un lado, me moría por verla, por tocarla, por besarla. Pero era Anabelle, mi Ana, mi amiga. Me aterraba hacer algo incorrecto, lastimarla o no poder controlarme y que la situación se me fuera de las manos.
—¿Qué pasa? ¿Tan fea te parezco?
Sus palabras me sacaron de mis cavilaciones ¿Cómo podía pesar eso? Al tardar unos segundos en contestar ella tomo mi silencio como afirmación e intento salirse de encima de mí. Yo la detuve poniendo mis manos en su cintura, la aferré suavemente mientras me incorporaba para quedar sentado yo también.
Ahora estábamos peligrosamente cerca, nuestras respiraciones eran superficiales.
—An, sos hermosa, jamás vuelvas a decir algo así.
—¿Entonces porque me detuviste?
—Porque...—Suspire—. No quiero que te expongas de esa forma, ni siquiera ante mi.
—A mí no me importa.
—Debería.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? Todas lo hacen. Por ejemplo, el otro día escuche que Laura y Sofía se estuvieron besando con Nicolás en la fiesta del sábado y dejaron que las tocara.
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Lo juro
RomanceGermán y Anabelle han sido amigos toda la vida y sí, se aman, pero ambos temen que ese amor los destruya y los separe para siempre. Llevan años jugando con fuego, jurándose que nada va a destruir su amistad, pero sus caminos están a punto de separas...
