—Lo siento, milord, pero una carreta ha volcado en medio de la calle. Necesitarán como mínimo diez minutos para despejar la vía.
Natsu sacó el reloj de su bolsillo y consultó la hora.
—Me parece que llegaremos un poco tarde —remarcó su amigo Sting Eucliffe desde el asiento opuesto en el carruaje.
—Sí, y todo gracias a ti y a tu vanidad. —Natsu guardó el reloj en el bolsillo del chaleco—. Tendría que haber dejado que alquilaras un carruaje en lugar de esperar a que decidieras qué chaleco querías ponerte. ¿Y cuántas corbatas te has probado antes de anudarte la que ahora luces? ¿Diez? ¿Quince?
—Probablemente veinte —respondió Eucliffe con impasibilidad. Se humedeció un dedo y se lo pasó por encima de un mechón de pelo rubio rebelde que se había apartado de su sitio—. ¿De qué sirve tener mucho dinero si no te lo puedes gastar en corbatas?
—Deberías habértelo gastado en reparar tu maldito carruaje, y de ese modo yo no habría tenido que pasar tanto rato esperándote.
—Relájate, viejo amigo. ¿Desde cuándo te preocupa tanto llegar tarde a un baile para buscar pareja? No estarás buscando esposa...
—No, pero Jellal sí. Sólo Dios sabe por qué tiene tanta prisa para casarse, pero le he prometido que lo ayudaré. Se suponía que tenía que llegar a casa de los Merrington antes de que lord Loxar y su hija Juvia se marcharan, y puesto que ya son casi las once, eso es improbable, ¿no te parece?
Jellal Fernández, el vizconde de Saint Clair, era el mejor amigo de Natsu, y prácticamente nunca pedía ningún favor a nadie. A Natsu le dolía fallarle sólo por culpa de la ridícula vanidad de Eucliffe.
—A Jellal no le importará si llegas tarde —adujo Eucliffe—. No está tan desesperado. Si no llegas a tiempo, él simplemente intentará seducirla en el próximo baile.
—No importa. Dije que estaría allí, y pienso cumplir mi palabra. Siempre cumplo mis promesas.
El carruaje dio una brusca sacudida y el sonido de los cascos de los caballos sobre la calle empedrada llenó el aire. Natsu se relajó unos instantes.
—Pero eso no es lo que te irrita tanto, y lo sabes —replicó Sting mientras se dedicaba a limpiar las motas de polvo de sus guantes con aire ausente—. Lo que no te gusta es que te alteren los planes, ¿o no? Todo tiene que salir a pedir de boca, y si no es así pierdes la paciencia.
—Cualquiera perdería la paciencia con un dandi como tú —espetó Natsu.
Su amigo frunció el ceño.
—Yo no soy un dandi, pero creo que ir bien vestido es la marca de todo caballero. Además, me gusta vestir bien. Ese es tu problema, Dragneel: no sabes relajarte y disfrutar de la vida.
—Sí, ya lo sé, soy un tipo la mar de aburrido, ¿no es cierto?
—Si tú lo dices... —Cuando Natsu le dedicó una mirada de hastío, Eucliffe jugueteó nerviosamente con el nudo de la corbata y luego continuó en un tono terco—: Has de admitir que a veces te comportas como una maldita máquina. Tu vida se consume entre la eficiente gestión de tus fincas y tu participación en el Parlamento. Todo tiene su orden, todo es parte de otro plan.
—Eso no es cierto. —Aunque lo era. A Natsu le gustaba mantener una vida ordenada. Había tenido que soportar tanto desorden de niño que no ansiaba soportar esa clase de vida como adulto. Por consiguiente, era cierto: odiaba cuando las cosas no salían bien simplemente porque un botarate no se comportaba de una forma lógica o precisa.
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My Lord
FanfictionLucy es una chica de la baja aristocracia, hija de un rector que gracias a la culpa de una amiga llega a tener problemas, conociendo así a un Lord que cambiara su vida, pura y sana...
