Epílogo.

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Mi alma es una barca encantada,
Que, cual cisne dormido, flota
Sobre las olas plateadas de tu dulce canción.

PROMETEO LIBERADO PERCY BYSSHE SHELLEY

La gran fiesta de Navidad en la finca de su hermanastra estaba más concurrida de lo que Natsu habría deseado, dada la todavía delicada condición de Lucy. Ella no debería exponerse a tanto caos cuando se estaba recuperando del alumbramiento de su primer retoño que había nacido hacía apenas un mes, pero Lucy insistió en aceptar la invitación, puesto que la casa estaba muy cerca a la de Natsu. ¿Qué podía hacer él sino mostrarse indulgente con su esposa, y más teniendo en cuenta que ser indulgente con sus pocas peticiones era una de las cosas que le provocaba mayor alegría en este mundo?

Natsu se dirigía hacia ella con dos copas de ponche en las manos cuando la vio inmersa en una entretenida conversación con su hermanastra. Mientras se acercaba a ellas, oyó que pronunciaban su nombre. Un impulso malicioso lo empujó a esconderse detrás de una columna cercana y a quedarse muy quieto para poder escuchar sus palabras.

—Natsu no es la misma persona desde que te conoció —decía Meredy—. Antes detestaba esta clase de fiestas, y estoy segura de que nunca antes lo había oído recitar poesía como ha hecho durante la cena. Parece tan relajado y feliz... ¿Qué poción le has dado a mi hermano, Lucy? Tienes que darme la fórmula.

—Oh, estoy segura de que no necesitas recurrir a brebajes mágicos con tu esposo.

—No. Para serte sincera, en determinadas situaciones prefiero que Lyon no se relaje demasiado, ya me entiendes.

—Sí, te entiendo. Y en situaciones similares, puedes estar segura de que Natsu tampoco se relaja en absoluto.

Las dos mujeres se rieron como dos colegialas, y Natsu decidió que había llegado la hora de interrumpir la conversación.

—Me silban los oídos, señoras —soltó con petulancia mientras rodeaba la columna y le entregaba a su esposa la copa con ponche.

Su intervención consiguió arrancarles aún más carcajadas. Aunque Natsu enarcó una ceja, en secreto estaba encantado de que su esposa se mostrara tan satisfecha con los placeres que compartían en el lecho. Qué pena que aún tuvieran que reprimirse una semana más, o al menos eso era lo que les había dicho el médico.

A Natsu una semana le parecía una eternidad. Obsequió a su esposa con una mirada intensa y lasciva, deseando fervientemente que ella no hubiera elegido ese traje de terciopelo escarlata para la ocasión. Cierto, era apropiado para las fastuosas fiestas de Navidad, y a pesar de que aún lo consideraba escandaloso, tenía que admitir que el vestido de su hermanastra no era mucho más modesto.

Pero cada vez que veía a Lucy embutida en ese traje, con su piel traslúcida brillando como una porcelana delicada y sus pechos alzados esplendorosamente — más llenos ahora, puesto que estaba amamantando a su bebé—, se ponía excitadísimo. Ese vestido siempre le recordaba la primera vez que habían hecho el amor, la forma en que ella se le había ofrecido con una inocencia tan poco disimulada.

Natsu tomó un largo sorbo de ponche.

Por todos los demonios, si conseguía sobrevivir los próximos siete días sin abalanzarse sobre ella sería todo un milagro. Podría matarla por lucir ese traje esa noche. No, lo que deseaba hacerle era algo mucho más placentero.

—¿Estás bien, Natsu? —inquirió Lucy, arrugando su frente con preocupación.

—Sí, muy bien. —«Me tienes totalmente ardiendo, querida», se dijo para sí mismo. Intentando alejar de sus pensamientos esa imperiosa necesidad de rasgarle el vestido por la mitad y devorar esos pechos exuberantes y esas dulces curvas, se puso a contemplar la sala—. Veo que Juvia y Gray también están aquí.

My LordDonde viven las historias. Descúbrelo ahora