III (2)

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Más tarde, sin embargo, mientras el carruaje de los Loxar se detenía delante de la vieja mansión ubicada en medio de un puñado de granjas de labriegos y de grandes extensiones de bosque, a Lucy le costó mantener el ánimo. La imponente fachada de piedra y de ladrillo con su miríada de ventanales emanaba un poder extraordinario. El marqués de Loxar ostentaba una enorme influencia en Willow Crossing. Si se proponía arruinarla a ella y a su padre, podía hacerlo con un ligero chasquido de sus dedos tan crueles. Y lamentablemente, ella le había dado motivos para hacerlo.

Un escalofrío barrió su cuerpo. Cuando se bajó del carruaje y entró en el fastuoso vestíbulo vio a lord Loxar en persona, de pie, esperándola; el escalofrío se convirtió en un temblor de alarma. Debía de pasar algo muy gordo, seguro. ¿Pero qué? ¿Y en qué la afectaba, a ella?
Sí, debía de ser terriblemente importante. El atuendo del marqués, normalmente despampanante y ostentoso, era ahora informal, desarreglado y triste. Tenía todo el aspecto de acabar de llegar de Londres.

Estaba deambulando por el vestíbulo, trazando un círculo como un buitre colosal analizando la carcasa de un animal muerto, y su bastón de ébano imprimía un ritmo fúnebre en el suelo de mármol.

Tan pronto como la vio, se formaron más surcos en su frente arrugada.

—¡Por fin! Se ha tomado su tiempo en venir, ¿eh, señorita Heartfilia? Venga conmigo. Tenemos que hablar largo y tendido.

Lucy hizo un enorme esfuerzo por morderse la lengua.

Jamás se acostumbraría a la absoluta falta de cortesía que lord Loxar profesaba con cualquier persona que fuera de un rango inferior. Apenas le permitió al mayordomo que aceptara su capa corta antes de rodearla con su brazo autoritario y arrastrarla hasta la salita de estar como si fuera una niñita recalcitrante. ¡Por todos los santos! ¿Qué sucedía? Nunca antes había visto a lord Loxar tan agitado, a pesar de que el ilustre caballero se había labrado la fama de ser un hombre inquieto y exaltado.

Tan pronto como entraron en la salita fastuosamente decorada, el marqués la soltó. Ella inspeccionó la estancia, y descubrió con sorpresa que alguien los estaba esperando. Una mujer de proporciones considerables ocupaba un amplio sillón como si se tratara de un orondo pavo real.

¡Y con qué plumas más brillantes! Lucy no pudo evitar quedarse mirando a la dama con la boca abierta. Su lujosísimo traje satinado era de un color púrpura tan intenso que le confería a sus regordetas mejillas sonrosadas la apariencia de una peonía flotando en un mar de violetas. Lucy pensó que debía de tener cincuenta años, aunque era difícil de saber puesto que la mujer iba engalanada con un turbante de satén dorado que le cubría el pelo, y los kilos de más que lucía con tanto garbo alisaban cualquier pequeña arruga que osara afear su piel.

De una cosa estaba segura: sólo una mujer con absoluta confianza en sí misma podría sentirse cómoda con esa apariencia tan excéntrica.

Lord Loxar rompió el silencio.

—Ophelia, te presento a la señorita Heartfilia, la hija de mi rector. Señorita Heartfilia, ésta es Ophelia Campbell, la condesa de Dundee. Lady Dundee es mi hermana.

Lucy realizó una reverencia cortés con la cabeza. Su curiosidad se incrementaba por momentos. Así que esa dama era la formidable lady Dundee. Según los cotilleos que circulaban por la localidad, había declinado casarse con un duque inglés y con un marqués también inglés para casarse con un conde escocés. Algunos decían que se había casado por amor, otros que se había casado para fastidiar a sus padres. Fuera cual fuese el motivo, según los rumores era una mujer extremadamente inteligente, y su forma de expresarse sin rodeos le había otorgado respeto y poder entre la sociedad escocesa a pesar de sus maneras inglesas.

My LordDonde viven las historias. Descúbrelo ahora