Capítulo 20: Emboscada

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El Palacio de Arena brilla en toda su gloria. Faroles iluminan el camino de piedra que lleva a la entrada principal, puertas dobles de ébano de tres metros de altura y medio metro de grosor decorada con enredaderas de flores talladas en ellas y flores pintadas delicadamente con pintura de oro, plata y bronce. Recuerdos cruzan mi mente, caminando por este mismo sendero hace tantos años cuando el palacio fue atacado. Los aparto a un lado y me concentro en mi alrededor. 

Decenas de personas se arremolinan en la entrada y pasean por los jardines donde la nieve fue removida. Cruzamos las enormes puertas hacia el calor de la sala. El salón es enorme, iluminado y finamente decorado. De las paredes, de un blanco inmaculado, cuelgan largas telas de tonos dorados, anaranjados y marrones a intervalos con las antorchas que iluminan la sala. A los lados de la sala extensas mesas están dispuestas para la comida: cerdo asado, estofado de cordero, pavo ahumado, budines, tortas, pastelillos y cientos de otros exquisitos manjares. Comida que seguramente nadie tocaría y que terminaría en alimento para cerdos cuando las personas fuera del Palacio mueren de hambre. 

Al final del salón, sobre una tarima alfombrada, el trono relucía en todo su esplendor. Lo recordaba como un trono alto, de un material lustroso y brillante semejante al oro, pero, aunque seguía siendo igual de alto, ahora era negro como el carbón y con un brillo apagado. El asiento de terciopelo es de un rojo sangre y contrasta con la oscura estructura. El trono está vacío. 

Mientras nos adentramos en la sala mezclándonos entre los invitados, observo buscando un hombre con una cabellera blanca y una gran panza, vestido con un elegante traje color carmesí y botones de oro, el traje de gala del emperador. Por aquí y por allá relucen hermosos vestidos y trajes de todos colores: turquesas, lilas, rosa, aguamarina, anaranjado, amarillo y oro, pero ningún rojo. 

Bailamos por todo el salón examinando minuciosamente cada detalle: a las personas a nuestro alrededor, los guardias (uno en cada columna), el trono que aún sigue vacío, las puertas... Zik no se aparta de mi lado y así seguimos por largo rato. Sólo espero que no provoquen el incendio antes de que llegue Yar.

Estudio detenidamente cada movimiento que ocurre en la sala. Los invitados se dispersan hacia las puntas de la sala, solo una decena de ellos siguen cerca. Las máscaras cubren los rostros y no logro distinguir de quienes se trata. Bailan a nuestro compás, lento y sin pausa. Algo va mal, sus movimientos son demasiados precisos, sus miradas son atentas y cada pocos minutos se desvían hacia nosotros. Tengo un mal presentimiento cuando Zik se tensa. Una voz grave y sedosa habla a mis espaldas.

-¿Me permite?

La voz provoca en mí un escalofríos, mi piel se eriza y giro lentamente. Leonnidas Yar me mira, su mano extendida hacia mi. Es el único que no lleva máscara. Sus fríos ojos me penetran. Lucen amables y gentiles pero puedo ver a través de ellos, como a través de un cristal. Un depredador en busca de su presa. En este momento yo soy la presa.

-Seria un honor

Tomo su mano y es ahí cuando noto algo en lo que no había reparado. Miro nuestras manos, donde mis dedos terminan y rozan el puño de un traje rojo con delicados botones dorados. Subo la mirada del hermoso traje hasta su rostro. No hay duda, es el traje de gala del emperador. Sonrío encantadoramente y nos dirigimos más al centro de la sala. Volteo una única vez para ver a Zik, él asiente y yo me giro para bailar con el, al parecer, nuevo emperador. 

-¿A qué debo el honor, su alteza?- pregunto, a lo que no tarda en responder.

-Es tradición que el emperador baile con todas las damas del lugar. Además, tú eres la más hermosa. No he podido dejar de mirarte desde que entré en el salón. 

No puedo decidir si lo decía en serio o estaba jugando conmigo, aún así mis mejillas se tiñeron de rojo y tuve que bajar la mirada. Su mirada era fría como el hielo, pero sus palabras cálidas como el sol. Leonnidas me toma de la barbilla  y alza mi rostro al suyo. Me mira curioso.

-¿Nos conocemos de algún lado?

Su mirada está fija en mí, es como si pudiera leerme como a su libro favorito.Quedo petrificada en mi lugar y me obligo a encontrar las palabras para responder. 

-No, no lo creo su alteza

-Que raro, me resultas muy conocida. -se rasca la incipiente barba y mira al techo- ¿Estas segura que no nos conocemos...- vuelve a mirarme, esta vez está serio y su mirada más fría si es posible- ...Graxe?

Ahora si no se que hacer. Meto la mano entre los pliegues de mi vestido y retiro una fina daga. Tiro del brazo de Yar hasta que queda frente a mí cubriéndome de los guardias, la daga a milímetros de su garganta. El alma baja a mis pies cuando veo una espada a punto de rebanar el cuello de todos mis amigos. Están todos fuertemente sujetos por los guardias, algunos hasta atados con gruesas cuerdas. Leonnidas ríe, no se inmuta por la daga que podría matarlo. 

-Mátame si quieres, pero te advierto que el mismo final tendrán tus amigos. Tú eliges.

Mi mano tembló, algo poco común en mí. La daga brillo y su punta se tiño de rojo cuando rozó el cuello del emperador. Se tensó bajo el filo pero pronto se relajó y volvió a reírse. Miré las caras desesperadas de mi alrededor y las inmutables de los soldados aunque sabía por sus ojos que estaban igual de aterrados. Los guardias reales no los soltaban y mis fuerzas comenzaban a flanquear. Feyz, Feeb, Zik, Veek, todos ellos, sus rostros blancos como papel, sus grandes ojos abiertos mirándome, queriendo que haga lo correcto a pesar de sus vidas pero sin querer perder la esperanza. Ellos eran todo para mí.

 Mis nudillos se volvieron blancos por un segundo para luego relajarse, el sonido del metal repiqueteando en el suelo llenó la sala. 

-Llévenselos 

Dos guardias me tomaron por los brazos y me arrastraron fuera del salón. Toda voluntad me había abandonado. Dejé que me llevaran por largos pasillos. Miraba sin ver realmente, todo estaba perdido. Me encerraron en una espaciosa y deslumbrante habitación. No me importó, había fallado. 

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PERDOOON! Se que tarde en publicar es que tenía que escribirlo y estuve a full con un proyecto en el que, por cierto, gané junto con mis compañeros!! Espero poder subir pronto el siguiente capítulo. Los quiero! -Flor

ThiliaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora