Capítulo 18: Nariz de tucán

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Dos semanas. Dos largas y duras semanas. Desde la salida del sol hasta el ocaso entrenamiento sin descanso. Los músculos dolían al principio, dejaron de hacerlo al tercer día. La misma rutina una y otra vez: desayuno, arquería, tiro con dagas, almuerzo, ataques de defensa, pelea cuerpo a cuerpo, espadas, cena, dormir. La práctica había abierto el apetito de todos. Las comidas eran más grandes para poder saciar el hambre de un día de puro entrenamiento. Pero ahora cada vez quedaba menos. Las nevadas habían llegado y la mayoría de los cultivos morían antes de poder ser cosechados. Los viajes al pueblo eran más recurrentes pero debimos suspenderlos cuando Feeb casi es atrapada por los jueces de paz (sin mencionar que se nos acababa el dinero). Grandes grupos de ellos patrullan diariamente día y noche, en todos los pueblos. Nos buscan, nos cazan. Esperan nuestra equivocación. 

Camino a lo largo del pastizal ahora cubierto de una gruesa capa de nieve. Mis botas se hunden con cada paso y dejan un camino a medida que avanzo. Se escucha a lo lejos el gorjeo de un pájaro. Sobrevuela el cielo, sube y baja en el aire acompañado por la corriente, gira y canta y desaparece entre las montañas. Libertad. Hubo un tiempo en que esa palabra me resultaba curiosa, me cuestionaba si realmente se podía ser libre. Llegué a la conclusión de que existían muchos tipos de libertad. Libre de responsabilidades. Libre de culpa. Libre de escoger tu vida. Libre de elegir qué comer. Libre de ayudar a quien quieras. Libre de hacer lo que te plazca. Libre de cuerpo y alma. Pero había algo que tarde o temprano le queda claro a cualquiera. Nunca se es libre de corazón. Puesto que nadie escoge a quién amar, a quién perder, a quién entregarle los momentos de  mera felicidad y también de tristeza. Nadie escoge a quién le entrega al corazón. Él se entrega solo sin preguntarle a nadie, sin avisar, y cuando te das cuenta ya es tarde. Ya está hecho pedazos. 

Pasos se escuchan detrás mio. Volteo al tiempo que Erin llega a mi lado. Me mira y una sonrisa se dibuja en mi rostro y en el suyo. Caminamos por largo rato mientras conversamos. Los demás descansan, se lo tienen bien merecido. Solo el sonido de la naturaleza nos acompaña. La naturaleza y el sonido de nuestras botas chapoteando en la nieve. 

No recuerdo cuando fue que dejamos de andar y subimos a las ramas de un árbol. La espalda arde, pero es leve, solo una molestia. Los puntos ya no están y la mayoría de las heridas son finas lineas blancas surcando mi espalda. Erin mira el cielo con el semblante pensativo.

-¿En qué piensas?

-En alguien

-¿En quién, si se puede saber?

-Bueno, pues está esta chica...

-¿Qué chica?- pregunto. Erin me mira y una sonrisa ladeada asoma en su rostro.

-Es un poco ruda y pareciera que nada la afecta, pero yo sé que muy en el fondo tiene sentimientos y siempre se preocupa por los que ama -me mira fijamente a los ojos. No puedo apartar la mirada, me siento hipnotizada. Ahora pareciera que estamos más cerca uno del otro. Me inclino solo un poco, unos centímetros- Lastima esa nariz que tiene... pobrecita, de chiquita le debieron de decir tucán...

-¡Hey!

Le doy un leve empujón. Erin ríe. De repente parece perder el equilibrio. No reacciono a tiempo cuando cae, aunque logra sostenerse de la rama. Sus pies cuelgan a metros sobre el suelo. Lo sujeto de la mano y tiro con todas mis fuerzas. Ya tiene la mitad del cuerpo sobre la rama cuando escuchamos un crujido. Miramos la rama y al tronco del árbol. Se rompe. La rama no soporta nuestro peso asentado en un solo lugar y se quiebra. Siento el viento en mi cara y el segundo que tardamos en caer que hace infinito. Aterrizo sobre Erin que ahoga un grito cuando llega al suelo y cuando caigo sobre él. El cuerpo me duele entero, lo tengo entumecido de la caída. Erin parece estar igual. Puedo sentirlo debajo de mí, su respiración acelerada, sus músculos tensos y adoloridos. 

-Lo siento- murmuro. La voz apenas logra salir. 

Observo a Erin. Nuestras narices están apenas a unos milímetros de distancia.

-¿En serio tengo nariz de tucán?-pregunto. Tarda en responder y cuando lo hace su voz suena grave y rasposa

-¿Qué te hace pensar que hablaba de ti?- se me cae el alma a los pies al oírlo y mis mejillas se vuelven coloradas.

-¿No lo hacías? - Erin sonríe. Es una sonrisa cálida. Mi corazón late furioso dentro de mi pecho.

-Tu nariz es perfecta.

Acorta el espacio casi inexistente entre nosotros. Primero roza apenas los labios. Al ver que no me aparto me besa. Un beso tierno que dura lo que tarda la nieve en derretirse debajo nuestro. Cuando nos separamos nuestras miradas no se despegan el uno del otro. Nos levantamos del suelo lentamente. Ninguno dice nada. Nos quedamos frente a frente por unos largos minutos. Mi cabeza comienza a maquinar, analiza lo sucedido unos minutos atrás. Me aclaro la garganta y agacho la cabeza.

-Debería ir a ver a Joy. Sé que le cuesta todo esto y yo... em... voy a verla. Nos vemos en la cena.

No espero que responda y me marcho a paso rápido. Mi cabeza da vueltas. Mi corazón está quieto en su lugar. ¿No debería acaso estar saltando?¿No lo estaba hace unos momentos cuando caímos del árbol antes de que me besara? Mi espalda duele horrores, las cicatrices pican. Me siento... no vacía, no triste, no decepcionada, solo... indiferente. Como si el beso no me hubiese afectado en lo más mínimo. ¿Por qué me siento así? ¿No debería estar saltando de alegría como ocurre en las novelas románticas? La joven y bella doncella es besada por el apuesto caballero de brillante armadura, o por el encantador príncipe de blanca sonrisa y sus vidas terminan en hermosos finales felices. Supongo que eso dista mucho de la realidad. Una realidad cruel... y muy fría. Me arrebujo más en mi traje cuando la nieve comienza a caer nuevamente y corro lo que queda para llegar a la cabaña. 

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El nuevo emperador está sentado en una silla de alto respaldo, de madera oscura casi negra y decorada con finas figuras al estilo barroco talladas. Frente a él tiene una mesa del mismo material cubierta por grandes mapas de Thilia. Sus extensos bosques, las altas montañas que cruzan a lo largo de punta a punta de Thilia, sus cristalinos lagos, sus verdes praderas, y dos puntos grises a cada lado de la cordillera: las ciudades de los imperios de Yar y Kell. Junto al emperador se encuentra el jefe de las Fuerzas Especiales esperando indicaciones. Leonnidas Yar suspira.

-¿Donde cree usted que pueden estar?

Helz se acerca a la mesa y observa el mapa.

-No lo sabría con certeza, su majestad. Pero los jueces de paz creen haber visto a una de las mujeres que la acompañan en un pueblo pequeño cerca de las montañas, al sur.- responde señalando un punto en el mapa.- Suponemos que se esconden en la montaña cerca de allí. 

-Ya veo.

-Pero, señor, yo no me molestaría en averiguar eso

-¿Y por qué no?- pregunta con interés y a la vez molestia por ser cuestionado

-Según mi fuente ellos piensan atacar, señor. Quieren hacer una emboscada. Si me permite, creo que deberíamos dejarlos hacerlo. Que el juego del gato y el ratón se invierta. 

-Continúa. 

Una maliciosa sonrisa se asoma en el rostro de Helz. Su mente maquina mientras le cuenta el plan al emperador con lujo de detalle. Yar escucha, atento. Cuando termina, asiente y llama a la guardia personal. Hay una fiesta que planear.  

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Mil perdones, estuve de vacaciones en Uruguay y no pude publicar antes! Espero les guste!! Saben que los quiero, no? -Flor

ThiliaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora