La historia del amor de mis padres siempre me había maravillado. Verdaderamente se amaban, me amaban a mí y hacían todo lo que podían por ser felices. No hubo frío invierno para Alvheim. No cuando mi madre repartía vino caliente y cerdo asado a todo el reino. Y cada noche hacían el amor. Yo lo sabía, pues a la mañana todo eran sonrisas y besos.
Nunca me ocultaron la verdad del mundo porque fuese pequeño o insensato. Me enseñaron a pelear con honor, a mostrarme sin pudor, a recitar poemas y gestas, a cocinar, barrer, tejer y a esconderme. Me enseñaron a leer, a escribir, a calcular, a reconocer plantas venenosas y curativas...Pues decían que nunca se está lo suficientemente preparado para lo que los dioses te deparan. Recé con ellos, pesqué, discutí y fui de caza.
Me coloqué una corona sobre la frente, pero también me hice pasar por porquerizo durante un mes. No digo que siempre fuese sencillo. No digo que no quisiese un respiro de vez en cuando, pero todos los esfuerzos de mis progenitores por hacerme más fuerte me ayudaron a superar sucesos que, de otra manera me hubiesen destrozado sin posibilidad de salvación.
Mis padre permitió que jugase con el fuego pues veía en mis ojos el deseo que me corroía. Aquella fuerza invisible que me empujaba a ser su amo. A acercarme a él sin temor y gobernarlo como si de una bestia salvaje se tratase.
Mis brazos se hicieron fuertes, por las pesadas cargas que sostuve. Mi cabello creció tan indomable como los rayos del Sol. Al cumplir los once años yo mismo forjé mi propia espada, Hlökk. Su hoja era del acero más puro y fuerte. Una bella arma que me ha acompañado siempre. La empuñadura en forma de cabeza de serpiente era de plata, y sus ojos de cristal, del color del oceáno, lejano y helado, siempre me impuso un gran respeto. Debo decir que yo jamás fui como los otros niños del Alvheim. No era ególatra ni consentido. Jamás causé daño a ninguna mujer, pues todas eran para mí dignas de adoración absoluta. Las traté siempre como iguales, pues era así como fui criado y como ellas me trataron a mí. Peleé junto a ellas, aprendí junto a ellas y las amé tanto como amé a mi madre.
Pero, todo se fue por la borda cuando cumplí los trece años. La fiesta de celebración de mi décimo tercer aniversario fue todo un acontecimiento. Vinieron los reyes de muchos reinos e incluso de otros países, como Noruega y Dinamarca. Recuerdo haber visto a un grupo de hombres grandes y rudos conversar acaloradamente con mi padre. El que parecía el jefe, intentaba hablar con el rey, pero, este hacía gestos con las manos, de manera exagerada y, ellos al final se fueron. Parecían bárbaros... vikingos. Hombres del mar, sin honor. Sanguinarios y sin escrúpulos. No los temí. Mi madre me había enseñado a gestionar mi miedo.
La celebración fue larga y agitada. Muchos hombres y mujeres bebieron demasiado y acabaron dormidos encima de las largas mesas de roble o sobre los fríos suelos de piedra. Mi madre me llevó a mis aposentos. Me colmó de besos y me regaló una capa de piel de lobo gris, tan pesada como caliente. También me obsequió unos guantes de cuero rojo como la sangre, el anillo de los Fleury, con la cabeza de un león rugiente; y una cinta de cuero para apartar los cabellos de mi frente. Tantos regalos me abrumaron. Pensé en agredecerle los presentes, como era debido a la mañana siguiente. Oh... Pero, qué estúpido fui.
No sé cuánto tiempo debió de transcurrir hasta que me desperté. Pero, cuando lo hice, fue por un horrible grito. Me incorporé, aturdido y miré hacia la puerta. No podía quedarme allí. Me vestí. Me puse mi capa de piel de lobo, mis guantes y cogí mi fiel espada, Hlökk. Cuando abrí la puerta, el espectáculo que me aguardaba era aterrador. La sangre regaba el suelo y las paredes. Pero, eso no amedrentó mi valentía. Anduve por el pasillo, espada en mano, camuflándome con las sombras. Mis pasos me llevaron directo al gran salón donde la fiesta había tenido lugar. Ahora, un maremagnum de cadáveres decoraban el suelo.
Evité mirar a ninguna de aquellas personas. Conocidos y desconocidos. Todos muertos. Cuando vi la pálida y rolliza mano de mi madre saliendo de detrás de una mesa, el corazón se me salió del pecho. Corrí hacia ella, sin aliento. La miré. Sus ojos estaban fijos en el vacío y tenía una sonrisa rota en sus labios. Agarraba con fuerza la mano callosa y huesuda de mi padre, que tenía la cabeza apoyada en su pecho. Sus párpados reposaban delicadamente sobre sus mejillas.
Me dio un vahído y caí de rodillas junto a ellos:
- Papá, mamá- los llamé. Pero, no me oían. Y yo lo sabía perfectamente. Es por eso que, en vez de llorar como cualquier niño en mi lugar hubiera hecho, me levanté, desenvainé a Hlökk y fui a buscar a los asesinos de mi familia. Pues, estando mi padre muerto, yo era el rey. Y los reyes deben vengar la muerte de los inocentes. Yo no era un niño. Desde el día en que cacé mi primer jabalí. Desde que empuñé mi primera espada. Desde el momento en el que me había quedado solo... Ya no era Arie, el principito. Ahora era Arie Fleury, el hijo del Sol y rey de Alvheim.
Busqué por el castillo todo rastro de los asesinos, pero no encontré nada. Así que salí al exterior y entonces los vi. Eran al menos sesenta hombres. A la cabeza de ellos estaban los que había visto hablando con mi padre. La sangre me hirvió, y una parte de mi quiso saltar sobre ellos, pero bien sabía que un muchacho de trece años nada podía hacer contra un ejército. Así que los seguí.
Caminaban hacia el Norte, y en ningún momento se desviaron. Mi plan consistía en acabar con ellos mientras durmieran. Pero, digamos que no me salió bien. Cuando acamparon, ya había anochecido dos veces. No sabía como podían resistir tanto sin dormir, pero lo cierto es que yo también lo hice. Encendieron grandes hogueras y cantaron a Odín y a Thor mientras bebían grandes cantidades de vino. Cayeron como sacos de harina al suelo. Todos estaban durmiendo. Fue entonces cuando me acerqué a ellos, desenvainé mi espada y la levanté por encima de mi cabeza para matar al líder de los vikingos. Sin embargo, alguien agarró la empuñadura y me la arrebató de las manos con increíble fuerza:
- Vaya... Si un pajarito nos ha seguido- dijo una profunda voz a mi espalda. Me di la vuelta y lo encaré, dándole una fuerte patada, que no pareció dolerle lo más mínimo, pues me agarró de los brazos y me alzó en el aire.
- ¿Quién es este, Olaf?- pronunció otro hombre detrás del que me agarraba.
- No lo sé, Zíu- dijo este y agarró mi pelo para verme el rostro-. ¿Quién eres, muchacho? ¿Y, tus padres?- a la sola mención de ellos, comencé a lanzar patadas y puñetazos a aquel hombre del norte.
- ¡Tú los has matado!- le grité-. ¡Bastardo, acabaré contigo!- el chico que me sujetaba tendría unos diecisiete años. Me miró extrañado, y eso me confundió sumamente.
- Nosotros no hemos matado a nadie- me aseguró y me miró fijamente a la cara, haciendo que sus inteligentes ojos azules como el hielo soltaran algo parecido a una chispa-. eres el hijo de Svante Fleury... el principito león- yo solo traté de soltarme de su agarre sin prestarle atención-. ¿Cuándo han muerto?- preguntó, y noté un deje de amargura en su voz. Supuse que eran imaginaciones mías.
- ¡¡No actúes como si no lo supieras!! ¡Os vi fuera del castillo después de la masacre!
- Niño, no hemos matado a nadie- me aseguró y le creí. No sé qué me poseyó en aquel instante, pero el caso es que su mirada no mentía. Además, un asesino no dudaría en fardar de sus hazañas.
- Entonces, suéltame y deja que me vaya- le ordené. Su gesto cambió y soltó una carcajada sonora.
- ¿Qué clase de hombre sería si te dejara volver solo a un castillo lleno de muertos? No... Te vienes con nosotros- dijo y otro de sus hombres me cogió.
- ¡No! ¡Soltadme!- pataleé, pero el vikingo me arreó con la empuñadura de su espada en la cabeza y todo se volvió negro.
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Wandering Heir
Historical FictionA todos los rubios del planeta. Sois una bendición. Arie. Ese era su nombre. Fleury era el de su familia. Un príncipe sin hogar. Un rey sin corona. Un hermano sin su hermano. Una historia de las nunca olvidadas, más nunca contadas. La del príncipe A...