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*Siete años después*

- ¡Y, no vuelvas!- recibí una patada en el culo y caí al suelo fangoso, de cara. Había tenido un altercado en la taberna, pues, al parecer, romper una jarra de cerveza en la cabeza de alguien, no era un algo gracioso. Lo cual era una lástima, pues yo me había reído hasta desgañitarme.
Me levanté y encaré la puerta de la taberna. Tenía las mejillas enrojecidas por el alcohol. Estaba borracho como una cuba:

- ¡No tieneess derecho a echarme!- golpeé la puerta. Oí como la ventana en el primer piso se abría e instantes más tarde, un líquido caliente me cayó sobre la cabeza, calándome hasta los huesos. Aquello me desatontó un poco. Miré hacia arriba y pude ver a una mujer con cara de enojo sosteniendo un orinal vacío en sus manos. Me sacudí la orina de la ropa y salí del pueblucho en el que me encontraba haciendo eses. Eres pronto en la mañana, a principios de Junio, y había una  agradable temperatura. Me interné en el bosque y llegué hasta un río de tranquilas aguas. Me desvestí y me metí en él. El agua era fresca. Me quité el olor de orina y suciedad de varios días, limpié mis sentidos, me froté los sucios y largos cabellos hasta que parecieron un río de oro resbalando por mi espalda. Buceé durante largos minutos, aclarando la mente y al fin salí, totalmente despejado y en todo mi esplendor. Salí del río para lavar mis usados ropajes, y los colgué de un árbol para que se secaran a la luz del día.

Después, me tendí en la hierba, rodeado de pequeñas florecillas y cerré los ojos. El Sol me rozó con suavidad, acariciando mis definidos músculos y arrancando destellos de mi extraño pelo dorado:

- Oh, dioses- exclamó una voz cerca de mí. Abrí los ojos bicolor y pude observar a un chico. Tendría apenas un par de años más que yo, de bellos rasgos orientales. Ojos rasgados, de un color indefinido, aunque oscuro; largas y negras pestañas... Era de constitución delgada, pero atlética y llevaba el cabello muy largo y liso, tan negro como una caverna. Me levanté en mi plena desnudez y, con todo el orgullo que me caracterizaba, hablé.

- ¿Quién eres tú?

- Iwell Tannabee- me habló el muchacho de bello rostro. 

- No eres de por aquí, ¿verdad?

- Sí lo soy, pero mis padres eran de Persia.

- Ya veo- el tal Iwell evitó mi mirada y la centró en un árbol cercano, algo sonrojado. Seguramente por mi desnudez. Más, tampoco era como para escandalizarse.

- ¿Eres...Arie Fleury?- preguntó, y mi respuesta fue casi instintiva. Agarré a Hlökk, que reposaba en el suelo junto a mí y, de un movimiento, tumbé al chico con la espada en la garganta.

- Arie Fleury está muerto...- siseé. Él tragó saliva.

- Escucha...estoy de tu parte...- balbuceó-. Me envía...Leif- me aparté de él, atónito.

- ¿L-Leif? ¿Está vivo?- Iwell asintió, llevándose una mano a la garganta.

- Me ha mandado a buscarte- dijo, levantándose.

- ¿Dónde está?

- Aún en poder de Erwin... Pero, no le queda mucho tiempo- yo le corté, apuntándole de nuevo a la garganta con Hlökk. Él alzó las manos, en actitud de rendición.

- ¿Y, cómo es que tú has escapado? ¿Y, si sólo eres un espía de mi tío enviado aquí para matarme?

- No soy un espía, ni un asesino. Tu hermano y yo somos amigos. Me dijo que te buscara. Que te reconocería por tu...- Iwell pareció replantearse sus palabras.

Wandering HeirWhere stories live. Discover now