Capítulo 11

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Aquella noche en la que encontró a Yamil, Baltazar se dispuso a curar sus heridas lo mejor posible, fue brusco al poner cada hueso en su sitio y vendarlos con lo que encontró en el abandonado pueblo, pero era necesario si quería que el chico sanara.

Lo llevó a un río y lavó su cuerpo procurando no causarle más dolor, pero era imposible, apenas lo tocaba y Yamil volvía a llorar, ni siquiera se atrevía a levantar la mirada, aún sabiendo que era Baltazar quien estaba a su lado.

A la mañana siguiente, el demonio volvió al campamento reuniéndose con sus hermanos, llevando a Yamil con él. Lo dejó en su tienda sin que nadie notara su presencia y pidió a alguien que buscara a Zath y Koller, debería hablar con ellos y decirles lo que había pasado si pensaba encontrar a los responsables de la muerte de su hijo.

Dejó a Yamil solo, el pequeño estaba completamente desorientado y nervioso, no parecía el mismo de antes, ni un poco. Ni siquiera había hablado desde que le encontró Baltazar.




Durfen entró a su habitación por la mañana, había una gran fiesta en toda la ciudad y ya había durado demasiado, sin embargo, no dejaba de vigilar a ese chico, sobre todo para que se alimentara adecuadamente, ya que Hermy era el responsable de dar su energía al huevo.

Como era común, Hermy se levantó del nido apenas le escuchó entrar y fue de prisa a la cama, ya le habían llevado el desayuno y no se lo terminó porque tenía nauseas, pero estando Durfen ahí no tuvo que forzarse a acabárselo.

El demonio le miró con fastidio, enseguida se dirigió hacia el huevo y lo acarició como si le saludara, si bien, Durfen podía ser demasiado peligroso, había dejado que su pequeño hijo no nato le ablandara lo suficiente, haciéndole sentir algo extraño, un cariño que nunca sintió por nadie.

Hermy terminó de desayunar y se levantó de la cama, pero un fuerte mareo llegó y casi se cae, apenas logró sostenerse del mueble más cercano y se balanceó hincándose en el piso. La visión se le nublaba y escuchaba un fuerte pitido en sus oídos.

Era la primera vez que los malestares eran tan fuertes, ya se había acostumbrado a los constantes mareos y nauseas, pero ahora no entendía por qué no podía moverse, le costaba respirar y le dolía demasiado el estómago. Al ver eso, Durfen pensó por un momento que era algo normal, hasta que el huevo soltó una descarga de energía formando un campo de protección propio.

Aquello solo significaba una cosa, su fuente de alimento corría peligro.

Durfen se acercó de inmediato a Hermy, quien comenzó a vomitar y cayó al piso retorciéndose de dolor. Tomó el plato que el menor había dejado vacío y lo olfateó lo suficiente para saber qué sucedía.

Maldijo a su madre por la osadía que acababa de cometer y salió furioso, necesitaba ayuda de Saira, aunque sabía que ella se lo pensaría antes de hacerle un favor así. Sin embargo, perder a Hermy podría afectar a su hijo siendo demasiado pronto para que naciera.



—Saira, ¿por qué me pediste que trajera a esa perra? —cuestionaba Albert, su esposo, viendo a la reina salir de la cama después de haberla pasado bastante bien.

Ella miró la silla donde Kira, la joven bruja a la que sacó de los calabozos de Varnow, se encontraba atada, con los ojos vendados y una mordaza. Sonrió colocándose una bata de seda y caminó hacia la chica hasta tocar su cabello.

EL REY DE VARNOWDonde viven las historias. Descúbrelo ahora