En Hasten todo había tomado cierta monotonía, los últimos meses Yamil no se había separado de Baltazar por esos lazos que unían su muñeca a la del mayor.
Se veía obligado a salir cada día de esa habitación aún cuando el cansancio cada vez era mayor, su vientre había crecido tanto que le dolía la espalda y le costaba aguantar mucho tiempo de pie, era peor si debía caminar.
Aquella mañana definitivamente no quería levantarse, Baltazar ya se había vestido y se acercó a la cama moviéndolo para despertarle. Yamil se quejó girando hasta darle la espalda y encogió su cuerpo abrazando su ahora enorme barriga.
Casi llegaba a los siete meses del embarazo, podía sentir las pataditas de su bebé y aunque a veces dolían un poco, le provocaba muchas emociones agradables, incluso cuando su situación no era ni de cerca lo que deseaba. Suspiró abriendo los ojos cuando Baltazar volvió a sacudirle.
—Yamil, debes levantarte, no dejaré que te cambies si tardas más en salir de la cama. —advirtió notando que el chico ya estaba despierto.
Hablaba muy poco con él, solo lo hacía cuando era sumamente necesario, como las veces en que los malestares del embarazo eran muy fuertes. Pero eso no quería decir que se había adaptado del todo a las condiciones impuestas por Baltazar, en ese momento no pensaba obedecerle, estaba demasiado cansado, el día anterior pasó parado toda la tarde y caminó durante la mañana por varias horas, ya no soportaba el dolor en sus piernas y tampoco la constante pesadez en sus ojos.
Negó y jaló las cobijas cubriéndose hasta la cabeza.
—Tengo cosas qué hacer, sal de ahí.
— ¡No me jales! —exclamó Yamil encogiéndose más cuando el otro intentó moverle.
—Apenas te toqué, pero si no te levantas...
Yamil se quitó las cobijas y se sentó de prisa encarando a Baltazar.
—Si no me levanto, ¿qué? ¿Me vas a llevar arrastrando hasta donde tengas qué ir? Nunca me dejas descansar, me duele la espalda y quiero dormir.
Baltazar le miró un momento, más allá de sus reproches, no podía dejar de ver ese tierno aspecto que tenía, con su cabello revuelto, aquella mirada enfurruñada, esas mejillas con algo de color gracias a que llevaba una mejor alimentación que antes, sin embargo, sus ojos lucían cansados. El demonio observó cada detalle de esa expresión y bajó la mirada hacia el enorme vientre de Yamil.
Cada día era más difícil molestarse con ese chico, solo con verle bastaba para calmar su mal temperamento, de hecho, ahora tenía qué lidiar con el nudo que sentía en el estómago provocado por el persistente enfado de Yamil respecto a aquel lazo que les unía, con el que le obligaba a acompañarle a cualquier sitio.
Notaba la fatiga del menor, quiso acariciar su rostro y al acercar su mano Yamil se alejó con esa mirada desconfiada que era tan común últimamente. Por supuesto, la última vez que pudo tocarlo se excedió al forzarlo, abusó de él aún cuando no era su intención hacerle daño, y era claro que el chico aún no lo olvidaba a pesar de todo el tiempo que había pasado.
Aunque dormían en la misma cama, Yamil se aislaba en la orilla lo más lejos posible de él, evadía cualquier contacto físico, procuraba mantener la distancia lo más posible.
—Está bien, haremos algo. Voy a quitarme esto y lo pondré en el pie de la cama. —explicó retirando el lazo de su propia mano y se levantó para atarlo tal como dijo. —Puedes descansar hoy, solo porque mi madre no está en la ciudad. Pero si intentas algo, no volveré a dejarte solo, ¿entendiste?
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EL REY DE VARNOW
FantasíaEste era un mundo aparentemente diferente al que conocemos. Un amplio número de especies míticas existían ahí, sin embargo, había algo en común con el mundo humano; la crueldad de algunos que destruía a otros. Donde la magia abundaba en cualquier cr...
