Capítulo XIX.

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     —Ugh —Pacífica detuvo su paso, pues había pisado algo extrañamente resbaloso.

—¿Qué sucede? —Mabel también se detuvo y la miró extrañada.

—He pisado algo no muy agradable —la rubia comenzó a agitar su pie, intentando que aquella sustancia pegajosa saliera de su costoso zapato. Pero lo que consiguió fue que esta goteara a su otro pie—. Rayos... —murmuró mientras golpeaba su frente con la palma de su mano. La risa de Mabel llamó su atención—. ¿De qué te estás riendo?

—De tu cara, verte caminando por un bosque con tu mejor ropa no es algo que se ve todos los días —la castaña volvió a reír, y Pacífica bufo molesta—. Ya, no te molestes, ven —Mabel se acercó a Pacífica y agachándose lo suficiente tomó el zapato sucio de ella y con su suéter comenzó a limpiarlo. La rubia abrió sus ojos sorprendida.

—¡¿Qué crees que haces?! —ella retrocedió con un solo pie, pues el otro estaba sin su zapato.

—Estoy limpiando tu zapato ¿No es obvio? —dijo divertida sin dejar de limpiar el zapato de ella.

—¿Por qué lo haces con tu... suéter favorito? —preguntó Pacífica acercándose nuevamente a ella.

—Al parecer si sabes algo de mi después de todo. —Mabel rio un poco, y Pacífica giró su rostro con un pequeño sonrojo.

—L-Lo sé porque siempre lo usas en ocasiones especiales, por lo cual también debe ser especial —habló bajito la de cabellos rubios. Mabel la observó curiosa.

—¿Entonces dices que venir a hablar contigo también es una ocasión especial? —dijo Mabel divertida por la actitud de su amiga. Pacífica se ruborizó aún más y Mabel no pudo evitar soltar una gran carcajada.

—Oh, ya basta —Pacífica se acercó a ella y le arrebató su zapato, para ponérselo y seguir caminando. Mabel río por última vez para continuar siguiéndola.

—Lo siento Pacifica, no te enojes. Acabamos de convertirnos en amigas, y ¿ya estás enojada? —preguntó incrédula, y entonces Pacífica giró a verla.

—G-Gracias por lo del zapato —susurró ella avergonzada, para después continuar con su camino. 

Mabel que se sorprendió al escuchar su agradecimiento, antes de sonreír sinceramente y seguir a Pacífica.


. . .

Los golpes a la puerta, causaron que con molestia Stan fuera abriendo sus ojos sintiendo el dolor recorrer todo su cuerpo. Cuando estuvo lo suficientemente despierto se levantó de mala gana, dispuesto a golpear a quien fuera que estuviese interrumpiendo su sueño. ¿Quién era de todos modos? No era como si muchas personas fuera a verlo luego de lo sucedido. 

Claro que cuando estuvo a punto de abrir aquellos molestos golpes se detuvieron, y extrañado se quedó un poco ahí parado, intentando adivinar qué estaba sucediendo.

Y justo antes de resignarse y volver a su cama, aquella vieja puerta de madera fue destrozada tras suyo. Aturdido por el gran golpe intentó retroceder, pero de repente varios pares de manos comenzaron a sostener sus extremidades en menos de un segundo. Cuando estaba a punto de soltar una gran maldición a los intrusos, un paño fue puesto en su boca.

—¡Rayos, no funciona! —dijo una de las voces de sus captores, al ver que Stan seguía luchando por liberarse de su agarre.

—¡Este anciano es inmune a todo, hasta al cloroformo! —hablo otro de ellos.

—¡¿Y ahora qué?! —preguntó otra voz comenzando a entrar en pánico.

Cuando Stan logró ver la oportunidad que necesitaba para escapar, uno de los intrusos se paró frente a él, y antes de poder reaccionar sintió como su cabeza era víctima de un gran golpe.

El Intercambio || BillDipDonde viven las historias. Descúbrelo ahora