En 1299 a.C, la princesa Henutmire fue a dar un paseo al Río Nilo, sin saber que dentro de él, entre unos juncos encontraría una hermosa cosita escondida en ellos, una hermosa niña bebé a la que después llamaría Azeneth. A medida de su crecimiento...
Azeneth: Estoy esperando a que terminen de revisar a Tut mamá... Estoy tan preocupada por él
Henutmire: ¿¿Y quién lo está atendiendo??
Azeneth: Aún no lo sé... Solo se que es un sacerdote muy conocido por todo Egipto...
Henutmire quedó con la duda e imagino como sería ese tal sacerdote.
(Dentro de los aposentos)
Tut: Eso... Eso no puede ser... Judá no me puedo morir -dijo alterado- No puedo dejar a Azeneth, no puedo
Judá: Tut no hay nada que hacer... -dijo triste-
Tut: -de la desesperación arrojó unas cosas de la mesa de a su lado- ¡¡Maldición!!
Judá: Cálmate Tut, cálmate...
Tut: No puedo... No puedo abandonar a Azeneth ¡¡No Puedo!!
Judá: Cálmate... Todo estará bien, cree en los dioses egipcios...
Tut: ¡Creer en los dioses no me salvara de una muerte segura! -dijo enojado-
No había más que hacer, sedaron al joven para que pudiera estar tranquilo. Henutmire se hallaba junto a Azeneth y las puertas de los aposentos se abrieron dejando ver a Judá. Henutmire no podía creer lo que estaba viendo, era Judá, él amor de su vida, el amor de joven que tuvo por primera vez...