Capítulo 18

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En un día de canícula, mientras Cornelio ayuda en la compra de alimentos a Francisca, observa de espalda la figura de una mujer delgada y blanca muy parecida a Valeria.

El hombre se acerca ágilmente hacia la fémina, sin que esta note su proximidad. Sus pasos son sigilosos como los del tigre, su atención está concentrada como la de un maestro budista y sus ojos se agudizan como los del águila.

Cuando está a escasos metros de la joven, la muchedumbre que frecuenta el mercado se hace densa, y la pierda de vista. Cornelio deja atrás a Francisca, voltea con vehemencia hacia todos los espacios, entra en un colapso de pánico e impotencia, suelta las talegas del mercado y apresura su búsqueda.

Revisa cada negocio. Los empleados afirman haber visto pasar a una mujer de esas características. Cornelio está convencido que Valeria se encuentra en el mismo poblado, por lo que su corazón se agita y su sangre hierve en saña.

Sale del zoco con la desesperación de una estampida de bueyes, empapado de un sudor frío como los vientos del norte, una adrenalina ciega y unas pretensiones centradas en atinar el paradero de la escurridiza asesina.

A lo lejos vislumbra a la dama montando un caballo, por lo que roba un jamelgo y la persigue. No está seguro si se trata de Valeria, pero su parecido es enorme. No ha podido observar su rostro, mas todos los rasgos que ha mirado apuntan con exactitud a tal consideración.

No le quita la mirada ni por un solo instante, tratando de alcanzarla con la vista y atraerla con la pupila. La mujer se adentra hacia el boscaje, deja amarrado al caballo en un árbol y se pierde. Tovar camina con la calma del león que se prepara a saltar sobre su presa.

Vislumbra a la dama obteniendo agua del río con su cantimplora. Permanece detrás de las plantas, empuñando el cuchillo envainado, esperando a que la fémina se dé la vuelta para desenmascararla y atacarla.

Tras unos minutos, la joven comienza a desvestirse a espaldas de su acechante, dando la sensación de estar inconsciente de la peligrosidad que la rodea. Cuando la mujer está completamente desnuda, Cornelio siente una leve mano postrarse en sus espaldas, es Francisca quien lo ha seguido y tiene la fiel convicción de hacerlo recapacitar.

Luego de explicar la situación, Tovar pide a su ama que se retire, pues se trata de una asesina muy peligrosa y teme que pueda causarle daño. Francisca hace caso omiso, por lo que a Tovar no le queda otro remedio que aceptar la presencia de su patrona.

La extraña se zambulle en el natatorio expresando la complacencia que amerita la acción del baño luego de varios días de éxodo. Cornelio intensifica su convicción al mirar el perfil de la hembra "Debe ser Valeria, tiene que ser ella" se repite entre dientes.

Francisca lo insta a guardar calma, si ataca a una persona inocente, la figura de Valeria se habría de cobrar otra vida por el rencor que dejó sembrado en las emociones del hombre.

Tovar hace caso a su ama, espera a que la nadadora salga del río y dé la cara. El sol brilla con intensidad, el calor es sofocante, las manos de Cornelio tiemblan de ansiedad y Francisca resguarda su temor apretando los muslos. La dama sabe que el joven está en un estado de desequilibrio en el que en cualquier momento perderá por completo el juicio y estallará como pólvora.

La mujer se dirige hacia la cascada, mientras da media vuelta, Cornelio comienza los movimientos de la persecución, pero la distancia y el agua que cae sobre su cara no permite esclarecer el talante de la extraña. La vehemencia del joven avisa a la nadadora de que está siendo vigilada, por lo que decide tomar precauciones.

Nada hacia la orilla, agarra un objeto de su macuto y regresa a la caída de agua. Cornelio no pudo observar si se trata de Valeria, pues los cabellos de la mujer taparon su faz, imposibilitando una buena captación de sus rasgos. Por su mente pasa cualquier tipo de ideas ¿qué ha tomado de la mochila, un arma, un implemento de baño o una brújula para facilitar el escape? La contienda se complicaría si se tratara de una faca porque Valeria siempre ha mostrado dotes de guerrera.

Francisca repite al oído de su amado que sea comedido y retorne a su hogar, pero el joven ignora los consejos de la mujer, el ardor que siente en su plexo solar no lo dejaría en paz si fracasa. Su mundo entero es esa circunstancia, en su mente sólo está Valeria, la asesina de su amada, una cascada, un objeto por identificar y una frágil damita apoyada a sus espaldas.

Francisca apoya sus delicados senos sobre el lomo del hombre y sujeta sus pectorales con suavidad, intentando pacificar con su fineza el estado anímico de su amigo. La mujer sigue de frente, tomando su baño con paz, desafiando el equilibrio emocional y la fortaleza mental de su avizor.

Se hunde y por varios minutos no muestra su presencia. Crece la desesperación de Cornelio, cree que ha escapado, no soporta la impotencia y sale al descubierto. Mira al fondo de las aguas y no da con el paradero de la escurridiza nadadora. Francisca se mantiene a escasos metros de Cornelio, mirando a los alrededores, tratando de dar con la ausencia de la presa que permita establecer el confort deseado.

La dama no se muestra, no aparece. Cuando los minutos trascienden la resistencia normal de un ser humano bajo el agua el joven se adentra en el río, se zambulle una, otra y otra vez, con más ímpetu en cada oportunidad, revisando cada rincón del pozo, ofuscando su juicio, quebrantando su salud.

Después de varios intentos, Cornelio sube a la superficie, desprende de sus cuerdas vocales un fuerte alarido y golpea el agua con todas sus fuerzas. Al término de la acción sale del río, se seca con el paño que Francisca le otorga, recoge el morral de Valeria y se lo lleva.

Cuando retornaron al hogar echaron un vistazo a los contenidos de la mochila. Hay algo de dinero, ropa, una daga y unas pócimas venenosas. La hiel de Cornelio se afinca, sus venas se hinchan y sus músculos se tensan; no hay duda de que era Valeria.

El joven hace sus maletas, dimite de sus labores y se propone a buscar a la asesina bajo las penumbras de la noche.

Francisca no quiere ser abandonada, golpea los pectorales del muchacho con sus leves puños, mientras el gimoteo humedece sus mejillas. Cornelio acerca el rostro de Francisca y la besa. La dama se desmorona en fascinación, todo rasgo de estrés se tranquiliza, toda tensión se rinde a los brazos del hombre; se pierde en el sonido de los labios juguetones, en el saboreo de las salivas y en el revoloteo hormonal de su interior.

Luego de unos minutos el ósculo termina, Tovar se acerca a Francisca y le susurra con ternura "volveré". La muchacha con los ojos gigantes -como una lechuza- y los párpados intranquilos lo deja partir. Estaría allí, en ese hogar, a cada hora, instante y día de su vida, esperando el regreso de su amor.

Cornelio recoge su liquidación, da un estrechón de manos a Federico, lo abraza en síntoma de complacencia, traspasa el pórtico, monta un corcel blanco veloz como una gacela, y se pierde en las sombras que edifica la noche.

Ahora su vida tiene sentido, Valeria está próxima, la muerte de Angélica no será en vano; habrá justicia. Está recuperado, tiene fuerzas y un norte por el cual luchar. La persecución es la forma de traer la idea plácida de Verdini a su vida. Perseguiría a la causante de su deceso hasta el fin del tiempo; en una zona montañosa, desértica o en el mismo centro de la tierra.

AngélicaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora