Estuve dos días con fiebre por un inexplicable resfriado que me comenzó de repente. No había explicación lógica para lo que estaba sintiendo, ni tampoco para mi pérdida de memoria. Quise creer que se trataba de una anemia, que no había de qué preocuparse; sin embargo, los mareos eran cada vez más frecuentes y parecía estar olvidando cosas tan obvias como el lugar en el que me encontraba.
Anastasia insistió en que debía volver a visitar a mi psicoterapeuta y así lo hice. La especialista me explicó que todos los síntomas que estaba experimentando eran producto del estrés, aquel estado de tensión y fatiga física y mental que se puede expresar de distintas maneras, dependiendo de quien la padezca.
Le creí, es más, todos en casa lo hicimos. Amber se encargó de esparcir el rumor de que me había ido de vacaciones a la casa de mi abuela, con las esperanzas puestas en que tal vez así me dejaran tranquila. Pero no había alguien tan tonto como para creerse esa mentira. Nadie creería que Jackie se había ido de la ciudad, porque para nadie era un secreto que fuera de esa casa yo no tenía a nadie más.
Bajé de prisa las escaleras al escuchar que alguien tocó en la puerta. Cuando me percaté de que efectivamente no había nadie en la casa, abrí.
—Buenas tardes —su voz salió muy aguda, nada de acuerdo con su edad, ya que parecía ser mayor.
Eché un rápido vistazo a su vestimenta, ya que llevaba ropa deportiva y se le veía bastante exhausta.
—¿Sí?
Desde la puerta inspeccionó parte de la casa.
—Disculpa las molestias, pero es que perdí a mi perrita de vista y me pareció que entró a tu casa desde el patio.
—¿Tú crees? —Me di vuelta mientras seguía obstruyendo la puerta con mi brazo.
—Sí, claro. Aunque bueno, espero no estar equivocada.
Volví a darle la cara y fue entonces cuando me percaté de que tenía un rostro familiar.
—Dame un minuto y reviso la casa, ¿te parece?
Intenté cerrar la puerta, pero de inmediato ella metió el pie.
—Si no la llamo yo, no saldrá por nada del mundo. Deja que lo intente y haga más fácil la búsqueda.
Iba a negarme, de no ser porque frente a mi casa vi a unos vecinos jugar béisbol, así que, confiando en niños que mejor necesitaban de mi cuidado, la dejé entrar. Fue algo de lo que me arrepentí después, porque en el momento no me pasó por la cabeza ningún indicio de que todo en ella andaba mal.
—Lucy, Lucy —llamó entrando sin pena ni permiso a la cocina—. Se suele esconder bajo las mesas. Lucy, Lucy.
La seguí por toda la sala sin quitar la mirada de la puerta, ya que, de una manera u otra, si había personas en la calle me sentía más segura. Ante cualquier eventualidad esos niños podrían alertar a mis vecinos e incluso llamar a emergencias.
—¿Cómo se te escapó? —le pregunté.
Se tomó su tiempo para inspirar profundo.
—Estaba trotando mientras le daba un paseo, y en ese instante del bosque salió un muchacho y nos asustó a ambas. El caso es que la solté y ella escapó. Ya sé, una pésima compañera —dijo para luego darse vuelta y continuar con su búsqueda.
Quise abundar más en aquel encuentro, pero si bien era cierto que estaba perdiendo mi memoria a causa del estrés, tenía muy claro cuáles asuntos me pertenecían y cuáles no.
—¡Lucy, mi niña! —la escuché gritar de repente.
Alcé la cabeza y me encontré a la perrita bajando de las escaleras que daban a la habitación. Ella fue a su encuentro y mientras lloraba la acunó en sus brazos. Luego, la acercó a mí.
—Acaríciala, que no muerde. Esa niñita hermosa es la más mansa de la familia. —La puso en el suelo para que lo pudiera hacer.
Volví a dar un vistazo a la puerta y luego me agaché, permitiéndome acariciar sus suaves pelos. Era muy amable y risueña, tanto que dibujó una sonrisa en mi tenso rostro.
—Es hermosa, ¿no? —me preguntó.
—Sí —dije mientras la miraba con una sonrisa de oreja a oreja—. Es incluso..., capaz de quitarme el estrés.
—Así es... Me gustaría tener una.
Aparté mi mirada de la perra y me concentré en ella.
—¿No que era tuya?
—Ya quisiera, pero no. Es de mi hermano mayor.
Me incorporé y ella tomó a su mascota entre sus manos, lista para salir.
—¿Cómo te llamas? —pregunté sin un porqué.
—Alice. Es un placer...
—Jackie —completé—. El placer es mío.
Sonrió una vez más y esperé a que me dijera que debía marcharse, pero no fue así.
—¿Te encuentras bien, Jackie? ¿Hay una manera en la que te pueda ayudar?
—¡¿A mí?! —pregunté al mismo tiempo que me llevé las manos al pecho.
—Sí, tú, ¿quién más?
No esperó a que la mandara a ponerse cómoda y en el comedor se sentó, a la expectativa de lo que tenía por decir.
—¿Por qué me preguntas eso? —Tomé asiento frente a ella.
—Pues porque es obvio que no te encuentras bien. ¿Es por amor?
—No, no. Nada que ver. —Negué con la cabeza, confundida—. Mira, creo que deberías irte.
—¿Y?
Quise acabar con aquel absurdo interrogatorio, pero no supe cómo.
—Solo estoy teniendo unos días muy difíciles, Alice. —Señalé la puerta—. Debes marcharte.
Asintió sin ánimos, porque estaba casi segura de que esperaba a que me desbordara hablando de lo que según ella me preocupaba.
—Mi hermano siempre dice que todo tiene solución bajo la luz del sol. ¿Sabes por qué solo los que estamos bajo el sol?
Negué rápido con la cabeza, buscándole la lógica a lo que me acababa de decir.
—Pues te lo dejaré de tarea —rio a carcajadas—. Haz tuyo ese pensamiento, Jackie. Agradéceme luego.
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AQUEL QUE ACECHA [COMPLETA]
Mystery / ThrillerSigue la historia de Jackie, una joven que es víctima de una obsesión mortal. A medida que el acoso se intensifica, ella se verá atrapada en un macabro juego donde sus intentos de escapar solo la acercan más a aquel que la acecha. Explora los límite...
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