7| Oportunas coincidencias

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Anónimo

El amor es un sentimiento maravilloso cuando eres correspondido, respetado, y movido por el compromiso de ambas partes. Cuando no es el caso, se convierte en un arma de destrucción, una capaz de consumirte hasta las entrañas y dejarte hecho nada. No era capaz de identificar en cuál de las fases estaba, porque sin importar que las cosas fueran a mi favor o no, yo nunca dejaría de sentirme un fracaso.

Jackie era eso, un arma de doble filo. Un simple juego que se tornó en algo serio. Lograba sacar lo mejor de mí y me animaba a mejorar y probar cosas nuevas, pero al mismo tiempo resultaba ser para mí una perdición, un vicio dañino del que no podía salir. Uno capaz de corroer todo mi cuerpo por dentro. Nadie podía entender esos sentimientos, ni siquiera yo mismo. Durante el día no tenía nada más por hacer que no fuera dedicarle mi vida entera. Había aplazado actividades que me hacían mucho bien, como la danza, todo para entregarme a una mujer que no sabía si me quería. Patético, lo sé.

Apreté con fuerza los puños cuando la ventana de su habitación se cerró. Ese día habría entrado a darle la cara como lo que realmente era, de no ser porque a sus tíos les dio la gana de estar en casa, por lo que no me quedó de otra que morir en silencio en aquella acera. ¿Por qué con ella tenía que ser tan complicado? Con las otras chicas no había sido así, nunca tuvimos problemas.

«Sufrir por una presa debe de ser el nivel más bajo en el que pudiste caer, pero te tengo la solución. Date una vuelta por acá, que no te vas a arrepentir».

Una presa, una presa. Eso era Jackie y debía meterlo a como diera lugar en mi cabeza.

Fui esperanzado a aquella fiesta. Lo hice con la vana idea de que tal vez allí podría conocer a otra chica que la superara, una que no pusiera resistencia y a la cuál le pudiéramos sacar buena plata. Sin embargo, cuando llegué todas mis expectativas se esfumaron. De no ser porque fui recibido por mis amigos con euforia y algarabía, me hubiera desplomado en el suelo ante la triste realidad de que en el mundo no había nadie competente como para sacarla de mi cabeza.

—Te ves mal —me dijeron.

—No lo voy a negar. El plan no salió según lo esperado. Eso me agobia.

Me eché a morir en el mueble y después de tomarme unos tragos me quedé dormido por unos largos minutos. Dormí como un bebé, y hubiese amado seguir así, de no ser porque escuché que alguien me llamaba con desesperación.

—¡Hey, despierta!

Abrí los ojos poco a poco hasta acostumbrarme a la luz. Y aun en mi estado entendí que el plan estaba fríamente calculado desde antes de yo llegar. Buscaron a una chica, muy alta y de pelo corto para que intentara aprovecharse de mi vulnerabilidad. La bestia, es decir yo, iba a jugar el papel de presa por primera vez en su miserable vida. Juro que no lo quería, pero todo el control de mi cuerpo y decisiones lo perdí cuando tomé la bebida que me brindaron.

—Entonces ¿no me dirás tu nombre? —insistió ella después de un rato de conversación sin sentido.

—Prefiero el anonimato. —La miré fijamente a los ojos—. Además, ¿por qué te interesa tanto? Ya mañana no vas a recordar nada, posiblemente yo tampoco.

—Creo que a los dos nos han engañado. —Tomó su bebida mientras sonreía de manera cínica—. A mí me dijeron que me querías conocer, que estabas solo y querías encontrar compañía.

Más equivocada no podía estar. Lo que realmente quería en ese momento era estar en mi cama y echarme a morir. Tal vez y con algo de suerte, conseguiría no despertar. Solo así me libraría de ser un cobarde perdedor.

AQUEL QUE ACECHA [COMPLETA]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora