4| Vivir de las apariencias

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Narra "Anónimo"

No es que no quisiera hablar o que no supiera cómo hacerlo. Simplemente me costaba más que al resto encontrar las palabras adecuadas para un mundo que nunca había sabido escuchar. Observaba más que lo que decía, y detrás de mi calmada mirada se escondían tormentas y secretos que nunca nadie se atrevió a descifrar.

A pesar de mi actitud reservada me animé a hacer eso que tenía mucho rondando mi cabeza. Cuidé cada pequeño detalle y puedo darme el lujo de decir que todo salió a la perfección. Aun así, había algo que me quitaba el sueño, y era que ella se atreviera a ir a esa fiesta. Así que no lo pensé dos veces y me aventuré a ir, aun cuando le había dicho a todos que no lo haría. Pero no podía dejarla a su suerte, no sabiendo cuán sola se sentía.

No es nada fácil estar en los zapatos de un loco enamorado. Aspectos tan insignificantes como su expresión mientras leía mi declaración de amor, o el hecho de que ni siquiera me diera las gracias por los esfuerzos y halagos que le hice, no hicieron más que herirme. Así que comprendí que mi mundo no debía girar en torno a ella, porque yo también tenía una vida, una rutina con la cuál sí o sí tenía que continuar.

—¡Llegaste! Pensé que no vendrías —habló mi madre mientras me recibía con un abrazo, sin importarle que yo los odiaba a muerte.

«—¡Ven aquí! —Se acercó mi padre con ambos brazos abiertos para que no pudiera escapar.

Juro que no fui un mal chico. Había cambiado mi conducta y aceptado con gusto su disciplina. Ya no tenía problemas de ira y muchos daban testimonio de ello. No había hecho nada para merecer un castigo. Ese chico me provocó y yo simplemente me defendí... tal vez de mala manera, pero defensa propia al fin y al cabo.

—No, papá. ¡Perdóname!

—¿Cuántas veces más? ¿Hasta cuándo seguirás dándonos problemas? Harás que dejemos la casa y tengamos que huir. ¡¿Es eso lo que quieres?!

En ese instante se me lanzó encima para inmovilizarme con sus fuertes brazos. Escuchaba a mi madre gritar, pero ella no podía hacer nada. Después, todo se volvió oscuro y me fue imposible reaccionar. Dicen los rumores que me había desmayado y mi padre casi enloquece al creer que me había hecho daño».

—Hola, mamá. ¿Cómo podría dejar pasar la oportunidad de verlos? —dije tratando de sonar normal, pero ella no era tonta.

Una de las condiciones que puso mi padre era que debía presentarme periódicamente en casa si quería seguir libre y recibiendo dinero. Entonces no me quedaba de otra, sí o sí tenía que hacer un viaje de unas dos horas todos los domingos.

—Agradezco de corazón que hayas hecho el esfuerzo —dijo mientras me guiñaba el ojo.

El miedo a que mi padre se pusiera bruto y echara a perder lo que a mamá tanto le costó organizar me motivó a ir de esquina en esquina saludando a aquellos que tenía años sin ver. Eran muchos los rostros, la mayoría desconocidos para mí, simplemente insignificantes. Sanguijuelas que querían aprovecharse de mis padres.

—Estaba consolando desde ya a tu madre. Tenía seguro que por aquí no ibas a pasar. Pero me imaginé que necesitas dinero para el apartamento y el seguro del auto, así que... ¡aquí estás, hijo mío!

Quien siempre se caracterizó por ser el hombre más tóxico y machista, se encontraba frente a mí con unos guantes de cocina puestos. ¿Desde cuándo él era así? ¿Quién pudo evangelizarlo?

—Sabes toda la verdad, así que no me voy a molestar en mentirte.

—Eso lo sé. —Me dio una fuerte y nada disimulada palmada en la espalda, una que hizo que mi madre se llevara las manos a la boca—. Dime, ¿cómo te ha ido? ¿Viste a tu hermana?

AQUEL QUE ACECHA [COMPLETA]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora