Fuera de la casa escuché voces. Cuando me acerqué a la ventana, confirmé que era Ana quien hablaba. La vi tomando café junto a una vecina, mientras conversaban sobre la tormenta que en unas horas llegaría a Mill Valley. Me di vuelta y me amarré un paño en la cabeza. Salí escurrida de la habitación y al ver la de ella abierta, entendí que era una señal para buscar aquello que tanto quería.
Por más que lo intentara, jamás vería a Ana como se debería ver a un abuelo: como una máxima autoridad y la personificación del amor. Para mí ella nunca tuvo sentimientos, y si alguien intentara decirme lo contrario, tan solo le preguntaría dónde estuvo ella cuando supo que mi madre me tenía oprimida dentro de casa. Ahí se caería el debate y sin dudas yo ganaría, porque si al momento que cuento esto no le considero más que una extraña, es porque ella no supo ganarse el lugar que le correspondía en mi vida.
Cualquiera consideraría normal que me diera un mareo apenas puse un pie dentro de su habitación. Sentí terror y náuseas porque todas las fotos de mi padre que faltaban en la sala, estaban colgadas en la habitación. Eran decenas, tantas que yo y mi limitada capacidad de concentración no pudimos contar.
A paso lento me acerqué a la pared y comencé a llorar. Lo hice porque tenía años sin ver el rostro de mi padre, años sin recordar con claridad cómo lucía su sonrisa.
—¿Te gustan?
Salté al escucharla y rápido me sequé las lágrimas.
—S-sí. Es muy bonito gesto que las tengas aquí y no las hayas quemado.
Puso los ojos en blanco y caminó directo al tocador, aquel que tenía las fotos de él en su boda.
—Las cosas no siempre salen como uno quiere, Jackie. Me imagino que entiendes eso más que nadie.
Como si pudiera ver el futuro predije las excusas que me daría, aquellas absurdas razones por las que nunca dejó a un lado su orgullo y se dignó a visitar a su hijo aun en su lecho de muerte.
—No me interesa esta conversación. Yo solo entré por un calendario. ¿Tienes uno? Dámelo —demandé mientras buscaba entre las gavetas.
—Hey, hey. —Me detuvo por los hombros—. ¿Qué quieres? ¿Marcar los días que faltan para reyes? —soltó una burlona carcajada.
Me zafé de su agarre y caminé de un lado a otro en la habitación, reflexionando en cómo quería comenzar el día con ella.
—Irme de este asqueroso pueblo sería un gran obsequio de parte del destino, así que sí, eso quiero. Ahora, ¿me darás sí o no un calendario? Mi teléfono tiene dos días que no enciende.
Levantó ambas manos al aire y suspiró con diversión.
—Tengo uno del año pasado, ¿te funciona?
Hice rápido los cálculos mentales y sí.
—¡Dámelo!
Negó con el dedo y se sentó de brazos cruzados en la cama.
—No, Jackie. Así no se piden las cosas.
Furiosa, salí de la habitación y di un portazo. Ana no me siguió, para mi suerte o la de ella. Pero si bien no me habló durante toda la mañana, se tomó el tiempo de cocinar para ambas y dejarme el calendario encima de la cama. Horas más tarde y mientras rebuscaba en su habitación por segunda vez en el día, encontré unas recetas que Anastasia le había entregado de mis comidas favoritas.
Esa tarde me la pasé llorando en mi cama, y la melancolía que creí que con las horas pasaría, se extendió a un tercer y cuarto día...
—Debes hacer algo. Tiene días sin salir de su habitación y no deja de llorar. Siempre está asqueada, ya te puedes hacer una idea de si le gusta estar aquí. Literalmente, hijo. Te levantas en la madrugada y la escuchas dar gritos, en las mañanas es más de lo mismo y por las tardes no se despega de la ventana. He querido ayudar, pero no me lo permite —escuché susurrar un día—. Ven y ayúdame.
Estaba del otro lado de la puerta, sentada en el suelo y escuchando cómo mi abuela le pedía a gritos a su hijo que fuera en su auxilio. Mientras estaba ahí reflexioné en todo lo que estaba ocurriendo. Pudiera parecer que mi actitud era infantil o que solo quería molestar, pero ninguna persona debería pensar eso cuando en mis zapatos nadie quisiera estar.
Saqué del bolsillo la foto de mi padre y estuve varios minutos concentrada en ella. Él sonreía, sentado en una de las butacas de su universidad. Según tenía entendido, ahí aún no conocía a mi madre, por lo que aquel joven no tenía ni idea del destino que le esperaría, ni que con los años se enfermaría de cáncer y terminaría muriendo.
A decir verdad, no eran muchos los buenos recuerdos que tenía con él en sus últimos meses de vida, salvo que una o dos excepciones. Al estar muy enfermo alguien tenía que hacerse cargo del ganado y la casa, mientras Elizabeth en un inusual acto de bondad lo acompañaba a sus sesiones de quimioterapia y consultas psicológicas. Eran muy raras las ocasiones en las que nos veíamos y pasábamos tiempo juntos, y no porque mi madre me lo prohibiera, sino porque no soportaba verlo en el estado que se encontraba. No después de que él fuera un hombre fuerte y hábil, no después de asimilar que después de su partida, yo me quedaría sin nadie.
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AQUEL QUE ACECHA [COMPLETA]
Mystery / ThrillerSigue la historia de Jackie, una joven que es víctima de una obsesión mortal. A medida que el acoso se intensifica, ella se verá atrapada en un macabro juego donde sus intentos de escapar solo la acercan más a aquel que la acecha. Explora los límite...
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