Capítulo dos: De lectores a idiotas.

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Sentía una opresión en el pecho casi asfixiante. Dolía, pero a la vez era satisfactorio, me hacía sentir como si fuese un ser vivo… como si realmente tuviese sentimientos y eso me asustaba y me gustaba a la vez.

El olor de varios tipos de flores inundó mis fosas nasales, miré a mi alrededor y me di cuenta de que me encontraba en un pequeño parque que no supe identificar. ¿Dónde estaba? No lo sabía.

Mis piernas comenzaron a moverse solas hacia un árbol en donde se encontraba un hombre de espadas a mí, intentaba ir hacia otro lado pero mi cuerpo no obedecía mis órdenes, era como estar atrapada dentro de un cuerpo que no es el tuyo, era como ser una simple espectadora. A medida que me acercaba, noté que su cabello era rubio y su espalda era ancha, además de ser alto, muy alto.

Pude ver a mi mano caer con sutileza, en el hombro de aquel desconocido y éste volteó indicándome que no era un hombre sino apenas un chico que lucía de mi edad o si acaso, uno o dos años mayor que yo.

Sus ojos, que eran una mezcla de color aceitunado con gris, me miraron haciendo que algo en mi estómago se revolviera.

¿Qué demonios…?

—Hola, cariño —me saludó pasando su pulgar por mi mejilla y haciendo que se esbozara una sonrisa en mis labios.

Quería preguntarle quién era y qué demonios era todo esto, sin embargo, cuando abrí mis labios otras palabras salieron por ellos.

—Sabía que estarías aquí.

Comenzó a acercarse, pero no pude alejarme como deseaba; mis pies no obedecían. ¡Santo cielo! En vez de eso, mis parpados se cerraron, permitiendo que aquel desconocido me besase.

Sus labios eran tan suaves…

¡No! Quiero salir de aquí, no sé qué es todo esto.

Afortunadamente se alejó de mí antes de que tuviese un colapso mental.

—Te extrañé —confesó.

—Ya no debes hacerlo.

Antes de poder escuchar algo más, todo se volvió negro y esa familiar sensación de estar cayendo se apoderó de mí.

Desperté sobresaltada y con mi corazón latiendo a mil por hora. ¿Qué clase de sueño había sido ese?

Me levanté de la cama y me puse mis pantuflas, necesitaba salir de mi habitación, necesitaba hablar con alguien, tomar agua o caminar. No dudé mucho en decidirme a bajar las escaleras en dirección a la única habitación habitada en la primera planta. Entré sin tocar.

Miré a todos los lados con pánico hasta que vi un tumulto sobre la cama, me senté a un lado de ella, y comencé a mover el cuerpo que se encontraba durmiendo en ella.

—¿Mmh? —murmuró somnoliento.

 —Gautier, despierta de una vez por todas, ¡demonios! —exclamé en voz baja, sin querer que nadie más se despertara en la casa.

—¿Qué pasó, Danielle? —preguntó sin moverse, ni siquiera abrió los ojos.

—Soñé con un chico —solté. Abrió los ojos de golpe y se sentó en menos de un segundo.

—¿Tenían sexo? ¿Era un sueño erótico? —interrogó con los ojos abiertos de par en par.

¿Estaba de chiste, o qué?

—¿Qué? ¡No! —susurré en voz alta, casi de inmediato. Soltó un suspiro desilusionado y volvió a tumbarse cerrando los ojos—. No era esa clase de sueños, ¡Dios!, ¿quién te crees que soy?, además; ¿por qué querrías saber de algo así de todas formas?

Designada ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora