Capítulo tres: Incógnitas.

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La hora del almuerzo resultó ser mucho más fácil de lo que había planeado, y esto era gracias a Jessica principalmente, que se había comportado como mi guía institucional. Me había presentado a unos cuantos de sus amigos que resultaron ser más agradables conmigo de lo que imaginé, y mientras comía silenciosamente, en la mesa donde Jessica y algunos otros chicos hablaban, me pregunté dónde demonios se habría metido Gautier, no nos habíamos visto desde que nos despedimos en la biblioteca y me resultaba extraño no habérmelo cruzado por lo menos una vez en los pasillos o, aquí mismo, en el comedor. Sólo esperaba que le hubiese ido bien, comenzaba a preocuparme no saber qué tal le había ido hasta ahora, ni siquiera había enviado un mensaje sobre cómo lo habían tratado los estudiantes aquí y eso me ponía de los nervios. ¿Qué tal si se había cruzado con un chico tal y como me había pasado a mí antes de entrar a clases, y habían tenido un confortamiento? ¿Qué tal si las personas lo habían tratado de manera extraña por ser tan extravagante como suele ser por naturaleza? Por otro lado, ¿qué tal si le había ido de maravilla? ¿Qué tal si ya había hecho unas cuantas amistades por la facilidad que tiene para comunicarse?

Sentí varias miradas puestas en mí y cuando levanté la vista de mi plato de comida me di cuenta de que todos en la mesa miraban en mi dirección. ¡Oh demonios! Volví a hacerlo, volví a perderme en mis propios pensamientos y no sabía en qué momento la conversación había dado una vuelta hacia mí, me habían preguntado algo, de eso no había duda alguna, pero no le había prestado la más mínima atención a la conversación por andar pensando en un montón de cosas que podría resolver cuando volviese a casa.

Tragué saliva con nerviosismo, odiaba quedar atrapada en esta clase de situaciones, pero nunca podía evitarlas.

—¿Me he perdido de algo? —pregunté con incomodidad. No llevaba bien ser el centro de atención de una conversación con varias personas, siempre me ponía nerviosa cuando varios ojos estaban puestos al pendiente de mí, una de las razones por las que hacer exposiciones en clase, siempre me resultaba tedioso.

Gracias al cielo, en vez de lanzar bufidos de fastidio soltaron una breve y agradable risita entre ellos.

—Te estábamos preguntando por tu encuentro con Hekings —me informó una de las chicas. Era casi de mi estatura, de piel morena, cabello largo negro y ondulado, y unos enormes ojos color chocolate, se llamaba Amelia, si mal no recuerdo.

Comencé a analizar sus palabras y fruncí el ceño mientras hacía memoria.

Hekings, Hekings, Hekings...

Chasqueé la lengua cuando comprendí que hablaban, nada más y nada menos, que del idiota que me había insultado en pleno pasillo. Recordé que el profesor lo había llamado por su apellido cuando llegó tarde a clases y fue así como pude ubicarlo. No sabía su nombre, y por lo que he podido notar hasta ahora, todo el mundo lo llamaba por su apellido, supuse que para las personas que estudiaban aquí, ese chico representaba alguna clase de autoridad y el simple hecho de eso me hizo querer rodar los ojos. Ese chico no era más que un capullo insoportable y muy grosero que no sabía cómo tratar a las personas adecuadamente.

—No fue nada relevante, en realidad —contesté restándole importancia, sin ganas de explayarme en el asunto. Recordar esa pequeña discusión me causaba jaqueca—. Sólo nos dijimos un par de cosas y listo, nada del otro mundo.

Amelia abrió los ojos de par en par, al igual que todos en la mesa, y yo les miré confundida.

—¿Ocurre algo?

—¡Has hablado con él! —dijo la chica a modo de explicación, atónita. La miré esperando a que continuase, pero ella no pronunció más nada.

—¿Y? —inquirí sin encontrarle lo impactante a la noticia, que yo sepa, el chico no es ningún Súper-Héroe o algo por el estilo.

Otra de las chicas, Raini, tomó la palabra.

Designada ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora