Capítulo veintiséis: Día de terror.

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Cuando desperté por la mañana, creí haber visto a Michael observándome desde el sofá donde finalmente durmió. Pero al abrir bien los ojos, lo encontré mirando por la ventana, por lo que asumí que se había tratado de tan sólo un efecto alucinógeno del sueño.

—Buenos días —saludó en voz baja, sin apartar la vista de la ventana.

—Hola —contesté del mismo modo, pasando la mano por mi cabello. Era obvio que el ambiente estaba lleno de tensión e incomodidad por ambas partes y supuse que eso se debía en gran parte por la pequeña escena que se había llevado a cabo la noche anterior.

Me sonrojé ante tal recuerdo. Aún no podía creer del todo que podría llegar a tener tanta fuerza de voluntad y valor para lograr tal avance. La Danielle sensata se sentía orgullosa de mí y la Danielle irracional no sabía qué pensar al respecto.

Al recordar la mirada dolida que los ojos de Michael me habían transmitido al haberle rechazado de tal forma, una punzada de culpabilidad se cernía sobre mí, pero junto a ese recuerdo llegaban asociados otros con las veces que Michael me había hecho sufrir con sus actos y palabras crueles, y entonces se me pasaba.

Desde que acepté venir a este viaje sentía una pequeña punzada de mal presentimiento y, a pesar de que prácticamente ya todo había acabado, ese pequeño sentimiento no disminuía, ni mucho menos cesaba.

—Deberías irte alistando —La voz de Michael hizo que saliera de mi ensoñación y fijara mi atención en él—, ya es hora de que vayamos a desayunar y salgamos de aquí.

Asentí y eché las sábanas a un lado para levantarme. Cuando mis pies entraron en contacto con el piso helado, pegué un respingo que provocó que una pequeña risilla se escapara de los labios de Michael.

Lo miré con ojos entrecerrados, lo que lo hizo reír con todo su esplendor.

—¿Y tú de qué te ríes? —pregunté entre enojada por el sueño matutino y confundida por no entender nada.

—De ti —contestó con simpleza encogiéndose de hombros—. Tu cara luce graciosa y tu cuerpo parece entumecido.

Solté un suspiro-bostezo y me estrujé el rostro intentando espabilar la poca pereza que me quedaba.

—Así me veo cada vez que despierto, idiota —aclaré.

Sonrió de una manera extraña, que hizo que algo en mi interior se removiese.

Tenía que comenzar a controlar eso.

—Ya veo —Fue lo único que dijo.

Sintiéndome algo incómoda, me di la vuelta y entré al baño.

Después de cepillarme los dientes, peinarme, darme una ducha con agua fresca, vistiéndome de manera decente y sintiéndome renovada, salí del baño y me encontré con la habitación vacía y una nota de Michael diciendo que me esperaba en el comedor.

Cuando fui a buscarlo, lo encontré sentado en una mesa para dos comiendo panqueques y jugo de naranja de manera obstinada. Lo observé desde la distancia por algunos pocos segundos, mientras él se mantenía absorto en lo que hacía.

De alguna manera, parecía como si fuese un animal enjaulado que quiere salir en libertad.

Y aun cuando sabía que no era de mi incumbencia, no podía evitar preguntarme qué era lo que tanto le mortificaba. Apenas éramos adolescentes de diecisiete años de edad, ¿cuáles preocupaciones realmente importantes podía tener este chico como para no permitirse ser feliz? ¿Qué tan roto estaba como para dañar a las personas que quiere e, incluso, dañarse a sí mismo? Y lo más curioso e intrigante del caso; ¿por qué no quería sacar afuera todo ese dolor y permitir que alguien lo ayudase a unir todas esas piezas rotas?

Designada ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora