Capítulo 5 - El Tiempo Donut

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Plantado justo sobre las dos últimas pisadas delanteras del mítico caballo que ya no existía, un muchacho de perfectas y desnudas proporciones me sonreía con la cabeza ladeada.

—¿Quién...? —Le reconocí en el momento en que mis ojos se posaron sobre él. Hace años que me aprendí de memoria las ondas del brillante cabello negro de ese chico formando un tupé, la generosidad de sus amplias orejas, la estrecha forma de grandes ojos ligeramente caídos enmarcados por oscuras ojeras (que no por ello le restaban hermosura) bajo su amplia frente de ceño ligeramente pronunciado; así como el modo en que sus labios por poco infantiles pero extrañamente apropiados caían en una expresión expectante. Todo en él era perfecto; pero no hablo de esas caras perfectas que no podrías diferenciar entre otros tantos modelos de pasarela con rasgos similares; la de PrideTwink era una perfección singular, llena de personalidad y morbo en una original conjunción de rasgos irrepetibles.

—¡Tú!

—Emmm... sí, yo. —Su brazo sobre mis hombros me hizo ruborizar en extremo y noté que me animaba a entrar con una ligera presión. No pude evitar admirar de reojo el bamboleo de su divina barra de carne con cada paso. —¿Estás bien? Nestor, estás tiritando. Si tienes frío, puedo calentar el ambiente —ofreció una vez la puerta se cerró tras nosotros.

Conseguí tomar aire de nuevo al centrarme en observar aquella estancia que contenía un gran sofá de aspecto extremadamente cómodo, un enorme lecho de aspecto oriental y una chimenea cuya potente flama se incendió en ese instante sin emitir ningún humo. En medio, él me examinaba desde su más absoluto impudor, así que él ya estaba calentando el ambiente (¡y mucho!). Nunca nadie le había visto tan descubierto, y mi bragueta debía estar a punto de explotar.

—No es frío; es la sorpresa. No esperaba encontrarte... así.

Divertido, elevó una ceja y chasqueó un dedo. Al instante, las ya conocidas mallas negras de PrideTwink cubrían su cuerpo, aunque no llevaba su capa, sus típicos guantes negros sin dedos ni sus altas botas blancas. Tuve que realizar un verdadero esfuerzo para seguir manteniendo mis ojos en los suyos, ignorando en la medida de lo posible aquella turgente protuberancia en su entrepierna que me apuntaba con descaro.

—¿Mejor así?

—¡Sí! Mejor.

—Quizá incluso... —dudó moviendo el brazo de manera horizontal, y ahora sí que apareció su uniforme al completo, incluyendo la sedosa capa blanca de bordes oscuros que ondeó tras su espalda como las alas de un poderoso ángel (pese a no haber viento en esta sala). El súper hombre se percató que yo había dejado de respirar y mostraba una intimidada expresión fanática. —Sí, quizá es demasiado; mejor me pondré cómodo. —Y con ello, su ropa se tornó en una camisa negra sin marca y unos sencillos vaqueros rajados en la zona de las rodillas.

—Así todavía mejor —acepté pensando que ni siquiera esa ropa tan común le terminaba de bajar a un nivel mínimamente mundano. ¡Es que era perfecto!

—Toma asiento, por favor. Has venido de muy lejos y debes estar rendido. —Le obedecí y apoyé mi trasero en el borde de la parte izquierda de aquel sofá, percatándome de la cercana mesita con aceitunas, papas fritas y refrescos situada a mi diestra. ¿Estaba ahí antes de que llegásemos? Él se dejó caer en la cama ante mí, con las piernas bastante abiertas.

Tardé un rato en poder centrarme para preguntar —Entonces... ¿eras tú el unicornio? —Asintió pícaramente. —Pero ¿por qué? Yo... te he... te he montado.

—Y a pelo —añadió, y tuve que contener una carcajada. ¡PrideTwink tenía sentido del humor! Siempre le había visto con la faz grave, en una seria actuación durante sus intervenciones para salvar a la gente.

PridetwinkDonde viven las historias. Descúbrelo ahora