—Ensarta. —Se levantó ofreciéndome el brazo flexionado y me guiñó un ojo
Le miré sin comprender y luego bufé divertido, aunque obedecí cruzando mi brazo con el suyo para andar juntos.
—¡Eh! ¡Que no hemos pagado! —exclamé deteniéndome, al darme cuenta.
La extrañeza en sus ojos continuó hasta que entendió que yo bromeaba, y reímos a la par. Luego, señaló con la barbilla hacia la mesa donde habíamos estado cafeteando y, al mirar, observé una pequeña acumulación de billetes de quinientos euros formando una montañita.
—¡Buena propina!
Pasamos un buen rato abstrayéndonos de aquello que nos había juntado, divirtiéndonos con un mimo callejero, observando los detalles de cierta escultura y criticando la moda entrante para la ropa, hasta que tuve que sentarme en el banco de un parque a coger resuello.
—¿Estás cansado?
—Sí —admití con pesar, porque me lo estaba pasando genial—. Están siendo emociones muy intensas.
—¿Te gustaría dejar de estar cansado? —Se agachó hasta quedar a mi altura y entrelazó sus dedos en mi cabello.
—Hombre, pues no estaría mal. Me vendría bien ir a dorm... —empecé, pero noté un vibrante influjo como de menta fuerte recorriéndome desde donde él me estaba rozando, provocando que mis músculos se llenasen de energía y mi mente se despejase.
—¡Hostia! Pero... ¡Wow! —Me levanté de un brinco con ganas de correr, de subir a pie la torre Eiffel o fornicar con él a lo bestia en medio de una selva, rodeados de animales aullando. —¡La madre del cordero!
Sonriendo con picardía, me agarró para atraerme hacia él y me elevó agarrándome de los glúteos, entrelazando mis piernas alrededor de su cadera. Me besó tan intensamente que por poco no me corro en los pantalones. Eso no parecía un beso normal, pues cada una de las células de mi cuerpo chispearon al unísono, cantando como un coro de barítonos en celo. La sensación duró hasta que separó sus labios de los míos.
—¿Te ha gustado?
—Qué... ¿Cómo...? —Asentí con los ojos lagrimeando. —¡¿Qué ha sido ese beso?!
—No creerás que mi poder sólo es útil para revolotear y destruir universos, ¿no? —preguntó fingiendo inocencia—. Si así lo quieres, puedo hacerte sentir tanto placer como para subir al cielo.
A propósito de cielo; una fresca ráfaga de aire se me coló por la espalda y por fin pude apartar la mirada de sus ojos, observando lo que nos rodeaba y que era precisamente una interminable bóveda celeste. De un respingo me erguí agarrado a sus hombros y observé con la boca abierta la luz diurna que había sustituido la nocturnidad de París. Allá abajo, a kilómetros de nosotros ondulaba un mar de esponjosas nubes bañadas por la luz, y mucho más abajo podía ver la redondeada forma de superficie del planeta cuyo horizonte se curvaba ligeramente.
—¿Volamos? ¿Qué hacemos volando? ¿¡Por qué!? ¿Dónde...? —Debíamos estar a punto de llegar al espacio, pero no me faltaba el oxígeno; no me estallaba la cabeza por la diferente presión ni hacía tanto frío como para que resultase desagradable. Abrazado a PrideTwink, todo era emocionante y confortable.
—No hables, no pienses; simplemente, disfruta —me ordenó deshaciendo nuestras ropas con un simple "clic" de su voluntad y ensartando su enhiesta pértiga en mi fuero más interno que, milagrosamente, ya estaba preparado para cualquier asalto. —Grita, bisoño; grita para mí.
Ni siquiera me planteé por qué me llamaba así, ya que su tren atravesando mi túnel me robó la razón en gloriosas estocadas de húmedo esplendor cárnico y despertó una ópera de insuperable suntuosidad partiendo desde mi próstata; le obedecí gimiendo, clamando y casi llorando de placer, cooperando tanto como pude en el dulce empalamiento salvaje con el que me torturaba.
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Pridetwink
FantasiHace quince años, Dios descendió a la Tierra en la forma de un muchacho capaz de los más variados prodigios, aunque Él nunca aceptó dicho título. Gracias a los milagros que realizó, las desgracias del mundo fueron menguando hasta casi desaparecer; d...
