—¿Tienes hambre? ¿Quieres comer algo?
—¡Sí! —hasta ahora no me había dado cuenta de lo hambriento que estaba, y es que habían pasado unas horas desde el desayuno. Se levantó y caminamos de vuelta hasta la entrada de la casa, bajo la cálida luz del sol que no parecía ponerse o perder potencia.
—¿Has creado una especie de medio día perenne? Aún no he visto el atardecer.
—Me gusta el medio día —admitió. —Pero tranquilo que no he paralizado el tiempo ni nada así; este sol es sólo para nosotros; una pequeña estrella para nuestro valle encantado privado.
Quizá debería haberme quedado admirado por su capacidad para crear "nano estrellas", pero ya empezaba a asimilar que el poder de este chaval no tenía más límites que su imaginación. Lo que realmente me sorprendió y me llenó de una cálida incertidumbre fue su forma de catalogar este lugar como "nuestro". ¿Diseñó y preparó este sitio para nosotros dos?
La mesita donde antes había bebidas tenía ahora un enorme toldo por encima y estaba rodeada de antorchas de estilo hawaiano que le otorgaban un ambiente festero y alegre. Habían aparecido un par de cómodas sillas sustituyendo a los recios bancos de antes, y sobre la mesa se ofrecía una selección de sencillos manjares como frutas, embutidos, panes, bollos y carne asada humeante con una colección de salsas en numerosos frascos de cerámica. ¡Se me hizo la boca agua!
Mi curiosidad me suele dominar cuando hay muchas cosas distintas que degustar, por lo que cogí uno de los platos y me serví un poco de cada cosa; la montaña de alimentos que acumulé terminó siendo tan grande que casi se me derrumba.
—¡Tienes buen apetito!
—Me he pasado, ¿no? —murmuré ruborizado. —Es que me gusta probarlo todo.
—¿Todo, todo?
—En cuanto a comida, me refiero. —Su sonrisa jocosa me fastidió. —¡No es divertido! No puedo evitarlo; siempre me empacho cuando voy a un buffet libre. —Finalmente, su divertida expresión me superó y tuve que unirme a las risas. Al ver que él también se servía un plato, engullí lo que tenía en la boca para preguntar —¿Tú... necesitas comer?
—No. No necesito hacer nada que no desee necesitar. Comer, beber, respirar, dormir... todo es voluntario para mí.
—¿Y por qué comes ahora?
—¡Es un placer! —Resopló como si fuera evidente—. Puede que no lo necesite, ni esas otras actividades que te he dicho, pero me hacen sentir vivo. Me hacen sentir que aún soy humano. Además, sería una descortesía no acompañarte.
—¿Quieres sentirte humano? ¿Para qué? Ojalá yo pudiera dejar de tener todas estas limitaciones... ¡Una vida sin dormir! La de tiempo que ahorraría para otras cosas.
Su seriedad me impresionó, así que supuse que había tocado otro punto importante.
—Soy peligroso —admitió—. Recuerda lo que te he mostrado; podría destruir el multiverso en un arrebato de furia, de pena o de aburrimiento.
—Pero tú no lo harías; eres buena persona —contesté, notando algo de miedo en las entrañas.
—No soy buena persona —confesó provocándome verdadera sorpresa, pues toda su trayectoria como PrideTwink y el modo en que me había tratado hasta ahora demostraba lo contrario—. No hay gente mala o buena, Néstor. Mi cerebro, y por tanto mi forma de ser, es como la de un humano; y todos los humanos vagan entre la infinita gama de grises entre uno y otro extremo. Hasta el ser más bondadoso podría hacer algo malvado, y lo hará; y viceversa. Yo mismo he sido egoísta, ambicioso, lujurioso, envidioso y cualquier otro epíteto negativo que puedas imaginar, en algún momento de mi larga existencia.
—Bueno... —Le dediqué una apenada sonrisa y anuncié: —Lo que sí puedo asegurar es que eres muy modesto, porque no conozco a nadie que sea tan majo como tú. Puedes haber sido pícaro o malicioso en el pasado, pero (al igual que me has dicho que tú eres el Ismael que veo ante mí hoy, y no el del pasado), lo mismo se aplica a tu forma de ser. Ahora eres bueno, y sé que no asesinarías a una infinidad de seres en una pataleta sin deshacer todo ese mal al instante.
Durante unos segundos pareció conmovido ante mi juicio de su personalidad, pero volvió a ponerse serio.
—No lo haría hoy. No lo haría porque me siento humano, porque tengo empatía con este mundo, con esta especie... y contigo. Pero si en algún momento dejase de sentirme afín a la humanidad y a la vida, ¿qué podría pasar?
—Te repito que tienes el bien en las venas. —Tuve que parar de comer por un momento. — ¡Lo noto! Eres un tío responsable; un defensor de la gente. Nunca harías daño a nadie, incluso si dejases de empatizar con ellos.
—De nuevo hablas desde tus limitaciones humanas. —Negó con la cabeza, algo decepcionado. —Tu forma de razonar es correcta según tu visión, pero, desde mi perspectiva, con mi vida y el infinito horizonte que mis poderes me brindan, yo no pienso como tú crees que pienso.
—No sé si te entiendo.
—Imagina que un hombre normal se deprime terriblemente, o se vuelve apático con su vida, o se enfada en extremo... ¿Qué puede hacer? Podría suicidarse porque ya no le importa vivir y quiere dejar de sufrir; o dar un puñetazo a la pared para romperla y partirse unos cuantos huesos en el proceso. Incluso, si se vuelve loco de celos, podría matar a un enemigo, a un amigo o a su pareja, o causar una pequeña masacre; pero eso es todo. ¿O no?
—Sí, hay gente que hace esas cosas. Gente irracional, loca...
—Imagina que eso me pasa a mí; que me deprimo por mi soledad, por mis fracasos amorosos, o que me enfado con el mundo por alguna afrenta real o supuesta. Imagina que me deja de importar todo o que me harto del universo y tengo una de esas pataletas que decías. Mi incontrolable puñetazo a la pared sería tan potente que arrasaría con todo antes de darme cuenta; y quizá no llegase a arrepentirme del destrozo.
Le miré fijamente y supe que estaba sufriendo por dentro; Ismael sufría al pensar en lo que podría pasar si se dejaba llevar por una de esas emociones extremas.
—Vale, entiendo por qué quieres sentirte humano y mantener la empatía con la gente, pero sigo pensando que no lo harías; que no... explotarías la Tierra. No puedo verte de esa manera.
—¿Y quién te dice que no lo he hecho ya? —me quedé paralizado por la sorpresa—. ¿Cómo sabes que no he destruido el universo dos millones de veces y luego lo he rehecho a mi antojo una y otra vez? ¿Cómo sabes que no creé este universo hace cinco minutos y que tus recuerdos sobre tu vida te los he imbuido yo?
—Lo... ¿Lo has hecho? ¿Has hecho algo de eso? —pregunté con dificultad, pues el labio inferior empezó a temblarme.
—¿Qué? ¡No! Claro que no —sonrió tristemente ante mi miedo—. Era sólo un ejemplo; pero podría haberlo hecho. Puede que lo haga en algún momento, si pierdo la razón. Un humano mortal que enloquece puede hacerse daño a sí mismo y a unos pocos que le rodeen en ese momento. Si yo enloquezco... podría causar el fin de todo y de todos.
—¿Crees que puedes enloquecer?
—Intento no hacerlo con todas mis fuerzas. Intento mantenerme equilibrado, satisfecho, medianamente completo, distraído... porque la alternativa sería fatal. Vivo aterrorizado de mí mismo cada día de mi vida, por vosotros.
Me levanté sin pensarlo y me arrodillé en la arena a su lado.
—Cuenta conmigo.
—¿Qué?
Le apreté el muslo con la mano para mostrarle apoyo y confianza y le ofrecí: —Si necesitas hablar alguna vez, desahogarte, que te cuente un chiste o que salgamos de copas y critiquemos una película... ¡lo que sea! Llámame. Si me dejas, te cuidaré para que no estés solo... mientras yo viva, claro.
¿Estaba llorando? ¿Había hecho llorar a Dios?
ESTÁS LEYENDO
Pridetwink
FantasyHace quince años, Dios descendió a la Tierra en la forma de un muchacho capaz de los más variados prodigios, aunque Él nunca aceptó dicho título. Gracias a los milagros que realizó, las desgracias del mundo fueron menguando hasta casi desaparecer; d...
