Capítulo 13 - Mentiras Piadosas

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—Entonces, también probaste a iniciar nuevas relaciones sentimentales callándote que eras Dios.

—¡Que no soy Dio...! —soltó un carcajada. —Pero entiendo a lo que te refieres. Sí, callándome que tengo este don. Pero, ni siquiera así llegó a funcionar.

—¿No funcionó por eso que me has contado antes? ¿Lo de que, tener tiempo de sobra para vivir y encontrar a otro, implicaba que no te esforzabas del todo en arreglar las cosas en tu relación de turno?

—Sí y no —admitió misteriosamente. —Lo que dices es cierto; yo no envejezco... pero los demás sí, y eso acabó también con muchas de mis relaciones. Imagina que encuentro a alguien de dieciséis años (por ponerme en el límite legal actual de tu país) y me enamoro, y ese chico va creciendo. Veinte, veinticinco, treinta... aún podría gustarme. Pero añade más y más años, y llegará un punto en que dejará de atraerme.

—Eso ¿no es muy superficial? —le hice notar.

—¿Y quién no lo es? Dime, Néstor, ¿te gustan los cincuentones? ¿Y los de sesenta, setenta u ochenta años?

—Hombre... no. Cuando yo sea más mayor y tenga esas edades, supongo que sí y... ¡Oh! Vale, lo pillo. Si yo siempre tuviera estos diecinueve años, no tendría motivos para sentirme atraído por hombres tan mayores en comparación conmigo. Y si fuera siempre joven, siempre me gustarían de una edad en torno a la mía.

—Es algo biológico; no se trata de superficialidad —aceptó con algo de tristeza—. Y aunque quisiera a una persona que hubiera envejecido, no me sentiría atraído sexualmente por él. Pasaría de ser mi amante y mi amado, a ser un amigo. En el momento que la relación de amor pasa a convertirse en amistad sin atracción, es mejor aceptar la realidad y dar un paso atrás.

—Pero... ¡puedes ser quien tú quieras! ¿No probaste alguna vez a envejecer tu aspecto para adaptarte a aquel que querías?

—¡Lo intenté! —aseguró con una expresión desolada. —No funcionó. ¿Quién acepta bien la vejez, si puede ser siempre joven? ¿Quién soportaría ver sus manos temblorosas y arrugadas, llenas de manchas, sabiendo que con un simple deseo volverían a ser fuertes, firmes y estilizadas? Y ya no se trata de la simple apariencia; ¿quién quiere sentir dolores en las articulaciones, perder vista y audición, costarte andar más cada día, sufrir de disfunción eréctil y perder las ganas de tener sexo... cuando podrías surcar los cielos con un simple deseo? Yo no pude aceptar esa vejez; sobre todo porque sentía que le estaba engañando a él y a mí mismo.

—¿En qué sentido le engañabas?

—Era como disfrazarme de algo peor (porque no nos engañemos, envejecer no es algo bueno; es la corrupción del cuerpo a manos del inefable tiempo que los humanos no pueden vencer), y esa charada me llevó a odiarme a mí y a despreciar a aquel por cuyo amor me obligaba a mí mismo a envejecer sin necesidad. Le odié por forzarme a pasar por un trauma innecesario que yo no necesitaba, y por poner un espejo ante mí para mostrarme que internamente era tan egoísta, superficial e interesado como cualquier otro humano.

—¡Pero no era necesario! —le hice notar—. Podrías haber detenido el envejecimiento de tu novio y vivir para siempre juntos y jóvenes. Podrías haber hecho eso, ¿no?

—Sí. Podría hacerlo; pero este chico era muy especial en ese sentido, y eso era precisamente lo que me atraía de él. Aquel novio que tuve con el que accedí a envejecer, quería una vida humana normal, pues valoraba las reglas marcadas por su propia mortalidad; él decía que esos límites le hacían disfrutar más su propia existencia. Le he envidiado mucho por esa forma de pensar, pero yo no quiero morir; y una vez tienes este poder, renunciar a cosas como la juventud eterna se vuelve imposible.

—Puedo entender eso.

Se detuvo, elevó una mano y cientos de burbujas de agua del tamaño de un puño se elevaron del lago y revolotearon a nuestro alrededor; en su mágico baile, la luz se descomponía en juguetones arcoíris que me dejaron sin respiración. No sabía a qué venía este despliegue tan vistoso, pero me informó a los pocos segundos.

—Tener este poder... es adictivo. Ya no se trata únicamente de no envejecer, de ser inmortal e invulnerable; sino de poder hacer algo tan sencillo como arar la tierra con un simple deseo, cocinar sabrosa y nutritivamente sin importar los alimentos que haya a tu alcance o... un simple gesto como esto que se me ha ocurrido con el agua para pasar el rato. Una vez te acostumbras durante años, lustros o siglos, a saltarte las actividades más monótonas e ingratas de la vida común de un humano, ¿cómo no hartarte cuando te ves obligado a pasar por ese trance. Si no tienes más remedio, uno lo acepta; pero pudiendo chasquear los dedos para realizarlas y así pasar a temas más interesantes, ¿cómo reprimirse voluntariamente?

—Pues, con mucho sacrificio y fuerza de voluntad.

—Pero, igualmente, cada uno de esos sacrificios deja huella —permitió que las bolitas de agua retornasen al lago—; te recuerda que podías tener algo mejor, algo más sencillo. Y cada esfuerzo realizado por causa de ese modo de vida, terminarías echándoselo encima a la persona por la que lo estás haciendo. El intento de que funcione dicha relación es la que te obliga a limitarte, a sufrir, así que (quieras o no, consciente o subconscientemente) terminas asumiendo que es culpa de tu pareja... y eso envenena la relación. No, no puede funcionar si tengo que dejar de ser quien soy y de hacer lo que puedo hacer para mantener una fachada que, al final, es falsa.

Sin darme cuenta, había dibujado un corazón en la arena de la playa. Molesto por la dirección que tomaba nuestra conversación, restregué mi mano por encima hasta borrarlo.

—Entonces, por muy enamorado que estuvieras, no funcionó tu relación ni cuando ocultaste tus poderes, ni cuando fuiste sincero y dijiste la verdad, compartiendo la inmortalidad con tu pareja. Eso es realmente muy triste; descorazonador. Pareces insinuar que no hay posibilidad de que encuentres el amor verdadero; uno que dure y te haga feliz.

—Quizá con otra persona. Quizá si hubiera tenido más suerte o voluntad. No sé, pero esa ha sido mi conclusión tras tantos intentos.

No lo dije en voz alta, pero ahora podía entender lo que me dijo ayer sobre que su corazón se mantenía entero por muy poco, lleno de tiritas y parches, y que quizá no resistiría muchas más decepciones. PrideTwink parecía un chico risueño, feliz, pero llevaba un dolor terrible en su interior; un dolor fruto de la incompatibilidad de su inmortalidad con la fragilidad humana.

Pronto entendería que dicha fragilidad propia, era lo que más miedo le daba.    

PridetwinkHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora