Capítulo 8 - Poder Absoluto

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—¿Omnipresencia? No, Néstor; en estos momentos estoy únicamente aquí, contigo.

—¿Pero podrías estar en todos los lados? —insistí, ignorando como pude lo afortunado que me sentía al ser el único con el que él quería estar justo ahora.

—Podría estar donde quisiera; aquí, en Marte, en el centro del Sol, en un exoplaneta a mil millones de años luz del nuestro...

¿Acaso no se escuchaba a sí mismo? ¿No se daba cuenta de la enormidad que me comentaba como si hablase del buen tiempo de hoy?

—Pero únicamente en un lugar cada vez, ¿no? Aunque... ¡espera! Recuerdo que hubo una gran discusión al respecto porque, en los últimos años que ayudaste a la gente, hubo miles de filmaciones de tus acciones en donde se anunciaba tu presencia simultánea en varios lugares. ¿Es así? ¿Podrías... puedes desdoblarte?

—Puedo ser uno, o puedo ser tantos como quiera —admitió—; dos, cinco, diez... Puedo dotar a cada "yo" de la individualidad que me plazca y conocer, sentir y percibir lo que ellos. Puedo dotarles de una fracción de mi poder, o que cada uno de mis otros yoes pueda hacer lo mismo que yo al completo.

—¿Podrías...? ¿Podría haber diez mil PrideTwinks revoloteando por ahí? —Aunque se lo dije con intención de exagerar para que aceptase otro límite más para su poder, su asentimiento de cabeza me descolocó bastante.

—¿Estás bien? —preguntó preocupado.

—¡Pues menudas orgías te montarás contigo mismo! —intenté bromear, pero ni siquiera yo le vi la gracia y me quedé mirando al piso avergonzado. ¿Por qué me temblaba la mano? Apreté el puño para controlar esos nervios internos que pugnaban por escapar a mi control.

—Estás muy pálido. Quizá deberíamos dejarlo por hoy. —¿Por hoy? ¿Significaba eso que podría hablar con él en otra ocasión?

—Sí, quizá... —lo cierto es que me vendría bien un descanso. Iba a levantarse, pero el tono de mi siguiente frase le detuvo. —¡No! Espera; necesito saber una cosa más antes de descansar.

—Como desees —accedió con un tono de voz tan sensual que casi me derretí.

—Has dicho que no eres Dios y que no creaste el mundo, ni el universo, ni la vida; pero también has dicho que yo me quedaba corto cuando te he preguntado si serías capaz de explotar la Luna o secar los mares... ¡Incluso has admitido que podrías afectar lo que sea que haya tras la muerte de todos y cada uno de los seres humanos! ¿Hasta dónde llega tu poder?

—Nestor, ¿estás seguro de querer saberlo?

—¡Sí! Has dicho que era difícil cuantificar tus límites, pero estaría bien entender una aproximación de hasta dónde podrías llegar. Necesito saberlo.

—Deja que te lo resuma así, Néstor —su mirada, que ya había estado seria desde hace rato, se tornó tan grave que me asustó—; puedo hacerlo todo, mientras sea capaz de desearlo o imaginármelo.

—¿Todo? —Mi estómago se encogió debido a alguna clase de terror primigenio o instinto de supervivencia. —Podrías... ¿apagar el sol? ¿Podrías crear otro sol nuevo? ¿Causar que nuestra galaxia explotase masivamente?

—Podría destruir este universo en un suspiro. —Casi podría jurar que mi corazón se detuvo durante un momento al escuchar esas palabras. —Podría destruir todos los universos de cualquier realidad alternativa y podría reconstruirlos según me diera la gana en un microsegundo. Podría... —sus ojos se humedecieron. —Podría hacer que todo hubiera sido, fuera y sucediese tal y como más me placiese. Podría escribir el sino de cada cosa, animal o persona en cualquier momento de la existencia, en su vida y en su muerte. ¿Entiendes el alcance de mi poder? ¿Puedes ver mis límites más allá de mis propios deseos y mi voluntad? Porque yo no los veo.

Creí notar cómo la voz se le rompía un poco en esa última frase. Intenté aparentar una estable tranquilidad, hacer como que me resbalaba todo ello para no quedar como un frágil niño estúpido, pero sobreestimé mi capacidad de soportar esta información.

—Yo tampoco los veo. Excepto... que eres un buen hombre, y no quieres causar mal a nadie. Tu límite, por tanto, está en tu propia moralidad y en no querer causar las consecuencias que implicarían ciertos actos. —Pareció feliz de escucharme decir eso. —Pero ¿no estás exagerando? Si nunca has hecho cosas como esas, ¿cómo sabes que tienes tal poder?

—Será más fácil mostrártelo. —Se formó una burbuja a nuestro alrededor como una pompa de jabón gigante, y de repente nos encontramos flotando ingrávidos en medio del vacío. No hacía frío, no me faltaba el aire, no fui atacado por radiaciones cósmicas, pero... ¡estábamos en el espacio exterior!

—¿Dónde...?

—Nos he trasladado muy lejos de la Tierra; a tantísimos años luz que ni en un trillón de años podrían llegar hasta aquí. Ahora, mira hacia allá, ¿qué ves?

Seguí la dirección de su mano extendida y percibí estrellas de infinitos colores, nubes siderales, soles cercanos, asteroides, planetas... no con la vista, sino dentro de mi pecho, como si Ismael hubiera despertado alguna clase de sentido en mi interior para adquirir una visión global del cosmos.

—¡Uoah! —exclamé maravillado, con lágrimas en los ojos por la ilimitada enormidad ante mí que podía sentir casi como si la estuviera tocando.

Entonces realizó un gesto descuidado con la mano y todo desapareció, como si un cono de negra nada hubiera borrado toda materia y energía de la existencia.

—Desde aquí hasta el infinito, en esa dirección, he borrado la realidad; y no me costaría nada haberlo hecho en todas direcciones. Espero que comprendas que no exagero cuando te hablo del alcance de mi poder.

—No. No... —murmuré horrorizado. Con mi nuevo sentido agudizado había percibido millones de civilizaciones enteras que ya no estaban; ¡una infinidad de seres sintientes que habían desaparecido!

—Igual de poco me cuesta rehacer que deshacer. —Con su mano como si fuera una garra, cogió el aire enfrente de él y lo retorció hacia la izquierda, en sentido contrario de las agujas del reloj. Al momento, todo lo que había desaparecido, retornó.

Al no contestarle, se volvió hacia mí y me encontró arrodillado, pálido y demacrado. Él se acuclilló a mi lado y, por su voluntad, dejé de percibir la lejana formación de mundos en los confines del universo. Volvía a tener sólo cinco sentidos. A los pocos segundos volvimos a estar en aquel dormitorio de su casa particular del valle encantado; yo sentado en el sofá y él arrodillado ante mí.

—Ha sido... ¿eso ha pasado de verdad?

—Ha pasado, y no ha pasado. Puesto que he deshecho lo hecho, podemos decir que nunca ocurrió. Lamento mucho habértelo mostrado así; creí que no te afectaría tanto. Culpa mía; pero tenía que demostrarte que no te estoy mintiendo o no podríamos avanzar. ¿Me perdonas?

—Yo... Sí claro. Es que... —noté unos pinchazos en la cabeza, una jaqueca realmente fuerte. —Pero si tú... ¿y si tú...? —mi pie golpeteaba el suelo nervioso sin siquiera darme cuenta y mi visión se tornó borrosa.

—Tranquilízate, Néstor; todo va bien. —Se acercó a mí y el roce de su mano sobre el dorso de la mía me calmó como agua fresca cayendo sobre una quemadura.

Pese a ello, aún me sentía sobrepasado. ¡Había tanto que asimilar!

—Dices que no eres Dios, pero puedes hacerlo todo. Y estás aquí, escuchándome... a .

—Necesitas algo de tiempo, y no tenemos ninguna prisa. —Ismael me ayudó a levantarme y, muy despacio, me guio hacia aquel gran lecho que ocupaba gran parte de la estancia.

—Sí. Es que... es demasiado.

—¿Te gustaría que fuera más soportable?

—Joder... sí.

—Puedo ayudarte. Relájate y duerme un rato.

Recuerdo que no opuse ninguna resistencia y me dejé caer entre aquellos suaves tejidos con los ojos cerrados fuertemente.

PridetwinkHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora