—No; no tengo novio. Hoy no.
—¿Cómo que "hoy"? —usar ese indicador de tiempo tan concreto era extraño.
—Los he tenido. Casi dos mil años son muchos para no haber iniciado algunas relaciones, ¿no crees?
—¿Cuántos? —la pregunta me salió sola. Al instante me arrepentí debido al modo en que frunció el ceño.
—No lo sé. No lo recuerdo... y no quiero hacerlo.
—¿Puedo preguntarte por qué?
—Porque duele. Abandoné a unos, otros me dejaron a mí, otros murieron en mis brazos... He perdido a tanta gente que quería, he desperdiciado tantos sentimientos que prefiero recordarlos lo menos posible. ¿Tú tienes novio, Néstor? —Me apresuré a sacudir la cabeza negativamente. —¿Y has tenido?
Por mucho tiempo que llevásemos chateando en su identidad de IS20, él no me había preguntado antes por este tema. Sabía que Ismael podía tener estas respuestas simplemente deseándolo, pero me lo estaba preguntando a mí directamente.
—Dos.
—¿Qué te pasó con ellos? ¿Por qué no estáis juntos?
Esta era una pregunta íntima, quizá la más privada que me había hecho. Me hizo sentir bien poner algo de mí mismo en esta amistad que (esperaba) estábamos creando este ser de divinos poderes y yo.
—Tenía trece años cuando me hice el primero, y duramos uno. Me dejó. Dijo que se había desenamorado de mí, pero en realidad llevaba meses viéndose con otro. Me rompió el corazón y tardé cuatro años en volver a pensar que el amor era posible y deseable. El segundo... bueno, tuvo que irse a estudiar lejos y decidimos cortar porque no creímos superar la distancia. De este no estaba tan enamorado, aunque me gustaba mucho y me hacía sentir bien. A veces... —esto no se lo había dicho a nadie todavía, pero me salió sin más—. A veces pienso que nunca volveré a enamorarme como la primera vez. A veces pienso que, cuando acepte a un chico a mi lado, será sólo para no envejecer en soledad, no porque le quiera de verdad. Temo que no seré capaz de volver a querer a nadie con todo el corazón.
Supongo que debió ver mi inquietud, porque se volvió hacia mí y me abrazó fuertemente. Me dejé proteger por esos fuertes brazos y ese pecho sin par, apoyando la cabeza en su voluminoso hombro. Creo que se me escapó un suspiro. ¡Hacía años que nadie me abrazaba así!
Aún seguíamos en esa posición cuando me susurró en el oído: —Imagina ahora que situaciones como esas te hubieran ocurrido cien veces. Imagina que llevases en tu memoria el peso de cien fracasos, ¡o de mil! Imagina tu corazón roto por tantos pedazos, pulverizado, pisoteado, menospreciado e incinerado hasta tal punto en que te aterroriza darte a alguien porque temes perder la cordura si te sucede algo así de nuevo.
—Suena horrible. El dolor de un corazón roto es el peor al que me he enfrentado hasta ahora, y no se lo desearía ni a mi peor enemigo. —Parece que a él también le hacía bien el abrazo, porque se quedó largo tiempo enganchado a mí, con su pausada respiración acariciando mi cuello y poniéndome la carne de gallina.
Con reticente lentitud terminé separándome de él, pues la intensidad de lo que sentía apretándome a aquel cuerpo podía robarme el control. Tras algunos minutos, él se levantó y me tendió la mano para ayudarme a salir.
—Mírate los dedos, ¡parecen pasas! ¿Te apetece caminar un rato?
Entrelacé sus dedos con los míos y me perdí en sus ojos celestes durante unos segundos (sobre todo para no quedarme admirando su goteante rabo medio erecto).
Al mirar a nuestro alrededor, todo había cambiado; estábamos en la calurosa playa del islote en medio del lago encantado con la pequeña cabaña allá detrás, sentados al lado de una mesa de madera sobre la que nos esperaban refrescos de todo tipo. Mojitos, margaritas, caipiriñas, cubatas, zumos y batidos de toda clase y color, con esferas de hielo empezando a derretirse en su interior y una sombrillita en cada uno rodeada por una juguetona pajita.
—¿Te apetece alguno?
—¡Wow! Tú sí eres un buen anfitrión —admití acercándome a ellos y tomando uno de color azulado con azúcar en el borde de la copa. Él escogió un batido de color beige.
—¿Quieres pasear por la playa?
Por cierto, que en lugar de habernos traído hasta aquí mojados y desnudos desde el jacuzzi, íbamos vestidos con coloridos bañadores hawaianos y cómodas camisetas de manga corta. Empezamos a andar y él me guio hacia la orilla, donde las prístinas aguas del lago refrescaban la fina arena del lugar con espumosas olas reiterativas.
—Ismael, me consta que puedes transformarte en otras criaturas... como lo del unicornio, ¿no? —asintió. —Y supongo que también puedes cambiar tus propios rasgos; podrías ser rubio o... más bajo, o de otra raza.
—¿Y?
—¿Cómo eres de verdad? —PrideTwink se detuvo, abrió los brazos ligeramente y elevó una ceja, como respondiendo que este era él de verdad. —A ver, me refiero a que... ¿cómo es tu verdadero aspecto?
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Pridetwink
FantasyHace quince años, Dios descendió a la Tierra en la forma de un muchacho capaz de los más variados prodigios, aunque Él nunca aceptó dicho título. Gracias a los milagros que realizó, las desgracias del mundo fueron menguando hasta casi desaparecer; d...
