—Lo mismo. Y, sin embargo, es posible que ocultar cierta información pueda ayudar a hacer más fácil una historia de amor. —Parecía algo incómodo. —¿No puedes contemplar esa posibilidad?
—No en mi caso; no conmigo. Y ojo, no digo que no pueda ser todo más sencillo si te callas algo; pero al final todo pasa factura y terminas dándote cuenta de que has vivido una mentira, y que nada de lo que sentías merecía la pena. —Ante su consiguiente silencio y su expresión dolida, me detuve provocando que él me imitase y esperé a que me mirase a los ojos. —Esto que te digo es cómo deseo yo que sea una relación o la vida en pareja, pero yo tampoco soy adalid de la verdad absoluta, como tú dices. Puede que me falte perspectiva cuando se trata de ponerme en lugar de... —Abrí mucho los párpados al comprender. —¡Te refieres a tus poderes! Estás hablando de si debieras ser sincero sobre ellos cuando inicias una relación.
Asintió lentamente durante un rato.
—Yo pensaba como tú al principio; sin dudas ni medias tintas: debía ser completamente sincero. El problema fue que, cuando se lo conté al primer chico con el que estuve tras obtener estas capacidades, se asustó y se fue. Intenté lo mismo con el segundo, y noté que se quería aprovechar de mí; pedía sin cesar como si fuera mi obligación concederle deseos. Me convertí en su genio de la lámpara particular. A sus ojos, mis poderes eran un "bien ganancial" cuyo uso le correspondía por derecho... y yo terminé apartándome de él porque sus peticiones empezaban a ser exorbitadas y sobrepasaban lo que yo consideraba moralmente aceptable. Él quería subir en el escalafón social, y cuando empezó a hablar de ser un noble, rey, emperador... tuve que romper la relación.
—¡Que mal!
—Y luego llegó otro que se me metió muy dentro. Le concedí la inmortalidad para que viviera conmigo para siempre. Se llamaba Saúl. —Resoplé admirado.
—Supongo que, si quisiste tener su compañía para siempre, es que le quisiste mucho.
—Pues sí. Saúl no me exigió más caprichos obtenidos mediante mis poderes de los que yo quise entregarle. Y sin embargo... el amor simplemente flaqueó, discutimos y terminamos separándonos al cabo de un par de siglos de relación. Y, tras él, aún hubo otro con el que intenté ser completamente sincero.
—¿Y "la verdad" fue de nuevo un impedimento?
—Encontré un joven pastor muy amable, modesto, sin pretensiones, que era feliz en su vida campestre y solitaria. Alvan, se llamaba. Creí que este chico podría soportarlo, entenderme y respetarme, así que se lo conté tras presentarme y comprobar que éramos compatibles. Y en principio pareció funcionar. Yo le concedí ciertas capacidades como a Saúl tales como no enfermar, no envejecer y me encargué de proporcionarnos una vida más fácil y divertida; pero desde el principio le notifiqué que tales dones no eran eternos, y que si rompíamos se acabarían pues no podía dejar a más personas inmortales atrás.
—Espera... ¿a "más" personas inmortales? ¿Eso significa que a Saúl le permitiste conservar esa capacidad sobrehumana? ¿Estás diciendo que hay un tío ahí fuera en el mundo, que no puede morir?
Ismael apretó los labios y respiró con dificultad antes de confirmarlo.
—No pude quitársela. No quise. Se la concedí de buena fe, sin letra pequeña ni condiciones previas; así que, cuando se lo sugerí, me echó en cara que le estaba condenando a muerte; que le robaba algo que previamente le había regalado como represalia por haber roto nuestra relación. Me sentí tan mal que le prometí que no le quitaría ese don.
—Entonces, ¿estás diciendo que tienes un montón de exnovios inmortales vagando por el mundo?
—¡¿Por quién me tomas?! —exclamó aparentando enfado, pero luego rompió a reír. —Eso lo hice una vez, con Saúl. Cuando comprendí que nunca encontraría una pareja con quien vivir para siempre porque el amor no sobrevive a la eternidad, y que la consecuencia de esas rupturas sería llenar el mundo de gente que nunca moriría, no volví a hacerlo.
—Entonces...
—Entonces he tenido muchas parejas, novios, maridos, amantes... y tuve un tiempo con cada uno de ellos, a veces maravilloso, a veces tormentoso; y luego nos separábamos cuando envejecían, cuando nos cansábamos o cuando nos enfadábamos. Les disfruté, me disfrutaron, y nos dijimos adiós. Y el caso que hablábamos, con Alvan, fue particular por lo claro que fui con él: lo compartiría todo con él, pero no conservaría su inmortalidad desde el momento en que nos separásemos.
—¿El pastor aceptó esas condiciones?
—Él aseguró que no romperíamos, que todo iría bien y que no me exigiría nada más de lo que yo quisiera dar; pero que, si alguna vez separábamos caminos, retornaría a su primera naturaleza mortal sin protesta alguna. — Sonrió nostálgico al recordar. —¡Parecía el chico perfecto para mí!
—¡Bien por Alvan! —exclamé con una sonrisa algo forzada pues, por alguna razón, me aliviaba saber de antemano que aquello no funcionó. —¿Y en qué falló el muchacho?
—¿Él? ¡En nada! No, Alvan fue todo lo que yo había esperado y más. Fui yo quien falló. —Eso sí me dejó confuso.
—¿En qué fallaste?
—Dudé de él, de lo que sentíamos. Tras concederle portentosos dones con la condición de que sólo los podría disfrutar mientras siguiéramos juntos, empezaron a pasar los años, superamos discusiones y todo iba bien; él parecía un comprensivo amante dedicado a vivir tranquilo y feliz a mi lado. Pero yo... yo no podía dejar de pensar que él se comportaba así para no perderme, porque sin mí perdería su inmortalidad y dejaría de disfrutar de los privilegios que compartíamos.
—Dudabas de sus sentimientos hacia ti y de sus intenciones al seguir a tu lado, pese a que no había hecho nada para hacerte dudar.
—Intenta entenderlo —me rogó—. En cualquier relación hay discusiones, roces, distintas opiniones... y yo en algún momento pensé si no sería más fácil dejarlo; hasta que recordaba que Alvan perdería mis dones y yo no le deseaba ningún mal. Y entonces me ponía en su lugar, y pensaba si yo no actuaría como fuera necesario en su lugar para mantener esta relación y así no enfrentarme a la muerte. No creo que él fuera así, pero las dudas fueron creciendo con el tiempo, hasta que no pude más con la incertidumbre y me alejé de él.
—Pero Ismael, dijiste que podías saber y conocer cualquier cosa que deseases saber. ¿Por qué no saliste de dudas al respecto de sus sentimientos por ti?
Dio una patada malhumorada en la arena antes de contestar.
—¿Recuerdas lo que te conté al respecto de que si lo sabes todo, le restarás emoción a la vida y dejará de merecer la pena? —asentí—. Pues añade a eso que odio meterme en las mentes y los pensamientos de la gente; me siento como si violase su intimidad. Es una violación de su intimidad.
—Pero si le hubieras comentado tus dudas, si le hubieras pedido permiso para indagar con tu poder al respecto de sus sentimientos... no creo que se hubiera negado; al menos si realmente te quería —sugerí.
—Cierto. Y así lo hice... una vez, dos, diez... pasaban los años y, cada vez que dudaba, le rogaba que me dejase comprobarlo. Él cedía, y yo confirmaba que me quería, pero podía ver cuánto le dolía mi desconfianza. Al final fue superior a mí y ya no quise comprobarlo más; al cerciorarme le hacía daño, y yo me sentía sucio y vil por dudar de él.
—Vaya... —no sabía qué decir.
—Encontré el chico perfecto, con unos sentimientos puros hacia mí, y mis poderes se interpusieron haciéndome desconfiar de todo. Yo envenené lo que sentíamos como si desease que aquella relación fracasase. Te debo parecer un idiota.
No le respondí inmediatamente, pues no quería consolarle sin más sino forjar una opinión válida y verdadera sobre este asunto. Al cabo de unos minutos, me arrimé a donde él esperaba mirando al suelo.
—Puede que tengas poderes divinos, pero aquí, —posé mi índice sobre su frente— y aquí, —ahora sobre su corazón— sigues sintiendo como un humano. Habías pasado por malas experiencias, te habían decepcionado y no tienes porqué ser perfecto. Dudaste, pero no eres un idiota; es algo normal. Quizá no estabas preparado en aquella época para una relación que funcionase, o buscabas algo que ni Saúl ni Alvan tenían.
—Gracias por intentar comprenderme. —Cerró los ojos y apretó los labios mientras elevaba el rostro hacia el cielo.
—Al menos, siempre intentaste ser sincero al respecto de tu poder.
—Bueno... Tras tanto fracaso usando la verdad, también lo intenté muchas veces dejando de lado el punto más conflictivo.
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Pridetwink
FantasyHace quince años, Dios descendió a la Tierra en la forma de un muchacho capaz de los más variados prodigios, aunque Él nunca aceptó dicho título. Gracias a los milagros que realizó, las desgracias del mundo fueron menguando hasta casi desaparecer; d...
