Capítulo 23

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Graham supo que tal como había previsto, no podía quedarse. No si en verdad amaba a Damon. Su presencia sólo le depararía más escarnio y vergüenza, no podían seguir engañándose. Las crudas palabras de su abogado eran sensatas y ciertas. Entre permanecer a su lado y causar su ruina o negarse a su amor y evitarle nuevos oprobios, la elección se le hacía dolorosamente evidente. Prefería vivir sin tener que llevar en su conciencia la desdicha de la única persona que lo amó sin reparos. Confiaba en que tarde o temprano, Damon volvería a encontrar el amor. Uno del que no tuviese que avergonzarse. Y aunque no fuese a su lado, eso lo consolaba.

Comenzó a recoger sus cosas tan rápido como pudo aprovechando que Dave continuaba abajo. Estaba aturdido, apenas acertaba a recordar dónde guardaba lo poco que había llevado consigo. Se preguntó si por error habría dejado algo en uno de los cajones de Damon. Los revisó con descuido en busca de las pertenencias que le faltaba empacar. Tomó bruscamente una pequeña pila de ropa y de entre los pliegues cayó una primorosa cajita azul que fue a dar bajo la cama. Parecía estar oculta por lo que supuso que Damon debía guardar allí algo valioso, quizá un recuerdo de familia. Se echó al suelo y buscó hasta rescatar la caja.

Al verla de cerca notó que se trataba del aterciopelado empaque propio de las joyerías. No pudo resistir el impulso de abrirla y entonces vio lo que no hubiese deseado encontrar. No en ese preciso instante.

Eran dos anillos, de compromiso. Ambos estaban grabados. Uno con su nombre, el otro con el de Damon.

Atónito, se sentó a los pies de la cama y contempló ambas piezas. Supo que Damon pensaba ofrecerle el anillo en algún momento...pronto quizá. Imaginó la escena que ya no ocurriría nunca y las lágrimas volvieron a invadir sus ojos. Las sintió correr raudas por sus mejillas hasta que su gusto salobre se instaló en sus labios.

Tomó el anillo que llevaba el nombre de Damon y se lo probó. Se adaptaba perfectamente a su dedo. Acarició la gruesa alianza y se dispuso a devolverla a su sitio. Pero no se atrevió a dejarla. Sabía que llevarla consigo equivaldría a robarla pero...¿quién la necesitaba ahora? Damon no tendría ocasión de entregársela y él...él tenía derecho a llevarse consigo un recuerdo de todo lo que el amor le había ofrecido y de todo lo que voluntariamente y por amor, rechazaba.

Cerró la caja, provista ahora de un solo anillo y la dejó donde la había encontrado. Se cambió de ropa, terminó de armar su maleta y desde la ventana, la arrojó al jardín.

Bajó las escaleras, ocultando en el bolsillo la mano que ahora vestía una alianza. Dave aún estaba allí y fue el primero en verlo llegar. Lo miró de arriba abajo con una expresión escrutadora que a Graham se le antojaba acusadora.

-Buenas noches- el abogado fue el primero en hablar y a Graham le pareció que su mirada estaba llena de asco y desprecio.

-Buenas noches- respondió ofreciéndole un atisbo de sonrisa que no hizo mella en la severa expresión de Dave.

-Iba a la cocina por un café...- mintió- ¿puedo traerles algo?

-No a mí, gracias- dijo Dave secamente, como si le repeliese recibir algo de sus manos.

Graham dio unos pasos, cabizbajo. Su presencia volvía a humillar a Damon, esta vez frente a uno de sus amigos. Cerró los ojos dispuesto a entrar a la cocina pero un súbito arrebato de ira lo invadió. ¿Por qué debía seguir callando? ¿Por qué debía oír todo cuanto había oído? ¿Qué méritos tenía ese hombre para hablar de él? ¿Acaso lo conocía? Se volteó y mirando de lleno al abogado, espetó.

-Mi café tiene buena reputación...aunque yo no la tenga- dijo demostrando que lo había escuchado todo y desapareció tras la puerta de la cocina.

Dave se llevó la mano a la frente.

-Lo siento, Damon. No sabía que estaba aquí...

Graham se quedó solo, como pretendía. No había bajado por café. Salió al jardín por la puerta de la cocina, tomó la maleta que había arrojado desde la ventana y atravesó la salida trasera de la casa hasta perderse en la calle.

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