—Aristóteles —repito.
Él se pone en pie aprisa, tirando el banquillo, se apresura a levantarlo y se le resbala la guitarra que cacha antes de que se estrelle contra el suelo. Yo me quedo ahí parado ante la situación cómica, no puedo reír, sonreír, no puedo moverme, siento todo el cuerpo paralizado, no sé si esto está pasando o es el efecto del alcohol.
Está más alto, lleva una línea de barba en el mentón, lo hace más encantador, ha ganado peso, su espalda está más ancha, sus brazos fuertes y el pecho alzado. No ha perdido el encanto en su cara, la nariz afilada, los ojos separados y los labios finos, su piel está más morena, noto que ya no lleva su arete.
Siento mis ojos húmedos, dejo fluir mis lágrimas, ¡es Aristóteles! ¡Esta aquí! ¡Y está vivo! Sin darme cuenta ya estoy encima de él, lo envuelvo en un abrazo, lo aprieto contra mi cuerpo, acomodo mi cabeza sobre su hombro, sus manos también me envuelven y vuelvo a sentirme de quince años, viajo en el tiempo hasta un pasado que había olvidado, un remolino de emociones me golpea, me elevan y me desploman. Siento que experimento cada sentimiento de nuevo, como si fuera un bebé que siente la lluvia, saborea la leche o acaricia a su primera mascota. Me siento suyo y no quiero que este abrazo termine pero termina, siento como Aristóteles retrocede y yo hago lo mismo, me da una sonrisa sin dejar de mirar a la gente detrás nuestro, sigo su mirada pero no hay nadie viéndonos, me pregunto si vendrá solo, siento una punzada de celos al pensar que no, que dentro de unos momentos saldrá un hombre a quitármelo, presentándose como su novio, pero no sucede.
Sigo sintiendo demasiadas emociones a la vez y no consigo acomodarlas, así que tomo un respiro, me calmo para recuperar la compostura, lo más que puedo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntamos al unísono.
Nos quedamos mirándonos de nuevo un rato. Tengo tantas preguntas, sentimientos y excitación que siento que en cualquier momento perderé el aliento.
—No puedo creerlo —digo.
Aristóteles vuelve a ver por encima de mí con notorio nerviosismo, su sonrisa regresa, yo le devuelvo la sonrisa también.
—Vayamos afuera —me dice con un semblante más serio.
Asiento.
Caminamos hacia la puerta pero el hombre en la cantina le habla a Aristóteles.
—No te voy a pagar por una canción, Guille —vocifera.
Aristóteles me dice que espere y regresa a intercambiar palabras con el hombre. Ignoro el cómo acaba de llamarle aunque cuando regresa tiene ese aspecto de nerviosismo en su rostro.
Caminamos a la orilla de la arena, la noche ya ha refrescado, me siento más calmado ahora, por eso no he hablado pero Aristóteles tampoco, camina con los brazos cruzados y la guitarra amarrada a la espalda, no deja de masajearse los brazos, lo que me pone un poco incomodo, creo que ambos lo estamos, llevamos un rato caminando sin rumbo o al menos yo que no conozco está playa, el barman parecía conocerlo bien a él, me pregunto cuánto tiempo tiene en esta playa, ¿desde que desapareció? Cómo sea no soporto más este silencio que casi hasta se puede tocar como una pared invisible entre los dos, ¿pero cómo comienzas una conversación con tu ex novio que lleva desaparecido diez años?
—¿Cómo has estado? —preguntamos los dos.
Nos reímos nerviosos, concedo la palabra a Aristóteles pero él me la concede a mí, esto parece juego estúpido de novela, no puedo negar que tengo más curiosidad, dejo el barato monólogo para hablar primero.
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La Promesa
FanfictionLa historia de Cuauhtémoc López y su novio, Aristóteles Córcega, terminó en Huautulco, cuando Aristóteles cerró con un beso la decisión de seguir a Cuauhtémoc hasta la Ciudad de México. ¿Pero qué pasó después? ¿Qué sigue en la historia de ARISTEMO...
