CAPÍTULO 5 ARISTÓTELES

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Mi cuerpo y el de Temo chocan toda la noche, se besan, se sienten, se unen. Temo pasa sus dedos por mi cabello, yo pongo los míos en su cuello, él besa mis heridas y yo el lunar en su talón. Por la mañana el cuarto tiene ese olor a sudor con saliva, un olor a fluidos que delata el sexo, el cuerpo desnudo de Temo esta a mí lado, duerme boca arriba, mis dedos caminan por sus piernas, con mi nariz rasco sus costillas, su olor me envuelve, me hace sentir tan seguro como siempre.

      Veo el piano reposando en el suelo, mi piano, Cuauhtémoc me lo obsequió anoche por mi cumpleaños. Me levanto sigiloso para no despertarlo, tomo el piano y lo llevo hasta el pequeño escritorio que está del otro lado de la habitación, es blanco como el que solía tener, pienso en qué habrá sido de él y eso me hace pensar en Oaxaca, en mi familia, mi madre, mi padre, mi hermano Arquímedes, recuerdo la primera vez que canté para Temo en la azotea del edificio, sus aplausos y ovaciones elevaron mi ego, mi familia siempre me había recalcado lo bueno que era para la música pero ver la emoción en el rostro de un extraño, de un chico tan sincero como Temo me enchinaba la piel. Me pidió que le enseñara a tocar el piano y así lo hice, en cuanto puse mis dedos entre los suyos algo cambió, teníamos semanas de conocernos, Cuauhtémoc me parecía un chico agradable y un tanto misterioso, por aquel entonces guardaba en secreto lo millonaria que era su familia, pero había demostrado ser mi amigo, un buen amigo. Esa noche empezó como un pequeño hormigueo, se sentía bien, era algo nuevo para mí. Aquella noche ya en mi cama el hormigueo se había estado extendiendo por todo mi cuerpo, haciéndolo adormilar, pensé en Temo toda la noche, en lo suaves que eran sus manos, lo pequeñas que eran, lo bien que se sintió tocarlo, un fuerte calambre me brincó en el corazón, un choque de electricidad me sacudió con fuerza, pensé en Temo por el resto de la noche, en cómo sería su cuerpo, ¿tan suave como sus manos? ¿Sabría a chocolate tanto como olía? Tomé nuestras clases de piano como la excusa perfecta para tocarlo, sentir sus dedos suaves entrelazados a los míos, le permitía a Temo tocarme y vaya que él abusaba de ese privilegio, recargaba su codo en mí, pasaba su brazo por mis hombros, me abrazaba. Veo su cuerpo desnudo y lo cubro con una sábana blanca.

      Me detengo un momento en el espejo, veo mi reflejo en el, ya no llevo la línea de barba, mi rostro ha adquirido más grasa, mis huesos están bien ocultos tras mi piel, las ojeras permanecen ahí pero no me parecen malas, toco mi cara con cuidado, me acaricio. Siento que mi cuerpo brilla, me llevo las manos a las caderas, las notó más anchas, toco mi sexo y mis piernas, me siento como un primerizo que se da cuenta de lo voluminoso que es su cuerpo tras el acto, alzo la mirada otra vez al espejo, me encuentro sonriendo.

      «Ahí estás digo para mis adentros. ¿Dónde te habías metido? ».

      Soy Aristóteles Córcega, soy el hombre que juró amar a Cuauhtémoc, mi Temo.

      He salido de la habitación para buscar la cocina del hostal, ahora voy de regreso al cuarto de Temo con una sorpresa entre manos, me he llevado la llave de la habitación para poder entrar de nuevo. Cuando abro la puerta, Temo se sobresalta, está sentado sobre la cama, se cubre aprisa con la sábana con la que lo he cobijado, suspira al verme.

      —Perdón digo. No quería despertarte.

      —No, no. No me despertaste, me acabo de levantar hace un minuto.

      El pelo se le ha levantado en una esquina, lo hace ver chistoso, noto también que sus ojos están rojos, se le asoman unas lágrimas.

      —Bueno, en ese caso, buenos días, Temistócles.

      Él pasa sus dedos por la cama.

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