CAPÍTULO 3 ARISTÓTELES

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Cuauhtémoc aquí.

      En este pueblo tirado al borde del mar, ¿cómo es eso posible? ¿Es acaso otra broma de mal gusto, Dios? Todos estos años me concentré en no pensar en su nombre, en los hoyuelos que se forman en sus mejillas al sonreír, en sus lunares, en su ceja tupida, el olor a chocolate de su piel. Todo en él sigue igual aunque intente ocultarlo con esa barba de candado, no me termina de convencer, creo que oculta mucho de su bello rostro. ¿Por qué tenía que aparecer? ¿Cómo llegó hasta aquí? Le pregunté indirectamente por su familia, necesitaba asegurarme de que venía solo, si alguien más de la familia López estaba aquí podría contar de mí, dónde estaba. Hacía cinco años que perdí interés en ocultarme, me ocupé en formar mi vida, reformarme, trabajar, ser un amigo para Ulises, ya nadie me estaba buscando, mi huella por este mundo fue tan breve como el ciclo de la vida de una mosca. Ahora, las ansias volvían a mí, no es como que al mundo le interesara cómo estaba pero una nota era una nota. Me gustaba esta vida, el anonimato, quería conservarlo.

      Siento seca la garganta pero no tengo sed de agua, quiero beber, abrir una botella, unas cien, quiero que el alcohol me ayude a pensar o algo más fuerte, un temblor me sube por las piernas hasta la punta de mis dedos, siento comezón en las cicatrices de mis brazos, hacia mucho que no me daban tantos dolores de cabeza como estos últimos tres días. Pero confío en que Cuauhtémoc no me delatará, no ahora por lo menos, porque de lo contrario ya lo habría hecho, así que calmo mis neuronas, la verdad es que la pase muy bien ayer. Haber ido a la feria fue revivir viejas memorias. El primer día que lo encontré en la cantina caminando hacia mí, pronunciando mi nombre con ese tono de haber visto a un muerto o algo que creías ya no existía. Mi corazón dio brincos y los da cada que lo veo o se acerca a mí, por ejemplo al abrazarme, siempre soy el primero en retirarse, sentir su cuerpo contra el mío, su peso duele, su olor me asfixia, no quiero revivir el dolor, no quiero tenerlo entre mis brazos para perderlo de nuevo; no lo soportaría.

      Hoy hemos quedado para ir al cine y está vez mi alarma me ha despertado a tiempo, pero sigo sin pagar la renta a mi casero, ayer no trabajé con mi guitarra por salir con Cuauhtémoc, me pidió le enseñara el pueblo y hoy tampoco es el plan ir a tocar, iremos al cine. Salgo de casa, me pongo rumbo a lo de Ulises, necesitaré que me preste más de su agua, esta vez no hay excusa para no bañarme y cambiarme de ropa.

      Ulises está ahí parado, viéndome con ojos de buitre, sabe que algo me pasa pero yo no pienso contarle que me he reencontrado con Cuauhtémoc. Ya le he hablado de él antes, sabía que había sido mi novio, su hermano leía todas las revistas de espectáculos donde aparecía, envidiaba a Cuauhtémoc por tenerme a mí. Sé lo que dirá, prefiero ahorrarme el sermón por estos días, aunque está intrigado por averiguarlo.

      —¿No piensas decirme con quién te verás?

      —¿Por qué me vería con alguien?

      Se cruza de brazos y me entorna los ojos.

      —Porque llevas media hora cepillando tú pelo.

      Le apunto con el cepillo a través del espejo.

      —Chico listo.

      —Cómo sea, no me importa eso significa que le importa pero me dará tregua para después volver a preguntar. Lo importante es que te veo más animado.

      Supongo que me delatare yo solo.

      —La verdad lo estoy. Y no. No sé, es raro. Difícil de explicar.

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