VEINTIDOS

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Sintió una punzada pero se aguantó el dolor.
—Mira, Kim, aún tengo que hablar con más gente —dijo apresurado, alejándose educadamente de su lado.

Era como si el salón estuviera achicandose.

Jaebum lo buscaría, sabía que lo haría, aunque fuese sólo para decirle: «Mira, estoy aquí, he hecho lo que me pediste». «Mira, estoy aquí con tu hermana. ¡Hijo de puta!».

Apuró la copa de champagne y se sirvió otra.

La tentación de beberla de un trago, de anestesiarse, era muy fuerte. ¿Cómo decía aquel dicho? ¿«Cuidado con lo que desees porque acabarás consiguiéndolo»? Bien sabía lo mucho que deseaba que Im Jaebum cooperara y realizase alguna actividad de relaciones públicas... pero no de aquella manera, no con su bella y elegante hermana del brazo.

Jaebum y Jennie. ¿Cómo no se había enterado?

Dio otro trago rápido al líquido burbujeante para sentirse más fuerte y decidió que sólo había una manera de abordar el tema, y ésa no era otra que lanzando un ataque preventivo.

Se acercaría a ellos, cruzaría cuatro palabras frívolas, y tema concluido.

Entonces estaría libre para seguir trabajando por el salón hasta la hora de la cena.

Como si ahora pudiese comer.

Como si pudiese superar el resto de lo que se convertiría ahora en una noche interminable sin llorar, vomitar, o ambas cosas.

Lo habían visto y se acercaban a el atravesando un océano de cuerpos tonificados e impecablemente vestidos.

El atractivo deportista y la espléndida modelo. «Qué predecible», pensó Jinyoung.

Él era realmente tal y como se rumoreaba, siempre ponía las tetas por delante del cerebro.

De todos modos, le importaba una mierda...
—Hola, jovencito. —La voz de Jennie le sonó tan cariñosa que por un momento Jinyoung se sintió culpable de haber deseado tantas veces que su hermana se convirtiese en un monstruo.

Apelando a todo el control y la compostura que era capaz de reunir, Jinyoung respondió a su hermana con otra radiante sonrisa y le dio un beso en su maquillada mejilla.
—Hola, jirafita.

Miró entonces a Jaebum.
Deberia confesar que la expresión dibujada en su rostro no tenía precio.

Se había quedado boquiabierto de asombro, su mirada confusa iba de Jinyoung... a Jennie... de nuevo a Jinyoung.

—¿Se conocen?
—Es mi hermana — respondió con frialdad Jinyoung.
—¿No se nota? —bromeó Jennie.
—La verdad es que no se parecen mucho —comentó con cautela Jaebum.
—No, ella es alta y bellísima y yo soy normal —añadió Jin.

Jennie se echó a reír, sin tener ni idea de por qué era la única que reía.

Jinyoung encontró aquella carcajada demasiado fuerte. Pero todo sonaba fuerte.

La música, el remolino de voces a su alrededor, todo era ensordecedor.

Tal vez fuera porque estaba a punto de desmayarse. Y mientras, la mirada de Jaebum le quemaba la retina.

¿Qué estaría intentando transmitir? ¿Vergüenza? ¿Una disculpa?

Fuera lo que fuese, le importaba una mierda.

La risa de Jennie, fuerte, interminable, empalagosa, acabó desvaneciéndose y dejó un hueco en aquel instante incómodo e infernal que Jinyoung se sentía incapaz de llenar.

Lo mismo le sucedía a Jaebum:
la expresión boquiabierta había desaparecido para ser sustituida por una mirada que Jinyoung interpretó como malestar puro y duro.

Jennie, como siempre, no se enteraba de nada.
—¿Qué hay en el menú? —preguntó lucidamente.

«Estoy seguro de que estás tú», pensó Jinyoung.

Le regalo una enorme sonrisa.
—No lo sé, hermanita. Lo que sí sé es que tengo que irme corriendo. Tengo que acorralar a un par de personas más antes de sentarnos a comer. ¡Nos hablamos luego!

Fingiendo tener prisa, se escabulló entre la multitud. «Atroz. Había sido atroz».

Examinó rápidamente el salón:
Toro estaba con la editora de Seventeen. «Bien».
Kim estaba contemplando el escote de una pobre ingenua del consejo directivo de Servicios para la Familia y los Niños. «No tan bien».

Iba ya por la mitad del salón, casi llegando a su meta, cuando notó que alguien lo agarraba con fuerza del brazo.

—Jinyoung, espera.—
« ¡Maldita sea!». Estaba a punto, tan a punto de escapar...

Atrapado, se volvió y levantó la vista para mirar a Jaebum a la cara.

—¿Sí? —dijo con impaciencia.
—Tú hermana y yo... no es lo que piensas.
—Yo no pienso nada.
—Jinyoung, por favor. Sé que estás molesto.—
Empezó a pensar rápidamente.
—Estoy molesto porque no me informaste de que vendrías. De haberlo hecho, habría hecho publicidad del acto con bombos y platillos. Y además, con Lee Taeyong en el salón, tu presencia aquí resulta redundante, ¿me explico?

Jaebum sacudió la cabeza con cariño.
—Eres una auténtica pistola, ¿lo sabías?
—Sí, y a esta pistola le quedan aún algunas balas que disparar antes de la cena. Que tú y Jennie se diviertan, ¿de acuerdo?

—Jinyoung. — Iba el a largarse, pero había algo en su tono de voz, como cierto tono de imploración, lo obligó a dar marcha atrás —Jennie y yo...

El celular de Jinyoung comenzó a sonar.

—Dispara.— Exasperado, Jin hurgó impaciente en su bolsillo para encontrar su teléfono

—Será sólo un momento — le dijo a Jaebum, pegándose al oído el instrumento para poder oír bien pese a lo bullicioso del ambiente.

Mataría a Jisoo por hacerle eso, la mataría —¿Hola?

Pero no era Jisoo.

Era Jimin.

Jimin llorando, con hipo, y diciéndole que mamá estaba borracha y papá hecho una furia, y que si podía ir a buscarlo, por favor, que si podía ir a buscarlo ya mismo.

—Voy enseguida— le dijo —Espérame en la casita de invitados.—

Guardó el teléfono, temblando.

—¿Jinyoung?— preguntó Jaebum, preocupado.
—Tengo que irme— murmuró de forma distraída, alejándose de él.
—¿Todo está bien?
—Tengo que irme— repitió el, hablándole por encima del hombro.

Se fue corriendo hasta donde estaba Toro y le explicó que le había surgido una urgencia familiar.

Y se marchó, desapareciendo en aquella noche que una hora antes le había precido tan mágica y que ahora sólo le parecía plagada de problemas.

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