Adiós.

385 48 15
                                        

NA: Para esta ocasión, recomiendo Too Good at Goodbyes de Sam Smith. 


Tomar con los Winchester en un bar cualquiera solo por el simple hecho de distraer su mente se había vuelto una costumbre. Los hermanos no solían aconsejar si no se los pedía, y tampoco preguntaban demasiado, pero aun así Cas les contaba la mayoría de cosas. También estaban preocupados por el tema de Dios, pues significaba buenas noticias para ellos, pero no muy buenas para Cas y algunos de sus conocidos que habían roto un par de normas celestiales.

Esa noche también bebieron, hasta que Sam tuvo que conducir porque los otros dos no podían ni mantenerse en pie. Llegaron al motel y el ángel se despidió, diciendo que volvería a casa, como si hubiese olvidado todo lo que había pasado con su pareja.

No volvió a casa, solo vago por un bosque cualquiera, esperando que algo o alguien lo matará con un poco de suerte. En cambio, quien le encontró no traía malas intenciones, por lo menos no aun.

- Hey, Cas. – Saludó tímido elevando su mano.

El morocho se quedó un rato paralizado, achinando los ojos en búsqueda de lógica en esta situación. Ese frente suyo era Chuck, el profeta, lo recordaba de algún informe en aquel lejano tiempo en el cielo. Pero también era su padre, porque Dios era perfectamente visible a sus ojos también. Estaban frente a frente, en medio de un bosque, muy tarde en la noche.

Puede que estuviese demasiado borracho y eso le atrofiará el pensamiento, eso tenia más sentido que toda la situación.

- ¿Qué demonios...? – Terminó por decir el ángel, elevando una ceja en su desconcierto.

- Esto es raro, un poco, en especial porque es la primera vez que nos vemos y todo el asunto pero... -

- ¿Qué demonios quieres? No estoy de humor para estupideces. – Dijo, mientras esquivaba a Chuck y seguía su camino.

No esperaba esa reacción en Castiel, por mucho que el ángel fuese un desertor desde mucho tiempo atrás. Cuando Dios salió de su sorpresa, se apresuró a alcanzar nuevamente al ángel.

- Soy... soy Dios, tu padre. ¿Recuerdas? The Lord. El creador. El todopoderoso. – Sonrió. - ¿No?

El menor se detuvo una vez más, girando su cabeza hacia Chuck.

- Aja... ¿Y?

- Sé que siempre tuviste la ilusión de conocerme y todo, y no precisamente en estas circunstancias. El punto es que necesito tu ayuda.

- Hablas demasiado. – Interrumpió Cas, callando al otro. - Solo mátame y acaba con mi sufrimiento. – Dijo con desgano, volviendo a caminar sin rumbo fijo.

Bueno, las cosas no estaban saliendo como Chuck lo imaginaba, pero continuaría intentando. En otros tiempos, Castiel fue su hijo más leal, pero las cosas se habían torcido con Lucifer interviniendo.

- Tú detuviste a Lucifer antes, puedes hacerlo ahora también.

- Lucifer me odia. Felicidades, estas solo ahora.

- Pero esto es más grande. – Insistió. – No puedes permitir que destruya el planeta entero solo para llamar mi atención, es...

- ¡¿Qué?!



Aún Castiel no se había aparecido por la casa, por lo que Lucifer se decidió a cocinarles a sus hijos, asegurarse de que tomaran un baño y se durmieran temprano. Mañana sería un día agotador. Tomó una bolsa de frituras de la pequeña caja de provisiones de los niños y chasqueó los dedos para apagar las luces de toda la casa. La música inició con "Too good at Goodbyes" de Sam Smith, alentando su amargura.

Sentado contra el respaldar de la cama, tenía la perfecta visión de la puerta. La miró por un largo rato, esperando que se abriera como un iluso infante. Se hundió entre las almohadas, llenando de restos de papás la cama sin importarle.

A su lado, se suponía, que debería haber un lugar ocupado. Una sonrisa dulce le saludaría y besaría con suavidad, diciéndole que le amaba. Pero nadie nunca más estaría allí. Su corazón se aferraba a seguir sintiendo, pero él ya no lo desea... ¿Para qué? No tenía sentido amar a alguien que no le amaba.

Dejó caer el paquete vació de frituras al suelo, aferrando sus manos libres una de las almohadas, abrazándola contra su cuerpo. Tan solo como correspondió estar siempre. Debía aceptar que la soledad siempre seria su única compañía. Aceptar su realidad. No estaba mal dejar de sentir, en un tiempo se había convencido de ello; lógica acabada por el par de azules ojos que le enamoraron mucho tiempo después. Afrontaba su error de la peor manera, quemándose. Dolía, sabía que dolería, pero no le importó en aquel entonces. Se maldijo a sí mismo una vez más.

La distancia era un hecho, solo vería a Castiel por sus hijos, no más. Dedicaría su vida al par de niños y a lo que se le diera la gana, sin pensar en lo que nadie más que ellos pensará.

Sus ojos se llenaron de lágrimas mirando al techo, pero no derramó ninguna. Sentía el cuerpo tan agotado como si hubiese corrido todo el día, y es que aún lo hacía. Corría de esa decisión que no quería afrontar, como postergándola a propósito.

Pero allí, aferrado a la soledad, Lucifer dijo adiós a Castiel.  



La casa era absoluta oscuridad, supuso que todo el mundo dormía. La habitación de los niños, que usualmente se quedaban jugando o viendo películas hasta tarde, tampoco guardaba sonido alguno. Se asomó con suavidad al interior, y el par dormía profundamente en sus camas.

No podía imaginar a Jack y Nathan desatando una catástrofe mundial, pero su padre los orillaría a eso. Debía convencer a Lucifer de parar esto, de que la humanidad no tenía culpa de nada.

Como de costumbre, y siendo también su habitación, buscó abrir la puerta sin tocar. Pero esta no cedió. Estaba totalmente cerrado. No había nada humano ni sobrenatural que pudiese abrirla, porque Lucifer no quería que eso pasará.

Adentró escuchaba el susurrar de la música, la luz seguía prendida, pero no escuchaba movimiento adentro. En un ataque de ira, golpeó la puerta con su puño, pero esta ni siquiera tembló.

La cabeza le dolía por la resaca, la recostó contra la puerta, rogando que se abriera de una vez.

- Lo siento... 

El ángel de Lucifer.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora